CONTRAPORTADA 7
años del asesinato de Miguel Angel Blanco “Un
poeta más cerca de la muerte que de la filosofía, más
cerca del dolor que de la inteligencia, más cerca de la sangre
que de la tinta” |
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El pasado 12 de julio se cumplieron 7 años del asesinato de Miguel Angel Blanco. Indignado por el asesinato de Gregorio Ordóñez, dirigente del Partido Popular guipuzcoano, Miguel Angel se presentó en las listas del PP y fue elegido concejal de Ermua. Tenía 29 años cuando los fascistas de ETA lo secuestraron dando un plazo de 48 horas para el reagrupamiento de los presos etarras. La policía acababa de liberar a Ortega Lara tras un año y medio de secuestro en un zulo infame, y ETA había advertido en boca de un portavoz de HB, Floren Aoiz, que «tras la borracehera de la liberación de Ortega vendría la resaca». ETA ya había sentenciado a muerte a Miguel Angel antes de secuestrarlo. En esas 48 horas España paró su pulso y se echó a la calle para exigir su liberación. Millones de españoles, de Bilbao a Cádiz y de Vigo a Girona fuimos una misma y sola voz. El día 12, España entera se consumía en el duelo por una persona humilde y anónima, pero valiente hasta la muerte. Porque hay que ser valiente para enfrentarse al nazi-fascismo en Euskadi a cara descubierta. Ese día, por primera
vez, los demócratas señalaban por la calle a los cobardes
fascistas y los perseguían hasta sus madrigueras; ese día
la libertad tomó la calle y marcó el fin de la impunidad
y de la confusión. Ese día Arzallus, el general Recogenueces se revolvía en su sillón. Después vendría Lizarra, la seudo-tregua y todo lo demás. Pero en todos estos años al jesuita adorador de Arana le pesaría la sombra de Miguel Angel. Hasta que tuvo que encerrarse, él y sus proclamas racistas, en un armario para que el PNV no sufriera una debacle electoral. Hasta que, finalmente, ni sus camaradas de batzoki lo quisieron tener entre sus representantes. Esta defenestración del máximo representante del racismo sanguinario en Euskadi se la debemos, en gran medida, a Miguel Angel Blanco. Al sacrificio de un muchacho valiente que no quería morir porque iba a casarse. Y con él, como con Fernando Buesa, José Luis López de Lacalle y miles de militantes populares, socialistas y comunistas, demócratas que luchan por la libertad en Euskadi, estamos en deuda. No pararemos hasta echar al mar el fascismo étnico en Euskadi. El abierto de los Arzallus y Egibar, y el encubierto de los Ibarretxe e Imaz. Se lo debemos.
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El vil asesinato marcó el inicio de una rebelión ciudadana no sólo contra ETA, sino contra el régimen étnico-nazi que lo ampara y lo mima, le da cobertura moral y suculentas subvenciones desde Ajuria Enea.
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