UNIÓN EUROPEA Las
nuevas instituciones europeas “Eurodiputados alemanes se han hecho con el control y la representación de tres de los cuatro grupos parlamentarios más importantes (populares, socialistas y verdes), de forma que la Eurocámara ofrece ya la imagen de una mera versión “ampliada” del Bundestag” |
|||
| El aval dado,
al fin, por el Parlamento europeo a la nueva Comisión encabezada
por el ex-presidente portugués Durão Barroso cierra todo
un proceso de renovación de las principales instituciones políticas
europeas, tras la ampliación y las elecciones de junio. A primera vista la gran beneficiaria de las nuevas instituciones creadas, por primera vez, para la Europa de los 25, es la Península Ibérica. Portugueses y españoles copan las presidencias de la Comisión y el Parlamento (es decir, el ejecutivo y el legislativo) y mantienen, con Solana, la representación de la política exterior y de seguridad. Nunca hasta ahora había habido una presencia tan ostensible de políticos “ibéricos” en cargos de tanta responsabilidad y poder en la UE. Lógicamente, ello
debería equivaler a que los intereses de la Península Ibérica
van a estar mejor representados y más defendidos que nunca. El presidente embarrado Como se recordará, la candidatura de Barroso a la Comisión fue fruto de un consenso in extremis “a la baja” tras el rechazo mayoritario (y el bloqueo de Londres) al candidato del Eje franco-alemán, el primer ministro belga Guy Verhostten. Anfitrión de la “cumbre de las Azores”, Barroso no ofrecía en principio el perfil deseado por París y Berlín, pero acabaron aceptándolo “a regañadientes” sabedores de que “su pragmatismo”, su “falta de peso político específico” y su inevitable “incapacidad para imponerse a los Estados” les dejaban los suficientes puntos de apoyo para acabar imponiéndole sus designios. Y así ha sido. Barroso ha sido incapaz de hacer “su comisión”, ya que ha tenido que aceptar uno a uno y sin rechistar los comisarios que le ha designado cada país. Ha sido incapaz de limitar el poder de Francia y Alemania, que le han colocado dos vicepresidentes, auténticos perros de presa, que le impiden la menor autonomía. Y ha acabado, además, “preso” del Parlamento europeo, donde los dos portavoces de los dos grupos mayoritarios (populares y socialistas), ambos alemanes, han demostrado, en el “caso Buttiglione”, que a partir de ahora la Comisión va a estar “verdaderamente” bajo el control del Parlamento. Como ya coinciden en afirmar prácticamente todos los analistas políticos europeos, Barroso ha quedado reducido a la condición de “hombre de paja”, tras el que se esconden los auténticos “hombres de hierro”: los comisarios de Schröeder y Chirac, por un lado; y el de Tony Blair por otro. ¿Eurocámara o Bundestag? Una situación muy similar afecta a la presidencia del Parlamento europeo. Cargo, además, que Borrell ocupará sólo la mitad de la legislatura. En este caso, nada es atribuible al propio Borrell, ya que en realidad su puesto sólo le permite jugar un cierto papel de árbitro de una cámara en la que Alemania ha impuesto sin recato ni disimulo su auténtica voluntad de poder. Eurodiputados alemanes se han hecho con el control y la representación de tres de los cuatro grupos parlamentarios más importantes, por su número y por su peso político (populares, socialistas y verdes), de forma que la Eurocámara ofrece ya la imagen de una mera versión “ampliada” del Bundestag, el Parlamento alemán; o lo que es más cierto, de la Europa alemana, de cuya construcción este Parlamento es una garantía. Vacío de contenido hasta hoy, ahora que se inicia en serio la construcción política europea, Alemania quiere tener bajo su riguroso control esta pieza esencial de la futura arquitectura europea y por eso le ha otorgado una relevancia política de facto: su primer acto de soberanía ha sido tumbar al comisario de Berlusconi y demostrarle a Barroso quién manda y cuáles son sus límites. Es en los portavoces y grupos parlamentarios, y no en la Presidencia, donde hoy se condensa el poder en el Parlamento europeo: y los sustanciales, están en manos alemanas. Los comisarios del Eje Si Barroso y Borrell no disponen, pues, de auténtico poder de decisión en la UE -pese a los cargos que ocupan-, más simbólico es aún, si cabe, el papel de los otros dos “hombres fuertes” de España en Bruselas: Solana y Almunia. Sin una política exterior común (hoy imposible), Solana encarna desde hace años el papel del “impotente” permanente, tan omnipresente aquí y allá como ninguneado en todas partes. ¿Y qué decir de Almunia? Su rimbombante comisaría de Asuntos Económicos y Monetarios es un ministerio nominal y vacío. Primero, porque los “asuntos monetarios” están, en exclusiva, en manos del BCE (Banco Central Europeo), coto privado de Francia y Alemania. Y de los “asuntos económicos”, lo crucial, lo esencial, ha pasado a manos del nuevo comisario de Empresas e Industria, el todopoderoso comisario alemán, vicepresidente y hombre fuerte de la Comisión, Günter Verheugen (anterior comisario de Ampliación, que dirigió con mano de hierro la incorporación del Este a la UE-25 conforme a los planes de Alemania) y que ahora se queda a cargo de la política empresarial e industrial de Europa. ¿Augura esto algo bueno para el futuro industrial de España? A Almunia no le ha quedado más mísera función que la de “remodelar” el Pacto de Estabilidad -que Alemania impuso y Francia y Alemania incumplen sistemáticamente- a la medida y conforme a los intereses del Eje. Y las malas noticias no acaban aquí. El otro “hombre fuerte” de la Comisión, el francés Jacques Barrot, un amigo personal de Chirac (y como él implicado en numerosos escándalos financieros y de financiación ilegal), se ha hecho cargo -amén de otra vicepresidencia- de la comisaría de Transportes, que con un presupuesto de 220.000 millones de euros para los próximos 15 años, va a tener a su cargo el diseño y financiación de las redes europeas de comunicaciones, vitales para el desarrollo económico futuro. Pues bien, teniendo en cuenta que la política de Chirac es desde siempre la de mantener aislada a la Península ibérica y perpetuar el “cuello de botella” que imposibilita crear nuevas vías de acceso a Europa que no sean las tradicionales (y ya colapsadas) de Irún y Portbou, nada bueno puede esperar España. Zapatero ha dicho y reiterado, por activa y por pasiva, que el eje de su política exterior es “volver al corazón de Europa”. Pero lo cierto es que ese anhelo, hasta ahora, está “muy mal pagado”. España no ha aumentado su poder en la UE. Y ve seriamente amenazados sus intereses en muchos campos por una Comisión y un Parlamento nada favorables y cada vez más volcados hacia la construcción de una Europa regida implacablemente por el Eje. J. Albacete |
Günter Verheugen (Alemania) y Jacques Barrot (Francia), los comisarios del Eje.
|
||