REPORTAJE CENTRAL El
resultado electoral estadounidense otorga a George Bush un nuevo mandato
de 4 años: “No ha sido la victoria de Bush sino la facilidad con que se ha dado lo que ha sorprendido. La temida «sorpresa de octubre» se limitó a un discreto vídeo de Bin Laden” |
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| La inmensa mayoría del planeta y la mayoría de los estadounidenses albergaba nla esperanza de que Bush no fuera reelegido como presidente de los EEUU. Los resultadoes electorales y, sobre todo la forma en que se han producido han sido causa de sorpresa para la gran mayoría. ¿Qué causas han posibilitado el claro triunfo de Bush? ¿Se ha roto el axioma según el cual el Imperio necesita secuestrar la Democracia para llevar adelante sus planes hegemonistas, según el cual el país sería ingobernable si votara más de la mitad de la población? ¿En qué ha fallado la alternativa Kerry, o más exactamente, en qué consistía? ¿Por qué la fracción de la burguesía monopolista representada por su línea rebajó el perfil de su campaña en el último momento? ¿En qué correlación de fuerzas ha quedado la agudísima contradicción que enfrenta a ambas fracciones, y que tanto Bush como Kerry se han apresurado a mostrarse dispuestos a apaciguar? ¿Qué ha hecho innecesario
el «gran naipe», la «sorpresa de octubre» que
muchos medios de comunicación anunciaban para antes de las elecciones
y que amenazaba con decantar unas elecciones indecisas a favor del candidato
republicano –como un ataque terrorista de gran envergadura o la
captura, largamente esperada, de Bin Laden–? Las
elecciones más democráticas de EEUU: La victoria electoral de George W. Bush han sido una sorpresa, más que por el resultado por las condiciones en que se han dado, rompiendo aparentemente varios de los axiomas –o tópicos– que se le atribuyen a los procesos electorales estadounidenses. Las elecciones más concurridas Se coincide en los medios en cifrar la participación, aproximadamente, en un 60% y un apoyo popular mayoritario (59 millones frente a 55,5) a la política de Bush. Sin embargo, estas cifras se miden en relación al censo electoral, de unos 190 millones. Pero EEUU, con más de 290 millones de habitantes debería tener, proporcionalmente, un censo electoral de más de 230 millones. 40 millones de votantes –cerca del 20% del censo– que no tienen derecho a voto. Unos por ley (más de 5 millones de reclusos, más los que tienen restringidos sus derechos civiles); otros por los impedimentos burocráticos que dificultan su inscripción (el censo electoral en EEUU no es automático, sino que los interesados tienen que inscribrse bajo determinadas condiciones). Todo ello sin contar las decenas de millones de inmigrantes ilegales que hacen que Estados Unidos supere con creces, en realidad, la barrera de los 300 millones de habitantes. La reconstrucción de las cifras arroja así un nuevo porcentaje de participación: el 49%. Las elecciones más masivas de la historia de los EEUU se enmarcan en el límite de lo aconsejable para el establishment: una participación mediocre en cualquier democracia digna de ese nombre. Las elecciones más democráticas Para quienes recuerden el truculento referéndum perpetrado por Felipe González para forzar la permanencia de España en la OTAN en 1986, el truco les sonará a conocido. Para quien no lo recuerde, se trataba –entre otras cosas– de: a) Combinar una agresiva campaña del miedo (la Comunidad Europea rechazará nuestro ingreso, arreciará la crisis económica, las pensiones no se verán aseguradas, ¿qué gobierno gestionará el OTAN no si el PSOE está empeñado en el sí, etc.). b) hacer una pregunta confusa y con trampa (el no significaba tanto el rechazo a la OTAN como el sí a la integración en su estructura militar y la permanencia de las bases militares yanquis). En las elecciones estadounidenses, la trampa, largamente preparada, consistió en radicalizar el voto moral-patriótico conservador y movilizarlo eficazmente para las elecciones. La coincidencia de referéndums sobre