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Diciembre 2003 |
Unificación Comunista de España
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ANÁLISIS La
oligarquía española y el eje franco-alemán: «Paradójicamente, el proyecto imperialista de la oligarquía exige escapar de la satelización y fragmentación que Francia y Alemania han reservado para España». Como un lugar común persistente, una buena parte de la izquierda descalifica en bloque la política exterior de Aznar, uniendo el apoyo cerrado a Bush y el enfrentamiento con París y Berlín. Sin embargo, la realidad es más compleja. Sobre España se cruzan dos proyectos hegemonistas. Y, aunque EEUU mantenga los resortes fundamentales del poder, el peligro más agudo está en la inclusión en la agenda política inmediata del eje francoalemán de la fragmentación de España. La actuación de Aznar ha estado caracterizada, a la par que se acercaba al nuevo belicismo norteamericano, por la firmeza ante las presiones, ataques y amenazas de Francia y Alemania, frenando en momentos claves su capacidad de injerencia sobre España. La paradoja está en que la voluntad de la oligarquía española de impulsar, por primera vez en su historia, un proyecto imperialista, que da una nueva vuelta de tuerca a las condiciones de vida del pueblo, le haya llevado a enfrentarse al proyecto hegemonista más amenazante para España. Otro papel en Europa «Aznar me las va a pagar todas, una por una». Schršeder exhibía públicamente amenazas como esta después de que, en marzo de 1999, en una cumbre europea celebrada precisamente en Berlín, Alemania contemplara sorprendida cómo un presidente español decía No. En una reunión tormentosa, bautizada por algunos asistentes como «la noche de los cuchillos largos», bajo el enfrentamiento entre Aznar y Schršeder se estaba jugando si España iba a seguir aceptando la supremacía francoalemana o daba un drástico giro al sometimiento hacia Bruselas practicado por los gobiernos de González. La firmeza política de Aznar en Europa está anclada en el sector dominante de la oligarquía que, fortalecido como burguesía monopolista y con posibilidades de lanzar un proyecto imperialista, se niega a aceptar el papel asignado a España por el diseño francoalemán: un país periférico que a cambio de entrar en el club de los ricos renuncia a competir con los monopolios europeos en los sectores punta, y cuyo peso político es irrelevante; una posición de debilidad agudizada por un suave pero inexorable camino hacia la desintegración de la unidad nacional. La oligarquía española apuesta por jugar sus cartas en Europa y en el mundo, intentando ocupar los lugares más relevantes en aquellos foros donde las burguesías más poderosas se reparten el mundo. Y esa voluntad política cristaliza en la línea defendida por Aznar, que para escapar de la poco rentable satelización ofrecida por Bruselas, opta por convertirse en un socio privilegiado de Washington. La respuesta de Francia y Alemania a la insolencia de Madrid no se hizo esperar. El comisario de Agricultura y Pesca, austriaco y especialmente vinculado a Berlín, anunció que la UE no renovaría el acuerdo pesquero con Marruecos, asestando un golpe a la flota española. Y, sobre todo, tras el enfrentamiento con Alemania, las tendencias centrífugas en España se agudizan: la ruptura de la tregua de ETA dio paso a una creciente ofensiva nazifascista que ha desembocado en el Plan Ibarretxe. Pero frente a cada uno de los ataques, Aznar ha dado una cumplida respuesta. De hecho, la posición de la oligarquía y sus representantes políticos por defender intereses propios en Europa se ha acrecentado, hasta erigirse durante la negociación de la Constitución europea en uno de los principales opositores a las ambiciones francoalemanas. No es casualidad que Giscard d«Estaigne haya confesado que «uno de mis objetivos en la Convención es reducir las ventajas adquiridas por España en Niza». Algo más que un islote En Perejil se jugaba mucho más que el combate por la soberanía de un islote. Constituyó la prueba de hasta donde estaba dispuesta a llegar Francia en sus ataques contra España, pero también demostró la capacidad de reacción y firmeza de Aznar y la oligarquía ante las agresiones. Sin colocar el poderío de París detrás, resulta incomprensible que Marruecos se atreviera a desafiar abiertamente a España, exponiéndose a una confrontación militar. Marruecos es uno de los últimos reductos imperiales de Francia en áfrica. París es el primer inversor, y la principal referencia política del reino alauita. La red de conexiones entre Rabat y el Eliseo es tupida: una parte sustancial de los dirigentes políticos y militares marroquíes se forman en París, y el apoyo a la