INTERNACIONAL EEUU “Con la aparición del terrorismo fundamentalista, EEUU necesitaba urgentemente redefinir su posición y reubicar a sus peones en el laberíntico tablero regional” |
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| Con estos códigos (el objetivo estratégico y la gran presa) se denomina en los planes norteamericanos el propósito de hacer declinar definitivamente la influencia regional de Arabia Saudí y Egipto en la zona. Dos aliados otrora claves, pero que en las nuevas condiciones del tablero mundial representan –o pueden llegar a serlo– una seria amenaza para los intereses políticos, económicos y geoestratégicos de Washington. Con la aparición de un nuevo actor emergente en el escenario mundial –una gran burguesía panárabe, de contornos todavía difusos pero poseedora de un acceso prácticamente ilimitado a una de las mayores fuentes de creación de la riqueza mundial y que ha hecho del terrorismo fundamentalista uno de sus principales medios de lucha para ocupar un nuevo lugar en la cadena imperialista–, EEUU ha pasado a reevaluar el papel de sus históricos aliados en la región. Durante décadas, las potencias imperialistas han acunado a la casa real saudí tratando de contrarrestar y neutralizar al nacionalismo árabe; de la misma forma que tras la muerte de Nasser, EEUU convirtió a Egipto en el dique de contención de la creciente influencia del socialimperialismo soviético en los regímenes laicos de la zona. Sin embargo, con la aparición de este nuevo actor emergente, el régimen político saudí ha dejado de ser una solución para convertirse en un problema. Han sido los mismos centros de poder saudíes los instigadores de un islamismo fundamentalista que finalmente, y gracias a los ilimitados recursos que proporcionan los petrodólares, se ha convertido en el vehículo ideológico y político a través del cual se expresa esta nueva gran burguesía panárabe y expande su influencia en el mundo árabe y en los países de mayoría musulmana. Con la aparición de esta nueva fuerza en presencia, EEUU necesitaba urgentemente redefinir su posición y reubicar a sus peones en el laberíntico tablero regional. Los sistemas políticos, sociales y educativos de los dos aliados claves –Egipto y Arabia Saudita– se han convertido en la principal fuente que suministra doctrina, línea, cuadros y financiación al nuevo enemigo estratégico. Establecer una nueva jerarquía de poderes locales, reordenar la región oponiendo frente a ellos un centro de contrapoder, formalmente democrático, económicamente privilegiado y moldeado desde sus cimientos por el hegemonismo se convertía en un objetivo de primer orden. Y por distintas razones históricas, demográficas, históricas y geopolíticas, Irak era si no el único, sí el mejor candidato posible desde el que acometer el reto de transformar toda la región; el primer –y decisivo– paso en la larga marcha por dotar de una nueva profundidad y una mayor estabilidad al dominio norteamericano en ella. La concreción de ambos objetivos –el nuevo dibujo estratégico de Oriente medio y la transformación de Irak en el pivote geopolítico desde el que llevarla a cabo– empiezan a tomar forma definitiva, al comienzo del primer mandato de Bush, en el Consejo de Seguridad Nacional, presidido por Condoleza Rice. Precisamente la persona elegida por Bush al comienzo de su segundo mandato para dirigir el conjunto de la política exterior del Imperio. Todo un símbolo de los tiempos que se avecinan. N. I. |
Con la aparición de un nuevo actor emergente en el escenario mundial, EEUU ha pasado a reevaluar el papel de sus históricos aliados en la región.
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