matrimonios homosexuales en 11 Estados coincidiendo con las elecciones fue incomprensiblemente aceptada por el equipo de Kerry. Esta estratagema contribuyó a movilizar el voto no sólo evangelista y protestante sino a decantar un porcentaje de voto católico, mayoritariamente demócrata, por la opción republicana. Estados como Nuevo Méjico (50/49)o Nevada (50/49) inclinaron su balanza por Bush gracias a un pequeño puñado de votos que a la postre fue decisivo. Otro ejemplo de democracia lo revela la confusión de Ohio, la estrella de estas elecciones, que destapó la existencia de cerca de 250.000 votos provisionales sólo en ese Estado. Los votos provisionales son votos emitidos que, fruto de diversos mecanismos de confusión más o menos planificada –suelen ser mayoritariamente demócratas–, no tienen colegio electoral o no han votado en el que les corresponde. Dichos votos, según el Partido Republicano y refrendado por una sentencia judicial, no deben contabilizarse. El hecho de que estos votos no puedan alterar los resultados en Ohio no impide que el dato sea alarmante: proporcionalmente, ¿existirían más de 5 millones de votos excluidos de forma planificada? Si a esto le sumamos los sospechosos métodos de votación (papeletas perforadas con deficiencias, voto electrónico sin resguardo,...) y el poco democrático sistema electoral por delegados (la candidatura más votada se lleva el 100% de representantes), el supuesto apoyo mayoritario del pueblo americano a la Administración Bush es una afirmación más que cuestionable. ¿Las últimas elecciones «limpias»? Sólo una obra de ingeniería electoral milimétricamente planificada les ha permitido asegurarse las elecciones sin necesidad de recurrir a una arriesgada «sorpresa de octubre». Sin embargo, la tendencias demográficas y el hecho de la mayoría de los jóvenes, de los católicos y la mitad más pobre, el 60% de los asiáticos e hispanos, el 80% de los judíos y el 90% de los negros haya votado demócrata, no augura un futuro tranquilo al Imperio en el frente interno. Las
claves y los datos del resultado electoral: No ha sido la victoria de Bush sino la facilidad con que ha conseguido su reelección por métodos legales –aun «democráticos»– lo que ha sorprendido a propios y extraños. La facilidad con que, mientras Bush perdía todos los debates televisivos, se cerraba la trampa de los referéndums sobre matrimonios homosexuales para movilizar el voto moral-patriótico, desaparecían del debate asuntos clave como el déficit público y comercial y se hacía incontestable el lema de la campaña: «No se debe cambiar al comandante en jefe en plena batalla». La «sorpresa de octubre» que todos esperaban ha llegado el 3 de noviembre. Como alguien dijo, elegir entre Bush o Kerry era elegir entre el Incompetente y el Incoherente. Incompetente uno porque se había equivocado en casi todo lo que había emprendido y lo estaba resolviendo de la peor manera posible, especialmente en Irak y las relaciones con Europa. Incoherente el otro porque en las cuestiones clave no presentaba una alternativa clara y diferenciada, ni siquiera creíble. Su intento por atraer al famoso «voto de la clase media», pensando que tenía el voto progresista asegurado («cualquier cosa con tal de echar a Bush» era la campaña de Michael Moore) era no sólo el tradicional juego oportunista de los demócratas, sino la materialización de la propia confusión de la fracción de la burguesía monopolista estadounidense que había puesto en él sus aspiraciones. Demasiado lejos y sin alternativa La «opción Kerry» se ha mostrado incapaz de materializar a su favor el mayoritario rechazo de la sociedad estadounidense a la administración Bush. Esa incapacidad se explica sólo en parte, como hemos señalado, al clamoroso déficit democrático del sistema electoral estadounidense o en el perfil clamorosamente oportunista de su campaña electoral. La razón principal hay que buscarla en el rumbo errático de la fracción demócrata en el tramo final de la campaña. En primer lugara porque su alternativa