INTERNACIONAL La
reelección de Bush y el mapa de Oriente Medio “La ocupación de Irak busca iniciar un profundo reordenamiento geopolítico de Oriente Medio de acuerdo a los intereses norteamericanos” |
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| La reelección de Bush, tan imprevista como temida por la mayoría de gobiernos, analistas y medios de comunicación europeos, ha traído como efecto inmediato que entre muchos de ellos crezca la esperanza de que tal vez el segundo mandato de Bush –libre ya de las tensiones de la reelección– se caracterice tanto por una mayor moderación en las formas, como por la búsqueda de un cierto consenso internacional para salir del atolladero iraquí. Sin embargo, la fulminante dimisión de Powell y la elección de Rice para dirigir la política exterior del imperio han echado por tierra todas estas conjeturas. Tras su incuestionable victoria electoral, la línea Bush –y la fracción de la burguesía monopolista yanqui por él representada– se dispone en los próximos cuatro años a completar el “círculo virtuoso” iniciado con las guerras de Afganistán e Irak. Es cada vez más un lugar común que el empantanamiento de EEUU en el avispero iraquí puede forzar a la superpotencia a buscar una salida honorable en el espacio de tiempo más breve posible. Y que precisamente por ello, fuese cual fuese el resultado electoral, las opciones “realistas” –aquellas que aconsejan que EEUU no debe hacer y deshacer a su antojo ni unilateralmente en la escena internacional– acabarían imponiéndose de una u otra forma. Una afirmación que, partiendo de una premisa cierta (el empantanamiento en Irak), llega sin embargo a una conclusión totalmente errónea. La clave de bóveda de un ambicioso proyecto Las razones para la guerra y posterior ocupación de Irak no las encontraremos –como caricaturescamente se ha querido hacer ver– en los desenfrenados ardores belicistas de Rumsfeld y sus halcones del Pentágono, en el fundamentalismo religioso de un presidente converso ni tampoco en la ambición de controlar sus recursos petrolíferos. Aunque todos ellos sean factores presentes, a distinto nivel, en la toma de decisiones, lo cierto es que la ocupación de Irak representa un punto táctico decisivo, la clave de bóveda de un mucho más ambicioso proyecto que propugna un profundo reordenamiento geopolítico de Oriente Medio de acuerdo a los intereses norteamericanos. Con Irak, como ya dijimos en estas mismas páginas las semanas previas al inicio de la guerra, EEUU busca colocar una sólida “cabeza de puente” en el laberíntico –y explosivo– entramado de contradicciones y conflictos que es Oriente Medio. Hacer de un Irak cooptado por Washington tanto el modelo a seguir por el resto de países de la zona como el gendarme árabe de sus intereses en la región. Se trataría de que un Irak relativamente democratizado y próspero actuara como punta de lanza norteamericana entre sus vecinos, propiciando un efecto dominó en el que los distintos regímenes hostiles o simplemente no sumisos a Washington irían cayendo uno tras otro bajo la órbita de dominio norteamericano. Irak se convertiría así en el detonante de un proceso encadenado de cambios que habría de redibujar la región en función de una serie de coordenadas geopolíticas dictadas por los intereses estratégicos y de largo alcance de EEUU. Un proyecto de esta naturaleza exige, como es lógico, en primer lugar el control militar del país, requisito indispensable sin el cual no es posible seguir adelante con los planes políticos y económicos. Y es en este punto, precisamente, donde la resistencia popular a la ocupación tiene bloqueado el proyecto de la “Gran Iniciativa para Oriente Medio”. La masacre de Faluya –un plan de exterminio decidido hace tiempo, pero ejecutado desde el mismo instante que se conoció la reelección de Bush– es el mejor indicador de la urgencia norteamericana por aplastar a sangre y fuego la resistencia iraquí. A la mártir Faluya –que no le quepa a nadie la más mínima duda– le seguirán, una por una, el resto de ciudades donde se concentra la oposición y la resistencia a la ocupación norteamericana. La decisión del gobierno títere iraquí de convocar las elecciones para el 30 de enero de 2005 marca la fecha límite para la que el Pentágono –aplicando ya sin reservas las tácticas genocidas del ejercito israelí en Palestina (ver recuadro)– confía en tener un relativo control militar de los enclaves emblemáticos de la resistencia iraquí. Desde ese instante se desarrollarían simultáneamente tanto los planes de estabilización militar del país como los de desarrollo político del nuevo régimen. En última instancia, este proceso debe conducir –como se afirma en los informes preparados por la Corporación Rand (ver recuadro) para el Pentágono– en el corto-medio plazo a “un cambio de funcionalidad estratégica de Irak en el escenario de Oriente Medio”. Un Irak remodelado por Washington pasaría a cuestionar el preeminente papel que históricamente ha jugado Arabia Saudí como aliado árabe clave en la zona, labor que sería transferida al nuevo Irak pronorteamericano. Incluyendo de forma destacada en este nuevo papel la gestión por parte de Bagdag –segundas reservas mundiales de petróleo– del mercado petrolífero mundial. A. Lozano |
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