ANÁLISIS La
hegemonía del Eje franco-alemán y los movimientos de fragmentación La Europa despedazada en pequeñas unidades, débiles y presa fácil de las burguesías más fuertes, entusiasma a los movimientos más reaccionarios, desde Ibarretxe a los neonazis alemanes |
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Ibarretxe y Carod Rovira ofrecen la llamada “Europa de los Pueblos” como una alternativa progresista, pero ocultan que la fragmentación y la división son enarboladas por numerosos partidos fascistas. Hablan de la desarticulación de los Estados como una “liberación de los pueblos”, sin mencionar que sus propuestas se parecen demasiado a la “Europa de las etnias” diseñada por Hitler, para reinar sobre un continente despiezado en minúsculos territorios bajo el férreo dominio de Berlín. La debilidad ideológica y la desmemoria impuesta por algunos círculos dominantes de la izquierda, los mismos que se han empeñado en ofrecer una cobertura progresista al reaccionario nacionalismo étnico, han sembrado la confusión. Muchos sectores progresistas abrazan la “Europa de los Pueblos” como una alternativa democrática frente a la “Europa del capital”, sin conciencia de que bajo el banderín de enganche de “la defensa de las naciones sin Estado” , “el derecho de los pueblos a decidir por sí mismos”, o la reivindicación de que “sean los pueblos y no los Estados los que construyan Europa” se esconden serios peligros y amenazas. No ya sólo las ambiciones
de pequeños caciques etnicistas o insolidarios, como Ibarretxe
o Carod Rovira, sino sobre todo los proyectos de grandes potencias, Francia
y Alemania, que utilizan la fragmentación para imponer su dominio
sobre Europa. El
fascismo europeo apoya la “Europa de los Pueblos”: La Europa despedazada en pequeñas
unidades, débiles y presa fácil de las burguesías
más fuertes, entusiasma a los movimientos más reaccionarios,
desde Ibarretxe a los neonazis alemanes (abajo, el mapa de la fragmentación
de Europa diseñado por las SS). Palabras como “el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos” las encontramos permanentemente en boca de Ibarretxe, para justificar sus planes excluyentes. Pero también es uno de los elementos centrales del Vlaams Blok, un partido belga abiertamente fascista, que azuza el enfrentamiento entre flamencos y valones, reclama la partición del país, y clama contra la destrucción de “los Estados multinacionales”. Las denuncias contra los “super Estados jacobinos”, reclamando una mayor presencia directa de las regiones en la UE, son permanentes en el discurso de Carod Rovira… y también en el de Umberto Bossi, líder de la reaccionaria Liga Norte italiana, partido a la derecha de Berlusconi y que hace bandera de la expulsión de los inmigrantes y de la oposición a la “carga excesiva” que supone para el rico norte italiano la solidaridad hacia las regiones más pobres. En su defensa de una Europa “basada en los pueblos y naciones y no en los Estados”, fermento inevitable de un movimiento de desintegración y división, Ibarretxe y Carod Rovira tienen como compañeros de viaje a las fuerzas más reaccionarias del continente. La fragmentación de Europa en pequeñas unidades es defendida por numerosos grupos neonazis españoles y europeos, siguiendo el guión hitleriano de la “Europa de las etnias”. Los restos de la antigua CEDADE, desarticulada por la policía, defienden un Frente de los Pueblos europeo, “que supere los viejos e inservibles frentes nacionales”, y que se integren directamente en la “patria europea”, una Europa “portadora de pueblos” cuyos derechos llegan hasta “el extremo final del ejecicio de la Independencia y la Soberanía”. Resulta curioso que los neonazis más progermánicos hablen de “Europa como valor absoluto, por encima de España”, que es catalogada como “un localismo minúsculo”. Resulta revelador el reconocimiento de los neonazis de CEDADE al patriarca del nazifascismo vasco: “es de reseñar que en todos los países étnicos nacen en los años 20 y 30 movimientos de raíz étnica-fascista. Desde Irlanda a Lituania, de Sabino Arana al Dr Robert en Catalunya, tenían ideas y referencias muy cercanas al racismo o al fascismo”. Los círculos más hitlerianos se entusiasman ante “los deseos de autogobierno de los pueblos europeos” y denuncian el “españolismo ramplón” y la “degradación nacional-españolista”. Otros grupos neonazis como Alternativa Europea (partidaria de “una nación europea basada en su patrimonio étnico-popular”), o GRECE (defensores de una“idea nacionalista europea cimentada en el verdadero ser europeo, la personalidad de las regiones”), propugnan el mismo programa: disgregación étnica de los Estados por abajo y una “patria europea” fuerte por arriba que supere las “estrecheces nacionales”. El NPD, partido nazi alemán,
es mucho más claro. Uno de los puntos de su programa se titula
