SUMARIO

Diciembre 2002

Unificación Comunista de España
 

ANÁLISIS

El futuro de Europa
Guerra de posiciones

La construcción europea se asemeja de un tiempo a esta parte a una especie de guerra de posiciones, donde unos pugnan por defender y afianzar el trecho avanzado mientras los otros empujan para hacer retroceder al adversario. La situación mundial creada tras el 11-S ha frenado en seco la iniciativa germana para adaptar el proceso de unión europea a sus pretensiones hegemónicas sobre el continente. Mientras, Blair, Berlusconi y Aznar han aprovechado sus «privilegiadas» relaciones con Washington para ejercer un papel dirigente en Europa que hace muy poco les estaba vetado. Pero el proceso constituyente que ahora se vive en viejo continente ha hecho aflorar una batalla soterrada, que aunque no desemboque en un enfrentamiento a corto plazo sí puede tener importantes consecuencias en el futuro. En torno a los debates sobre el avance de la regionalización o el carácter federal de la Unión se libra un combate por imponer una arquitectura política e institucional que favorezca u obstaculice cada uno de los dos proyectos de Europa que hoy chocan.

Europa como Frankenstein

Lejos de ser un impulso progresista, la Europa de las regiones crea el caldo de cultivo para que pueda desarrollarse el espectro del nacionalismo étnico

¿Se encuentra el debate sobre el grado de presencia de las regiones en Bruselas dividido entre centralistas y regionalistas? ¿Qué se esconde detrás del persistente afán de algunos por aumentar las competencias directas de determinadas regiones en los centros europeos?

Es significativo que buena parte de las propuestas presentadas por el Parlamento Europeo satisfacen demandas presentadas por Ibarrtexe y Arzallus en su proyecto de Estado asociado. El documento de Bruselas aboga por «interpretar y satisfacer la demanda creciente de las regiones por reforzar su papel en el proceso decisorio de la Unión», «sugieriendo a los Estados que establezcan, y en su caso refuercen, mecanismos de participación», y «proponiendo la participación de las regiones en las deliberaciones de los Consejos de Ministros».

La oposición cerrada de eurodiputados británicos, españoles e italianos ha impedido que prosperaran medidas que apuntaban mucho más allá, como la partición de los votos de cada Estado en el Consejo Europeo, o la creación de un Congreso de los Pueblos integrado por diputados regionales. Es útil recordar ahora las palabras del viceministro de Exteriores alemán, que en una conferencia en Bilbao instaba a que «Euskadi debe mirar más hacia el norte de Europa y menos hacia Madrid».

La Europa de las regiones, lejos de representar un impulso progresista o descentralizador, es un instrumento de poder que por un lado desgaja y por el otro une. Une al centro de poder europeo a las regiones más desarrolladas, ofreciéndoles un trato directo con Bruselas, puenteando a sus respectivos Estados. Y desgaja a los actuales Estados, sometidos a una permanente presión centrígufa.

Un planteamiento que sólo puede entenderse desde la existencia de un proyecto de hegemonía continental que reproduce, con nuevas formas adaptadas a los nuevos tiempos, el diseño de la Europa de los pueblos que la burguesía germana ha pretendido imponer en varias ocasiones durante los últimos cien años. Un continente dividido en pequeñas unidades étnicamente homogéneas, que gravitarían desde su nacimiento en torno a la nación étnica europea por excelencia: Alemania. El auge del nacionalismo étnico, desde Milosevic hasta Arzallus o la Liga Norte, es el bisturí a través del cual se efectúa la partición continental.

La pretensión germana de edificar en torno a su órbita una constelación europea supeditada a su batuta ha encontrado en la Europa de las regiones el instrumento adecuado. Ya se sabe que para construir es preciso destruir primero. Para levantar un nuevo orden europeo es necesario dinamitar la estructura de poder imperante hoy en el contiente, representada por los diferentes Estados. Una red que expresa la fortaleza de las diferentes burguesías europeas, y que desde la Segunda Guerra Mundial tiende permanentemente puentes hacia la intervención de Washington en Europa. La Europa de las regiones tiene por objetivo el debilitamiento, cuando no disgregación, de los Estados actuales, convertidos en pequeños asteroides fácilmente asimilables por un poder hegemónico.

