SOCIEDAD Sobre
el origen del mal de las vacas locas: “La desventaja de la ganadería europea frente a la norteamericana está en la base de las medidas que los gobiernos europeos vienen tomando en la últimas décadas para rentabilizar sus cabañas” |
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¿Vuelven las vacas locas?... En una reciente entrevista el científico estadounidense Stanley Prusiner, la considerada máxima autoridad en encefalopatías espongiformes, advertía que miles de personas en Gran Bretaña pueden estar incubando priones de vaca y afirmaba que él personalmente sigue evitando el consumo de carne de ternera. ¿Estamos a punto de asistir a una reedición de la tragedia, a un nuevo ataque mediático a las ventas de la ganadería europea, o tan solo ante un mensaje de alarma de los científicos para conseguir más fondos públicos? Esperemos que a lo tercero. Los estudios de Prusiner sobre los priones sirvieron, en los años noventa, de base al gobierno de John Major para elaborar y exportar exitosamente la teoría de los piensos con harinas cárnicas para explicar la aparición del mal de las vacas locas, aunque los miles de toneladas de piensos exportados a países como los del Este de Europa no produjeron un solo caso. Pero ahí no acaba la forma sospechosa en que el gobierno británico utilizó los estudios de este científico. Con la aparición de casos humanos en 1996 el gobierno británico anunció oficialmente la relación entre éstos y el consumo de carne de vaca enferma. Incluso se especuló con que la enfermedad se habría transmitido a miles de consumidores por esa vía. Sin embargo, hasta el día de hoy no hay estudio alguno que pruebe la relación entre el mal y la ingesta de carne. ¿Y por qué iba el gobierno británico a mentir? Mientras la línea de investigación de Prusiner fue encumbrada por el premio Nobel de Medicina en 1997, los estudios que apuntaban a que el mal tenía un origen tóxico fueron marginados, silenciados o criminalizados por el gobierno británico. ¿Qué tenía el gobierno británico que ocultar? En definitiva, la gestión de aquel primer episodio se cerró con pérdidas millonarias para la ganadería europea, cientos de ganaderos arruinados y cuatro millones de vacas sacrificadas. La desinformación de la opinión pública, destitución de ministros incluidos y el manejo como secreto de estado de los casos humanos y animales, reales y posibles, cuando no la ocultación llevaron a una situación cercana al pánico social. Pero, ¿qué
tenía el gobierno británico que esconder? Al final el balance
de la gestión no fue negativo para todos. La soja transgénica
norteamericana, anteriormente vetada en Europa, consiguió abrirse
un nuevo mercado al sustituir a las harinas cárnicas en el pienso
compuesto. El gobierno británico fue de los primeros en Europa
que levantó la veda. Los científicos gubernamentales que
entonces eran expertos en toxicidad animal hoy lo son en alimentos genéticamente
modificados. Como una esponja Detrás de dar explicación al por qué de las vacas locas se dirime algo más que la lucha por el control del mercado agroalimentario mundial, tal como adelantamos desde estas páginas hace 6 años. Desde el punto de vista médico tenemos la oportunidad de avanzar enormemente en la comprensión de las terribles enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer que se basan en la alteración de proteínas cerebrales y que están en auge. El problema reside en la posibilidad de que estas nuevas enfermedades estén en el corazón de esa lucha a dentelladas, o sea, la posibilidad de que los productos de los gigantes agroquímicos estén implicados directamente en dicho auge. En definitiva, la posibilidad escalofriante de que podamos medir en horas de vida y sufrimiento cada céntimo de euro que ingresan en sus arcas. Las encefalopatías espongiformes animales y humanas se producen por la deformación en cadena de los priones. Los priones no son microorganismos como los virus o las bacterias que nos puedan provocar una infección. Son proteínas que generan nuestras propias neuronas y las células de defensa inmunológica del cuerpo y que tienen una función protectora frente a agresiones externas. Cuando esta proteína se deforma actúa como la primera pieza de un dominó cayendo sobre la segunda de la fila. Tiene capacidad de deformar a sus congéneres y formar un amasijo que destruye la neurona. De ahí que se forman oquedades en el cerebro enfermo y éste adquiere la forma de esponja. De entre las diferentes líneas de aproximación a la enfermedad resaltan dos. La del mencionado Stanley Prusiner