“soberanía alemana en una Europa de muchas patrias”,
defendiendo un poder germano fuerte en una Europa fragmentada, cuyo “nuevo
orden social debe estar basado en las ideas de autodeterminación
de los pueblos y principios de integridad étnica”. «¡La Europa de los Pueblos, vaya novedad, en tiempos de Hitler se aplicaba ya!» El rebrote de los nacionalismos étnicos y disgregadores ha seguido el ritmo de los momentos de mayor agresividad imperialista de la burguesía germana Esta consigna, coreada en manifestaciones, no es una licencia agitativa, sino el necesario ejercicio de memoria para recordar la íntima conexión entre la sustancia que esconde la llamada “Europa de los pueblos” defendida por Ibarretxe o Carod Rovira, y los proyectos de expansión hitlerianos, que encontraron en la “Europa de las etnias” uno de sus principales arietes. La Alemania nazi utilizó
la difusión del nacionalismo étnico, la fragmentación
y el azuzamiento de los círculos separatistas y reaccionarios como
un instrumento para extender su dominio. Hitler apoyó a los independentistas
irlandeses, firmó acuerdos con los nacionalistas del País
Vasco francés y negoció con los sectores más furibundamente
aranistas del PNV. Creo y financió fuerzas políticas y batallones
de choque criminales como los “ustachi” croatas, los fascistas
ucranianos y el REX belga de Leon Degrelle, para crear nuevos Estados
como Croacia y Eslovenia, demembrar Bélgica y Checoslovaquia para
incorporar a los flamencos y los Sudetes a la Gran Alemania. La fragmentación del mapa europeo, para crear la Europa de los pueblos o de las etnias, era un proyecto planificado por las Waffen SS –la vanguardia político-militar del nazismo, los círculos más radicales del nazismo-, para aplicar en los territorios sometidos al dominio militar germano. Un diseño completo que dividía al continente en múltiples unidades étnicamente homogéneas, nacidas directamente del trazo de la tijera germana y ligadas a ella por mútiples vínculos, pequeños asteroides girando en distintas órbitas alrrededor de la nación étnica por excelencia, Alemania. Empleando las divisiones culturales y lingüísticas de las diferentes comunidades y nacionalidades europeas, azuzando las contradicciones internas de los Estados para azuzar a diferentes comunidades entre sí. Difundiendo el nacionalismo étnico y promoviendo la formación de movimientos separatistas con un ideario reaccionario, racista y xenófobo. La “Europa de las etnias” nazi, precedente e inspiradora de la “Europa de los pueblos” actual, representaba un proyecto de dominación alemana sobre Europa basada en la fragmentación de los Estados. Jon Arza
La primera estación se encuentra en los Balcanes. La intervención de la burguesía germana es el factor decisivo que provoca la explosión de la ex Yugoslavia. Las burguesías croata y eslovena, fruto de una economía altamente descentralizada, establecen desde finales de los 70 relaciones privilegiadas con el capital alemán. Alemania se valió de esta relación para azuzar el camino independentista (presionando a la UE para que reconociera a los nuevos Estados, armando a croatas y eslovenos, o estimulando a través del ministerio de Asuntos Exteriores de Berlín las veleidades soberanistas). La decisión de Berlín por ejercer un control directo sobre las regiones más ricas de la ex Yugoslavia provocará un genocidio en los Balcanes. En otro rincón de lo que Alemania considera su “patio trasero”, los dirigentes de los principales partidos deciden partir Checoslovaquia, contra la opinión del 65% de la población y del propio presidente Vaclav Havel. Una decisión no tan sorprendente si sabemos que la desmembración del país estaba contemplada en un acuerdo secreto entre Alemania y Rusia firmado dos años antes. Siguiendo el mismo camino que la expansión hitleriana –cuando se anexionó los Sudetes o fraccionó los Balcanes-, los nuevos Estados –Croacia o Eslovenia y Chequia y Eslovaquia- quedaron bajo la influencia económica, y también política, de Berlín. Paralelamente, el fantasma del nacionalismo étnico, excluyente e insolidario se extenderá por todo el continente: a España con el nazifascismo de Arzallus, a Italia con la xenófoba Liga Norte, en Bélgica con el Vlaams Blok, en Austria con Haider, y en Europa Oriental con tensiones étnicas en Hungría, Rumanía, Bulgaria o Moldavia. La “Europa de los pueblos”, y junto a ella los movimientos de fragmentación o desarticulación de los Estados, reparece con fuerza y encuentra la cobertura de Bruselas y del Estado alemán. La Carta de París de la UE o el mismo Tratado de Maastricht establecen como doctrina oficial comunitaria la convergencia de la unidad europea hacia la “Europa de los pueblos”. Diversos departamentos de varios ministerios alemanes están desde hace años específicamente dedicados a financiar, orientar y coordinar organismos e instituciones relacionadas con los “pueblos sin Estado” y la “personalidad de las regiones europeas”. El grupo de los Verdes europeos- Alianza libre Europea (en el que se integra la coalición de ERC), bajo la hegemonía política e ideológica de los Verdes alemanes, representa la avanzadilla de la difusión del actual modelo de la “Europa de los pueblos”. Políticamente, el Comité
