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Diciembre 2002 |
Unificación Comunista de España
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ANÁLISIS Debate
ideológico: ¿Cómo es posible que la parte más combativa de la izquierda haya decidido conscientemente encerrarse en un laberinto que no puede salir de los horizontes que marca el capitalismo? Cuando el expolio global que provoca el capitalismo se hace más evidente para todos, cuando aumenta sin cesar el mayor abismo social padecido en la historia de la humanidad; cuando la voracidad monopolista es más aguda, convirtiendo en mercancía desechable la vida humana; cuando el dominio del imperialismo se convierte en una amenaza para la paz y la libertad en todo el mundo... el reflujo del pensamiento revolucionario impide levantar cauces para materializar el rechazo frontal de la inmensa mayoría de la humanidad. Los actuales movimientos de la izquierda más combativa presentan una orfandad de referentes y sustentos teóricos e ideológicos que, independientemente de su voluntad, sólo beneficia a aquellos interesados en que jamás pueda siquiera imaginarse una alternativa al capitalismo. Es cierto que la realidad ha cambiado a un ritmo muy superior a la capacidad de la izquierda para ofrecer respuestas. ¿Pero es sensato abandonar el bagaje, las herramientas teóricas e ideológicas, carecer de una alternativa, de un pensamiento propio desde el cual analizar y transformar la realidad de acuerdo a los intereses del conjunto del pueblo? Por sí misma la rebelión de la clase obrera, inevitable y constante desde su aparición en la historia, sólo conduce a intentar mejorar sus condiciones de vida y trabajo, es decir conquistar una venta más ventajosa de su fuerza de trabajo Es un sin sentido, como está ocurriendo en buena parte de la izquierda, renunciar conscientemente a esta tarea capital, para aceptar únicamente el horizonte de las luchas concretas. Desde estas páginas proponemos abrir un debate que someta a crítica, no sólo fundamentos hoy denostados y que han sido pieza clave de todas las revoluciones conocidas, sino también las actuales concepciones dominantes en la izquierda. Creemos que este es un camino sentido como necesario por cada vez más revolucionarios en todo el mundo, por muchas personas que no quieren aceptar como único destino posible el que nos imponen las clases dominantes. Animamos a todos los lectores a participar en un debate, en una tarea de rearme ideológico y teórico, imprescindible de abordar hoy para que mañana puedan cosecharse los frutos. ¿Del rojo al arco iris? En esta primera entrega nos proponemos abordar un primer esbozo de las posiciones presentes en el conjunto de la izquierda. Para una buena parte de la izquierda actual la suma de las luchas y reivindicaciones produce en sí misma un programa revolucionario. Y se propone una alternativa diversa, representada en la imagen del arco iris, donde cada color representa una de las luchas concretas, todas están integradas y ninguna se impone sobre las demás. ¿Es esto cierto? ¿Conduce la lucha sindical, en sí misma, o cualquier otro combate parcial, a un planteamiento revolucionario? La práctica de lucha espontánea de la clase obrera puede, si es justa y une al conjunto, arrancar conquistas importantes, pero nunca conducirá a cuestionar la explotación capitalista. De igual manera, la lucha contra la opresión de la mujer puede, como de hecho lo consigue, arrancar mayores cuotas de libertad, pero jamás desemboca en el cuestionamiento del patriarcado. El combate contra los desmanes de los grandes monopolios ha puesto límite en muchas ocasiones a su voracidad, pero no lleva a plantearse por qué la propiedad del capital, producido con la participación de toda la sociedad, acaba restringido a unas pocas manos. Las luchas concretas jamás pueden salir, por sí mismas, de los límites que marca la realidad social de la que surgen, y de la que forman parte integrante. La cualidad esencial de un proyecto revolucionario no es que abarque y sintetice las reivindicaciones puntuales sino que sea capaz de integrar cada una de esas luchas en el camino general de transformación social, dándoles un horizonte del que por sí mismas carecen. Y eso sólo es posible elevándose por encima de la realidad concreta, diseccionando la sociedad, tomando conciencia de los antagonismos presentes en ella, y desde aquí estableciendo un camino propio. Por sí misma la rebelión de la clase obrera, inevitable y constante desde su