global para asegurar la hegemonía estadounidense a medio-largo plazo, la hegemonía consensuada en el club de países imperialistas en torno a un Orden Mundial estable y con mercados abiertos –reservándose el papel de gendarme de ese Orden Mundial– resultaba hoy huérfano de una alternativa táctica, de medidas coyunturales que permitieran reconducir la política estadounidense con claras garantías de éxito tanto en el exterior como en el interior. En el exterior porque en el tema clave del empantanamiento de Irak, la confusa propuesta de Kerry no era ninguna alternativa ni daba ninguna garantía que no pudiera ofrecer, y con ventaja, la línea Bush. En el terreno de las relaciones internacionales, la inclinación al ya gastado multilateralismo (el consenso con la UE y Rusia de la solución al conflicto irakí) era visto, y con bastante acierto, como un signo de debilidad en las actuales circunstancias. Hablar de «error» o de «falta de oportunidad» de la ocupación no era el contundente lenguaje que esperaban los millones de votantes que lo hicieron sólo contra Bush. En el interior, los zarpazos lanzados contra Bush en los últimos meses (fotos de las torturas en Abu Ghraib, interrogatorios sobre los «fallos» del 11-S, etc.) ahondaron en el enfrentamiento y la crispación interna, no sólo en el terreno social sino entre diferentes aparatos y agencias estatales, preovocando una creciente debilidad del hegemonismo estadounidense como tal en el plano internacional. No en vano el Kerry que apareció en televisión el día 4, dispuesto a dar por perdida la batalla antes de haber quemado todos los cartuchos, reclamó inmediatamente cerrar las heridas abiertas en los meses de campaña y la unidad de todo el país frente al creciente clima de confrontación y a la división nacional. Los «palomas», preocupados por las consecuencias de sus intentos de desalojar a Bush a cualquier precio –tanto vale decir, al complejo militar-industrial, a las grandes petroleras y a los conglomerados que viven de exprimir la nación a través de los contratos estatales en construcción, logística y suministros– no se atrevieron a echar el resto y quemar las naves ante las dificultades de presentar, en las actuales circunstancias, una línea táctica y unas alternativas ajustadas a la coyuntura ya no atractivas, sino ni siquiera creíbles, para el pueblo norteamericano. Y más en un posible gobierno contrapesado por un Congreso y un Senado mayoritariamente republicanos. Sólo la falta de determinación ante la convicción de que se había llegado «demasiado lejos» en la campaña contra la administración gobernante –llegando a atacar a una institución como el Ejército, en plena guerra– y la falta de alternativa política fuerte, concreta, real y tangible, frente a la opción Bush en este momento, en un sistema de contradicciones sabiamente orquestado, explican el desinflamiento del equipo de Kerry en la recta final y la victoria contundente (porque sus consecuencias lo son) de Bush. O ésa al menos debió ser la valoración de un sector importante de dicha fracción para que se acturara como se hizo. Pero como venimos señalando desde hace tiempo, la aguda fractura que recorre las dos fracciones enfrentadas de la burguesía monopolista estadounidense es objetiva y de naturaleza estratégica, a largo plazo. Lejos de cerrarse se ha agudizado. Lejos de cicatrizar, se está gangrenando. Con la victoria de Bush, ésta sólo pasa a desarrollarse en una nueva correlación de fuerzas, más desfavorable para los perdedores y más favorable para los «halcones» y, especialmente, los «quebrantahuesos» que amparan a Bush. Al sector más aventurero e incendiario de la Administración que se ve ahora con las manos más libres para llevar adelante sus tenebrosos planes. Un
futuro sombrío e incierto: La fracción más belicista y aventurera de la burguesía monopolista yanqui ha salido reforzada con la victoria electoral de Bush. Esto es algo que ya nadie duda. Pero la situación de EEUU es hoy más débil que hace cuatro años y en varios frentes vitales.
