INTERNACIONAL Aznar
visita a Bush tras su reelección «Aunque el voto hispano se ha identificado con los demócratas, su propio dinamismo la hace una minoría permeable a distintas influencias» |
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| Las amenazas para la paz mundial El disputado voto del imprevisible señor
Martínez La primera de ellas, sin duda, la encontramos en el decisivo papel que, una vez más, ha jugado el voto hispano en la batalla electoral por la presidencia norteamericana. Sólo que en esta ocasión, a diferencia de las anteriores, en un sentido completamente distinto. Se ha hablado mucho estos días del aplastante apoyo obtenido por Bush entre los cristianos evangelistas de la América profunda. Pero los datos de los resultados electorales indican también que más de la mitad de los tres millones y medio de votos con que Bush ha aventajado a Kerry provienen del voto hispano. Un voto imprevisible En efecto, en las elecciones del año 2000, Bush obtuvo el 35% de los 6 millones de votantes hispanos, es decir, poco más de 2 millones de votos. En las pasadas elecciones, sin embargo, Bush se ha hecho con un 44% de los 9 millones de hispanos que acudieron a las urnas, lo que equivale a cerca de 4 millones de votos. Lo que supone que en apenas cuatro años, Bush ha conseguido duplicar el apoyo entre los votantes hispanos. Y tratándose de la minoría más activa, emergente y dinámica (demográfica, social y económicamente) de EEUU, el dato es especialmente relevante. La cacareada “amistad y sintonía” de Bush con Aznar encuentra en este punto una de sus claves. Desde su época de gobernador en Tejas, Bush y su equipo de estrategas electorales han comprendido la importancia de cultivar el voto hispano. Hasta el punto de que en ya en las elecciones del año 2000 Bush dio un giro de 180º a la tradicional política de inmigración de su partido. Las hondas relaciones desplegadas con Aznar durante todo este tiempo son, indudablemente, un activo en este sentido. Sería miope y ridículo menospreciar la intensa actividad del ex presidente de gobierno español reclamando insistentemente el voto para Bush, realizando largas giras por algunos de los Estados con mayoría hispana (Nuevo México, California,...) o defendiendo la línea Bush en sus conferencias en la universidad de Georgetown. Una parte no desdeñable de la sólida alianza política ofrecida por Aznar a Bush en los últimos 4 años reside precisamente en la influencia, atracción o liderazgo que España puede ejercer sobre la minoría hispana en EEUU. Una minoría que, además, a diferencia de otras como la afroamericana, la asiática o la judía, no responde a un perfil políticamente homogéneo o estanco ni se presenta como un grupo étnico uniforme, sino como una realidad compleja y dinámica, con una identidad “laberíntica”. Y aunque tradicionalmente el voto hispano se ha identificado con los demócratas, lo cierto es que su propio dinamismo la hace una minoría permeable a distintas influencias. Partiendo de un elemento unificador de cohesión que constituye el idioma común y unos rasgos culturales propios y diferenciados, la diversidad y la plasticidad son los rasgos que definen a la minoría hispana en EEUU. Diversidad tanto por sus países de procedencia como por su status social (un 30% de los hispanos pertenecen ya a la clase media, es decir, tienen unas rentas iguales o superiores a los 6 millones de pesetas anuales). Movilidad y plasticidad en cuanto que, a diferencia también de otras migraciones que tuvieron un principio y un fin, la hispana es una migración que mantiene una continuidad permanente a lo largo del tiempo sin perspectivas de interrupción. Ganar para la causa de una “mayoría natural conservadora” estable –que en palabras del propio Aznar fue el tema de conversación con Bush– a un segmento cualitativamente importante de la minoría hispana es uno de los objetivos declarados de la línea Bush. Viejos valores, nuevo patriotismo Además de la laxitud en la represión a los inmigrantes hispanos ilegales (alrededor de 10 millones), hay dos elementos que la línea Bush utiliza insistentemente en su intento de atracción del electorado hispano y que constituyen, al mismo tiempo, el centro de su discurso ideológico y político. Por una parte, frente a la irrupción en las grandes concentraciones urbanas de nuevos valores y formas de vida, asociadas al incremento del progreso económico y social por un lado, y, por otro, a un ámbito de mayor libertad en las relaciones sociales y personales; la línea Bush ofrece un discurso basado en los principios religiosos, en los valores morales hasta ahora dominantes y en las relaciones sociales y familiares tradicionales. El discurso ideológico se sobrepone y oculta así al verdadero programa político de restricción de las libertades políticas y civiles y de concentración del poder y la riqueza en menos manos. Un discurso que –aunque sea en parte y, visto en profundidad, superficialmente– conecta con el apego de gran parte de la comunidad hispana a sus formas de vida tradicionales, en los que los vínculos familiares y las creencias religiosas (ambas entendidas en un sentido amplio) ocupan un lugar destacado. Por el otro la idea de la necesidad de levantar un nuevo patriotismo, basado en las amenazas a la seguridad nacional provocadas por el terrorismo internacional. Un nuevo patriotismo que exige de cada ciudadano norteamericano apoyar la defensa del “way of life”, el estilo de vida americano, en cualquier lugar del planeta donde esté amenazado. Apoyo que, en el caso de los hispanos, lleva asociada la alternativa de convertirse en carne de cañón de las aventuras militares del imperio a cambio de conseguir la ansiada integración social y económica (Un 30% de los 122.000 hispanos en la Fuerzas Armadas norteamericanas no poseen la nacionalidad estadounidense y, en relación al número total de soldados, un hispano tiene un 400% más de posibilidades de ser enviado al frente de batalla que un no hispano). ¿Hacia un Senado Imperial? Pero, como es lógico, la reunión Aznar-Bush no puede limitarse a la batalla interna entre las dos fracciones de la burguesía monopolista norteamericana. El propio Aznar lo refrendó al afirmar que la victoria de Bush “abre un tiempo de esperanza”. ¿Esperanza de qué? ¿Esperanza para quién? El valioso papel desempeñado por Aznar en defensa de proyectos tan decisivos para la línea Bush como la guerra de Irak o la contención de la hegemonía franco-alemana en la UE, adquiere una nueva dimensión tras la reelección de Bush. Mucho más cuando se habla en Washington de conceder a Bush la potestad para formar una especie de comité de altos asesores extranjeros, con el cometido de aconsejarle sobre la aplicación de la política exterior norteamericana en distintas áreas del planeta y que, proyectando la imagen de una especie de “gobierno mundial” o “Senado Imperial”, contrarrestara las críticas de unilateralidad y prepotencia. Analistas políticos
de nuestro país se sorprenden de las reiteradas quejas privadas
que altos cargos del PP hacen por la cercanía de Aznar a Bush mientras
públicamente apoyan al ex presidente. La actual dirección
del PP está recorrida por la misma contradicción que manifiesta
la copla popular: “Ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio.
Contigo porque me matas y si ti porque me muero”. A. Lozano |
Aznar y sus fieles empujan abruptamente al PP a buscar la protección y la ayuda del “amigo americano”, frente al creciente alineamiento de Zapatero con el eje franco-alemán.
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