aparición en la historia, sólo conduce a intentar mejorar sus condiciones de vida y trabajo, es decir conquistar una venta más ventajosa de su fuerza de trabajo. Un planteamiento inmerso dentro de los límites ideológicos y prácticos del capitalismo. Transformar la rebelión en revolución y no en un capitalismo mejorado, reformado, más humano implica adquirir conciencia de que como clase, es portadora de otro mundo, de otras relaciones y otros principios enfrentados antagónicamente al capitalismo. Sin esa perspectiva general, que necesariamente debe alcanzarse desde fuera del fragor cotidiano del combate concreto, la lucha de la clase obrera no puede sino acabar sometida, visto en un plano general, al capital, a la ideología burguesa, dominante en la sociedad. Sin teoría revolucionaria no hay práctica revolucionaria ¿Cómo es posible que la parte más combativa de la izquierda haya decidido conscientemente encerrarse en un laberinto que no puede salir de los horizontes que marca el capitalismo? La respuesta a esta contradicción la encontramos en uno de los elementos más rabiosamente difundidos entre la izquierda actual, según el cual se caería en un nuevo dogmatismo si intentamos ofrecer una respuesta teórica desde fuera de los movimientos de lucha. Ésta es la sustancia: la renuncia explícita a una teoría propia de los explotados, que guíe la práctica revolucionaria. Anteponiendo un espontaneismo ciego a la adquisición por parte de la clase obrera y el pueblo de una conciencia revolucionaria propia. Que necesariamente como corroboran décadas de experiencia revolucionaria tiene que venir desde fuera. No fue la práctica de rebelión de los siervos de la gleba, que existía, la que derrumbó el feudalismo, sino la acción revolucionaria de la burguesía, que ofrecía otro pensamiento y otro camino a la humanidad porque ya había desarrollado un modo de producción propio, el capitalismo. La clase obrera, como todas las clases explotadas, no trae consigo, como la burguesía frente a la aristocracia feudal, un modo de producción propio, y por eso la práctica espontánea del proletariado no tiene otra base de existencia que las relaciones de producción capitalistas, entre capital y trabajo asalariado. Y así como la rebelión de los siervos de la gleba no podía salir de los estrechos cauces del feudalismo (aspirar a una relación más benevolente con el señor), la lucha espontánea del proletariado no cuestiona los fundamentos del capitalismo, sólo intenta vender su fuerza de trabajo en mejores condiciones. La ventaja del proletariado sobre el resto de clases explotadas de la historia es la posesión de una teoría propia, el marxismo. Por primera vez en la historia, el desarrollo humano ha alcanzado un grado donde es posible desvelar los fundamentos científicos de cualquier formación social y, por lo tanto, transformarla de acuerdo con sus leyes objetivas. El marxismo se nutre, no de las enseñanzas de las luchas obreras, sino de tres fuentes que representaban lo más avanzado de la humanidad hasta ese momento (la economía política inglesa, la filosofía alemana y el socialismo utópico francés). Es esta teoría científica que supone el marxismo la que permite al proletariado, y con él al conjunto del pueblo, elevarse por encima de la realidad concreta del capitalismo, tomar conciencia de su propia colocación en la historia, descubriendo que tiene, no mejoras por conquistar, sino todo un mundo que ganar. Sin el sustento de la teoría revolucionaria, la práctica del proletariado está sometida a la ideología burguesa, que como ideología dominante se impone por partida doble. Primero porque es la que espontáneamente surge de las relaciones de producción dominantes, trabajo asalariado-capital.Y después porque, como ideología de la clase dominante, posee los mejores altavoces para su difusión. Éste es el sentido de las palabras de Lenin, cuando afirmaba que «sin teoría revolucionaria no hay práctica revolucionaria». Y la razón última por la que la burguesía mundial está empeñada, no ya en desprestigiar al marxismo, sino en intentar enterrarlo para que a nadie se le ocurra utilizarlo otra vez para desafiar su poder. Joan Arnau |
Para una buena parte de la izquierda actual la suma de las luchas y reivindicaciones produce en sí misma un programa revolucionario. Y se propone una alternativa diversa, representada en la imagen del arco iris, donde cada color representa una de las luchas concretas, todas están integradas y ninguna se impone sobre las demás. |