La economía está en una situación mucho más delicada. El espejismo de la «nueva economía», la aplicación de las nuevas tecnologías a la producción, que tuvo en la economía estadounidense su principal beneficiario en los años 90, pierde fuelle a pasos agigantados. Clinton dejó un superávit del 5%, que Bush ha colocado en un -2% de déficit presupuestario. Y la balanza comercial presenta unos resultados mucho más preocupantes, por mucho que el complejo militar-industrial, las empresas petrolíferas y los grandes contratistas estén haciendo su agosto. En Irak, la línea ultraagresiva de Bush no ha conseguido sus objetivos. Ha perdido la batalla de Bagdad y su progresivo empantanamiento es ya insostenible. Ha ganado la guerra pero está perdiendo una posguerra de desgaste que la burguesía ectoplásmica árabe y la resistencia irakí libran en el medio plazo. La necesidad de retejer las alianzas y establecer un plan de actuación junto con el Eje franco-alemán y Rusia obliga a la administración Bush a rebajar sus expectativas y aceptar un multilateralismo aunque limitado, condicionado. Y en el interior, el recrudecimiento del enfrentamiento con la otra fracción ha demostrado que, si no se actúa con cuidado, la sangre puede llegar al río y perjudicar la credibilidad, el prestigio y la capacidad de actuación del hegemonismo estadounidense con independencia de su línea gobernante. Éstas son razones de peso que apuntan a una moderación de los pasados excesos de la reelegida administración Bush, y una interpretación que la mayoría de los medios vienen anunciando estos días. Porque las dificultades no son insuperables a corto plazo, y si por algo se ha caracterizado el «dream team» incrustado en Washington, el cuarteto Bush-Cheney-Rumsfeld-Rice, es por un aventurerismo y una agresividad sin límites para conseguir sus objetivos. No dudaron en permitir el 11-S para arrastrar a EEUU en su estrategia en Oriente Medio y Asia Central; aprovecharon el shock traumático para imponer el Patriot Act, las restricciones a las libertades civiles y el aumento del control policial en el interior. Rentabilizaron el derribo del régimen taliban para sembrar Asia Central de bases y apropiarse del control del petróleo del Caspio apra, posteriormente, agresir y ocupar un país, Irak, que nada tenía que ver con todo lo anterior. Y cuando sus socios le recriminaron su actuación ultraaventurera, sometieron el planeta a un reordenamiento, una «recategorización» de la cadena imperialista, relegando a la vieja Europa mientras aupaban a artificalmente a España a la categoría de potencia decisiva y a Aznar a la de líder mundial. ¿Qué hace pensar que las dificultades van a suavizar la agresividad de una línea respaldada por su pueblo? ¿Qué hace pensar que no aprovecharán la favorable situación para ganar posiciones en su enfrentamiento con la otra fracción como hicieron tras el 11-S en lugar de «tender la mano» y restañar las heridas recientes; o en reforzar la presión y la exigencia sobre la Unión Europea (de entrada, la ratificación de la Constitución Europea amenaza con convertirse en un calvario para el Eje franco-alemán). Incluso la afirmación según la cual la Casa Blanca se ve paralizada mientras no resuelva la estabilización de Irak es ahora una tesis discutible. No sería la primera vez que en situaciones difíciles una burguesía imperialista ha aprovechado una coyuntura favorable como es una victoria electoral contundente para lanzarse a una política aventurera que raya el suicidio. Hitler lo hizo en peores condiciones, cuando invadió Checoslovaquie y Polonia antes de volverse contra Francia y Bélgica, bombardeando Gran Bretaña un año antes de invadir Rusia... una política suicida vista en perspectiva, pero que nadie duda que ocurrió. Y la tentación para Washington de intervenir contra Irán y doblegar Arabia Saudí –la cuna del ectoplasma que amenaza convertirse en un nuevo jugador estratégico–, va a ser demasiado grande para no ser tenida en cuenta. Especialmente si como se teme tras las dimisiones de altos cargos en el departamento de Estado y los anunciados cambios ministeriales, los «quebrantahuesos» habrán desplazado a los «halcones». Los próximos nombramientos darán la medida exacta de a qué atenernos en el futuro inmediato. TBA |
El último tramo de la campaña electoral, la fracción demócrsta rebajó su perfil agresivo. Era el reflejo de la fracción demócrata de la burguesía yanqui, que no ha sabido o podido ofrecer una alternativa atractiva, creíble y convincente para reconducir en estos delicados momentos el rumbo del país.
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