EDITORIAL INTERNACIONAL Por el imperio hacia el caos "Una auténtica remodelación fronteriza y geopolítica que unificaría bajo la monarquía jordana los territorios de Jordania y las regiones centrales de Irak" |
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| Contra todo y contra todos, Bush está empeñado en que el próximo 30 de enero se celebren las elecciones en Irak. Ni los crecientes ataques de la insurgencia, ni la retirada de los partidos sunnís, ni las sugerencias de destacados miembros del gobierno iraquí, ni las advertencias de gran parte de la comunidad internacional han hecho variar un ápice la determinación de la Casa Blanca por mantener la fecha electoral. ¿Por qué ese empeño por librar una batalla de la que, a simple vista, no se adivinan las ganancias y sin embargo puede enrevesar todavía más el laberíntico tablero iraquí? Para EEUU, el previsible escenario electoral tras el 30 de enero se presenta tan o más complejo que el actual escenario político-militar en el que anda empantanado. La decisión de todos los partidos sunnís de retirarse de la contienda tras la sangrienta toma de Faluya deja a este importante sector de la población (un 20% del total) fuera de cualquier otra alternativa de intervención política que no sea la de seguir prestando apoyo y protección a la insurgencia. En el norte, los dos grandes partidos kurdos trabajan ya en un régimen oficialmente calificado de autónomo, pero en los hechos independiente de la administración de Bagdad. Los resultados en el Kurdistán no harán sino reforzar su hegemonía política y, con ella, las fuertes tendencias hacia la creación de un Estado propio. En el sur, los chiíes, que suponen el 60% de la población y se presentan en un frente único electoral que agrupa a todas las facciones del chiísmo, esperan obtener una victoria electoral arrolladora que, muy probablemente, les puede dar la mayoría absoluta en el nuevo Parlamento. Por el contrario, a diferencia de lo ocurrido en Afganistán con Karzai, la Casa Blanca no ha conseguido encontrar a su “hombre fuerte” en Irak capaz de consensuar a las distintas facciones pronorteamericanas, desde que el candidato “natural” del Pentágono y las petroleras –Ahmad Chalabi y su Congreso Nacional Iraquí– fuera “quemado” públicamente por la CIA al revelar en un informe sus vinculaciones –reales o supuestas– con Teherán. Se mire por donde se mire, la celebración de las elecciones no puede sino añadir nuevos y mayores problemas al endiablado avispero en que se ha convertido Irak. ¿Por qué Washington no aprovecha las múltiples peticiones de aplazamiento para reordenar sus filas, reagrupar sus fuerzas y crear una alternativa política capaz de competir electoralmente con garantías? La respuesta al enigma no está, desde luego, “en el compromiso de Bush con la democracia y la libertad”, como se insiste desde la Casa Blanca. Más verosimilitud tiene la hipótesis de que EEUU esté interesado en que el caos absoluto se instale momentáneamente en Irak a fin de impulsar un audaz (y aventurero) proyecto diseñado en el Consejo de Seguridad Nacional durante la presidencia de Condolezza Rice. Una auténtica remodelación fronteriza y geopolítica que unificaría bajo la monarquía jordana los territorios de Jordania y las regiones centrales de Irak (de mayoría sunní), dejando dos enclaves autónomos confederados en el norte (kurdos) y el sur (chiís). Creando así un gran Estado árabe bajo control de EEUU que pasaría a relevar a Arabia Saudí como su aliado estratégico en la región. Y que abriría las puertas, además, en un futuro, a la integración de los palestinos. Proyecto que sobre el papel puede tener alguna virtualidad, pero que en la práctica equivale a querer escapar del ataque de un enjambre de avispas furiosas metiéndose en un río infestado de pirañas. |
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