postula que la importación de un prión infeccioso por el animal o la persona inicia los procesos espongiformes. Para probarlo, hasta hace tan sólo dos meses no consiguió crear un prión en el laboratorio y provocar la enfermedad al inocularlo en el cerebro de animales de laboratorio. La segunda línea, representada por los estudios de científicos ingleses como Mark Purdey o David Brown se basan en que factores medioambientales provocan la alteración de los priones cuando existe una predisposición genética. En concreto, estas proteínas requieren cobre para su funcionamiento y la sustitución del cobre por otro metal, el manganeso, provoca su deformación. Estos estudios datan de los noventa y a parte de habérseles negado cualquier financiación pública para su ejecución y posterior desarrollo han sido convenientemente silenciados por las autoridades británicas para cerrar cualquier línea de investigación que no pase por que los priones son la única causa. Locura por decreto La desventaja de la ganadería europea frente a la norteamericana está en la base de las medidas que los gobiernos europeos vienen tomando en la últimas décadas para rentabilizar sus cabañas. Y los gobiernos de Margaret Thatcher y el francés (en la zona de Bretaña), de la mano de la industria química, se aventuraron a una peligrosa medida radical a principios de los ochenta. Un decreto gubernamental obligó a los ganaderos británicos (y a los de la Bretaña francesa) a administrar Phosmet, un insecticida organofosforado mezclado con talidomida, sobre la columna vertebral de las vacas para erradicar la hipodermosis, la enfermedad producida por la picadura del tábano, que genera importantes pérdidas económicas porque disminuye la producción de leche y de carne, y porque sus larvas agujerean la piel del animal y le restan valor para la industria peletera. El insecticida, al penetrar por la piel del animal, produce un ambiente letal para las larvas del parásito, pero también daña las neuronas y secuestra el cobre necesario para el funcionamiento de los priones, creando las condiciones necesarias para que el manganeso de la dieta los deforme. El pienso compuesto para el ganado contenía, aparte de las conocidas harinas cárnicas, excrementos de gallina ricos en manganeso, usado como aditivo para fortalecer la cáscara de los huevos. En todo caso las vacas habrían enfermado no por caníbalismo sino por coprofagia. Posteriores estudios hechos en Francia y EEUU confirmaron la relación déficit de cobre / exceso de manganeso en el cerebro de cadáveres de víctimas de la enfermedad de Creuzfeld Jacob, la primera encefalopatía espongiforme descrita en el hombre. Inmediatamente la ciencia gubernamental contraatacó: ¿por qué en Japón no hubo una zootia similar a la británica si allí también se utilizaba el Phosmet? Sencillo, las dosis de insecticida impuestas por el gobierno británico, tal como ocurrió en la Bretaña francesa, eran ¡siete veces! las que se administraban en cualquier otro sitio. El resultado, más de 36000 explotaciones afectadas, más de 190000 vacas enfermas. Por decreto se envenenó al ganado. Por decreto se intoxicó a la opinión pública, y por decreto se eliminaron las pruebas del crimen, se sacrificaron más de cuatro millones de vacas y se incineraron los piensos. Locura por decreto. El experto independiente Como era de esperar, también la industria química reaccionó. La oficina nacional para la salud animal (NOAH) que congrega a los gigantes agroquímicos que actúan en el Reino Unido (Monsanto, Bayer, Novartis, Pfizer, Roche, Schering-Plough, etc.) salió al paso de los estudios de Mark Purdey y David Brown para desacreditarlos. Sobre la solidez de la evaluación de la industria química cabe resaltar que su “experto independiente”, el Dr. David Ray, resultó estar en la nómina de la multinacional británica ICI-Zeneca (el productor de Phosmet) a principios de los ochenta. Al hacerse esto público el científico alegó sin tapujos en su defensa: “no creo que esto afecte mis valoraciones... yo no tenía noticia de que Zeneca producía Phosmet entonces”. En 1996, la multinacional se deshizo de Phosmet vendiendo la patente a una compañía de Arizona llamada Gowans. Actualmente la FDA norteamericana está reevaluando la seguridad de Phosmet, y la UE ha lanzado una campaña, la llamada Action 8/11, para erradicar la hipodermosis evitando el uso del insecticida. ¿Será que ya han aprendido las consecuencias? Jordi Martínez i Rigol |
Las vacas habrían enfermado no por canibalismo sino por coprofagia.
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