ofensiva de Mohamed VI sobre el Sáhara manifiestan el interés francés por fortalecer a un importante peón. No es la primera vez que París arroja a Marruecos contra España. La Marcha Verde, impulsada por Hassan II en las postrimerías del franquismo, fue consentida y respaldada por París, deseosa de agudizar la debilidad española y aprovechar la transición para aumentar su influencia en nuestro país. Contemplado a la luz de las ambiciones imperialistas francesas sobre España, el episodio de Perejil adquiere una mayor trascendencia. Transformándose en un intento de evidenciar que la integridad nacional puede ponerse en cuestión en la práctica: en el norte, a través de los desafíos de Arzallus e Ibarretxe y la dosificación del santuario vasco francés de ETA, y en el sur azuzando las pretensiones marroquíes, que tras Perejil debían dirigirse hacia Ceuta y Melilla. Y en ese intento la burguesía gala está dispuesta a azuzar, como pudo suceder en Perejil, un conflicto militar. Pero la reacción de Aznar, alcanzando una rápida resolución y evitando el enfrentamiento (junto a la persistente insistencia en que la Unión Europea se implique en la lucha contra ETA, instrumento para forzar a París a actuar contra el santuario etarra) frenaron las acometidas francesas. Para Francia, mantener a España en su área de influencia es, hoy más que nunca debido a su creciente debilidad, una de sus últimas cartas para justificar su estatus de gran potencia. Por eso, la determinación de Aznar y la oligarquía por limitar la histórica injerencia gala en España se ha convertido en uno de los blancos principales de la política exterior de Chirac. Extirpar el alien La defenestración de las principales familias de Neguri de los puestos dirigentes del BBVA, aprovechando un caso de corrupción, ha sido la mayor reestructuración interna en el seno de la oligarquía. Una operación quirúrgica en el cogollo del poder en España, que no puede entenderse sin partir del agudo enfrentamiento hegemonista sobre nuestro país, reflejado en los distintos alineamientos de los sectores oligárquicos. Una parte de la clase dominante española, nucleada en torno al BBV, contempló en la Europa francoalemana una oportunidad para integrarse, aunque fuera en un puesto secundario, en una especie de supraoligarquía continental, aún al precio de aceptar la desmembración de España. Otro sector oligárquico, cuya cabeza visible es el BSCH de la familia Botín, no parecía dispuesto a que su Estado, la principal herramienta para defender sus intereses como burguesía monopolista, fuera troceado y debilitado. Si el BBVA fue ampliamente favorecido por los gobiernos de González, al tiempo que se escoraba desde Washington hacia Berlín, Botín ha sido el sostén de Aznar y el principal impulsor del fortalecimiento de las relaciones con EEUU. La virulencia de los ataques francoalemanes provocó una agudización entre las dos orientaciones enfrentadas en el seno de la oligarquía. Un sector de la clase dominante se había convertido en una de las principales bases de intervención germano francesas, colocando a su disposición las conexiones económicas, políticas y la capacidad de generar un clima de opinión en la sociedad española. Cerrar esta división en la oligarquía era una condición necesaria para enfrentar con garantías las presiones de París y Berlín. Y este fue el objetivo de la operación que ha alejado a los Ybarra de los centros de decisión del BBVA, debilitando a ese sector oligárquico y cerrando una de las vías de penetración en España de Francia y Alemania. ¿Desde dónde lo valoramos? Las presiones hegemonistas cruzadas han creado un extraño panorama: muchos de los que van con la bandera de la izquierda se alinean con la amenaza más peligrosa, que no ha avanzado más en buena parte debido a la oposición de Aznar. Los delegados del eje francoalemán en España intentan aprovechar el rechazo a Bush, y al apoyo que le ha prestado Aznar, para alinear a la mayoría detrás de Berlín y París. Si nefastas son las consecuencias del alineamiento de Aznar con el sector más agresivo de la burguesía norteamericana, que nos encadena a la maquinaría bélica de Washington, ¿cuál sería la perspectiva con un gobierno que reeditara la sumisión a Alemania y Francia en un momento donde están dispuestas a trocear España? La fragmentación del país dividiría nuestras fuerzas, y multiplicaría la capacidad del hegemonismo para someternos. Evitarlo debe ser la primera preocupación de todos los demócratas y patriotas. Joan Arnau |
Aznar, a la par que se acercaba al nuevo belicismo norteamericano, ha demostrado firmeza ante las presiones y ataques de Francia y Alemania, frenando en momentos claves su capacidad de injerencia sobre España. |