de la Europa de las Regiones, bajo la dirección del lander de Baviera,
ha supuesto un instrumento para que las regiones más ricas del
continente, entre ellas Cataluña y Euskadi, establezcan lazos directos
con Bruselas por encima de sus propios Estados. Joan Arnau Viejos proyectos, nuevas formas Ibarretxe o Carod Rovira representan a las castas que están dispuestos a vender Euskadi o Cataluña a los imperialismos más peligrosos Los patriotas gibraltareños Hay que acabar con la ceguera de la izquierda ante el imperialismo del eje franco-alemán, que hace considerar progresista proyectos reaccioanarios como la Europa de los pueblos Para comprender el entusiasmo de las camarillas del nazifascismo étnico o el nacionalismo insolidario ante la “Europa de los pueblos”, es conveniente recordar estas palabras de Xavier Arzallus, planteadas en una entrevista a la Vanguardia concedida en 1992: “Vamos hacia un IV Reich, aunque no como sucesor del de Hitler, sino como continuación del I Reich. Pero fíjese, la Comunidad Europea se amplía ahora con Austria. ¡Señores, eso es la vieja anexión de Hitler, el Anschluss!; también con los países nórdicos... Luego habrá una ampliación y estaremos reconstruyendo el Sacro Imperio Germánico. El eje Rhin-Danubio, la expansión hacia los Balcanes, hacia los Estados bálticos, siempre mirando hacia Alemania... Los movimientos económicos que ahora hace Alemania a través de la Comunidad Europea ¡son los mismos que hizo Hitler con sus tanques, son los eternos caminos de la expansión germánica!. Las adhesiones a la Comunidad llegarán: letones, lituanos, eslovenos,... Al final veo una Europa de los Pueblos con inspiración germánica, con los actuales Estados superados, y entonces, digo yo, el vasco y el catalán no tendrán que ser inquilinos de nadie en esa Europa del futuro”. La claridad del proyecto de Arzallus es absoluta: independencia de Euskadi en una “Europa de los pueblos con inspiración germánica”. La misma sustancia que, ocho años después, le llevaba a manifestarse ante la cumbre europea en Biarritz exigiendo a la UE que “trate a Euskadi como a Croacia y a Eslovenia”. O la que lleva a Ibarretxe a intentar hacer de Euskadi un “estado asociado” a la UE, directamente vinculado con Bruselas, una especie de Puerto Rico europeo. Desde siempre ha existido en la mayoría de las fuerzas nacionalistas una fuerte tendencia a buscar en potencias extranjeras el medio para soltar amarras con Madrid. Como escribió Sabino Arana a su hermano Luis. “Instantáneamente se me ha presentado esa idea como seguramente salvadora de llevarse con toda perfección a la práctica. La independencia de Euskadi bajo la protección de Inglaterra, será un hecho en día no muy lejano”. También una parte de los nacionalistas catalanes –a los que Joan Comorera llamaba “seguidores de la línea imperialista del nacionalismo”- , personalizados por PI i Sunyer, trataron de ofrecerse a Churchill buscando que, tras la victoria, éste les ofreciese una habitación propia “en la casa común de la nueva Europa federal”. Esta tendencia histórica se ha visto agudizada en nuestros días por el mismo proyecto de la Europa de los pueblos, a través del cual la burguesía alemana pretende imponer su hegemonía sobre el contiente a través de la fragmentaciónde los Estados, divididos en pequeñas unidades étnica, lingüística, o culturalmente homogéneas. Una misma línea une a Sabino Arana, Arzallus e Ibarretxe, a Pi i Sunyer con Carod Rovira: alcanzar la independencia gracias a la ayuda del imperialismo de turno, ofreciéndose para ello como un centro de intervención contra España de las principales potencias. El proyecto de la Europa de los pueblos o de las etnias se apoya en camarillas nazifascistas como Ibarretxe e Imaz o en castas insolidarias como la encabezada por Carod Rovira, transformadas en arietes para azuzar las diferencias y el enfrentamiento, en instrumentos del eje francoalemán para intervenir en la vida política española. A cambio, ellos se convertirían en virreyes locales de nuevos Estados creados bajo la tijera del imperialismo. No importa que para ello haya que entregar Euskadi o Cataluña en manos de las burguesías alemana y francesa, los mayores explotadores del continente. Francesc Ten |
El rebrote de los nacionalismos étnicos y disgregadores ha seguido el ritmo de los momentos de mayor agresividad imperialista de la burguesía germana
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