Beneficia a unos y perjudica a otros. Favorece a países como Alemania, cuyos poderosos landers están especialmente dotados para dirigir una estructura regional, como de hecho ha ocurrido al constituirse Baviera en el centro del Comité de la Europa de las regiones. Mientras perjudica a naciones como España o Italia, curiosamente las que mayores resistencias han ofrecido al avance del rodillo alemán.

La Europa a la que aspiran en Berlín se configura como una especie de Frankenstein étnico construido a partir de pedazos desgajados de los actuales Estados. No es previsible, dadas las circunstancias internacionales, que el esfuerzo actual por institucionalizar la regionalización como un pilar de la Unión Europea tenga efectos importantes en un plazo inmediato. Sin embargo, su pervivencia supone un peligro para la estabilidad democrática europea. Esta es la línea que ha permitido el avance de un nacionalismo étnico de corte fascista que creíamos definitiva y afortunadamente enterrado.

Son estos vientos, que están difundidos por poderosos ventiladores, los que posibilitan que en España proyectos nazifascistas como el que encabeza Arzallus no queden reducidos a un espantajo histórico, sino que dispongan de cancha para actuar. La persistencia por mantener en alto la bandera del nacionalismo étnico debe ponernos en guardia a todos los demócratas.

Diques de contención

El 11-S ha frenado en seco la iniciativa germana, pero no ha desaparecido su voluntad política por instaurar un proyecto hegemónico sobre Europa

En un momento de retroceso cualquier oportunidad es como un clavo ardiendo al que es preciso agarrarse para, por lo menos, no perderlo todo. La reordenación mundial decretada tras el 11-S ha colocado en su lugar el proyecto europeo. Ha bastado un solo golpe norteamericano para relegar a Europa a un lugar terciario en el planeta, e incluso Alemania, arrogante en Niza hace dos años, sufra en lo que pretendía instaurar como su patio trasero particular, las acometidas de Blair, Aznar o Berlusconi.

Pero minusvaloraríamos la contumacia de la burguesía germana, persistente corredor de fondo que durante más de cien años se ha levantado numerosas veces manteniendo sus pretensiones hegemónicas sobre Europa, si consideramos que han abandonado ante las dificultades.

Los actuales debates políticos que la tramitación de una constitución europea ha abierto en el contiente, son el campo donde hoy puede dar la batalla Berlín. Estos instrumentos políticos e institucionales no son debates en el aire, representan palancas de poder a través de las cuales hacer avanzar o paralizar proyectos e intereses. Integrar la Europa de las regiones en el cuerpo constitucional europeo implica que no se puede dar marcha atrás en el terreno ganado por la ofensiva germana durante estos últimos años.

La institucionalización jurídica del horizonte federal para Europa significa instaurar hoy instrumentos para poder retomar el camino mañana, cunado la correlación de fuerzas sea más favorable. Bajo el manto de la federalización, Berlín pretende cambiar el carácter de la UE, transformar la actual alianza de burguesías europeas en un entramado donde se dibuje una centralización del poder, no sólo económico sino sobre todo político, por encima de la organización de los Estados.

Han pasado muchas cosas desde que en la cumbre de Niza, Alemania diera un pequeño golpe interno. Pero la pelea por establecer como directrices de la UE algunos puntos fuertes del proyecto de dominio germano sobre el continente evidencia que han cambiado las formas, se ha remodelado el escenario, pero no ha desaparecido la voluntad política de la burguesía germana por culminar un proyecto de hegemonía sobre Europa.

Francesc Ten


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La pervivencia de una construcción europea basada en el debilitamiento, cuando no partición, de los actuales Estados supone un peligro para la estabilidad democrática europea. Esta es la línea que ha permitido el avance de un nacionalismo étnico de corte fascista que creíamos definitivamente enterrado.