INTERNACIONAL

PALESTINA
Abu Mazen, elegido presidente de la Autoridad Nacional Palestina
Mandato a plazo fijo

El apoyo de los electores palestinos no es un cheque en blanco, sino un crédito limitado y con vencimiento a plazo fijo

Con el 62’3% de los votos totales, Abu Mazen, candidato de Al Fatah y antiguo primer ministro de Yasser Arafat, resultaba elegido el pasado 9 de enero como nuevo presidente de la Autoridad Nacional Palestina.
La reacción internacional a la victoria de Abu Mazen ha sido prácticamente unánime. Desde George Bush –que declaró sentirse “ilusionado” por su triunfo– hasta la Unión Europea, pasando por el propio gobierno de Sharon, todos coinciden en afirmar que los resultados suponen “una nueva esperanza para alcanzar la paz”.

Sin embargo, pese a lo aparentemente abultado de su triunfo y al cerrado apoyo de los centros de poder mundial, lo cierto es que para Abu Mazen se ha abierto ahora una auténtica carrera contra el reloj. El apoyo de la mayoría de los electores palestinos en absoluto puede interpretarse como un cheque en blanco, sino más bien al contrario, como un crédito limitado y con vencimiento a plazo fijo. Por varias razones.

La primera de ellas se desprende de los propios resultados electorales. Y no tomados aisladamente, sino en conjunto. Tras el boicot anunciado por las fuerzas islamistas y el obligado abandono del dirigente de la segunda Intifada y líder de la OLP en Cisjordania, Maruan Barguti –encarcelado en Israel y forzado tras intensas presiones de la dirección de Al Fatah a renunciar a la contienda– no había otro candidato posible para la presidencia de la ANP que Mazen. El alto índice de abstención, superior al 50% y que obligó a la Comisión Electoral Central a postergar dos horas el cierre de los colegios electorales, y el hecho de que Abu Mazen haya sido elegido con un porcentaje un 20% inferior al que cosechó Arafat en 1996 son datos que, de entrada, manifiestan los elementos de debilidad política con los que nace la nueva presidencia. A lo que hay que sumar, además, los recientes resultados de las elecciones municipales en las que Hamás obtuvo más de un 40% de los votos, amenazando la tradicional hegemonía política de Al Fatah.

Pero además, la propia trayectoria política de Abu Mazen ilustra los límites de su autoridad y su capacidad de liderazgo sobre el pueblo palestino. Fundador, junto a Arafat, de Al Fatah en los años 60 y artífice de los Acuerdos de Oslo en la década de los 90, en mayo de 2003 fue nombrado –a consecuencia de las presiones directas de un Washington, necesitado entonces de rescatar “la hoja de ruta” a cualquier precio– primer ministro del gobierno de la ANP. Cargo que fue incapaz de mantener más de cuatro meses, cuando decenas de miles de palestinos se echaron a las calles para exigir su destitución fulminante, acusado de hacer el juego a las maniobras de EEUU para aislar y debilitar políticamente a Arafat. Llegó entonces a convertirse en un personaje tan discutido –incluso aborrecido– por su propio pueblo, que su popularidad jamás llegó a superar el 2% en todas las encuestas. La desaparición de Arafat y la ausencia de un líder de prestigio en Al Fatah, las crecientes divisiones internas y la lucha de fracciones en la OLP y el ascenso palpable de la influencia de las organizaciones islamistas radicales entre amplios sectores del pueblo palestino han determinado que la línea que representa Abu Mazen haya maniobrado para emerger como una alternativa de compromiso en el seno de Al Fatah en el corto plazo. De su habilidad para conseguir resultados concretos que supongan pasos adelante efectivos en la consecución de los objetivos estratégicos de la lucha palestina (la creación de un Estado independiente con soberanía sobre la totalidad de los territorios palestinos y con capital en Jerusalén, el regreso de los exiliados y el fin de la indiscriminada represión israelí) va a depender tanto la estabilidad como, incluso, la duración de su mandato.

La línea de Abu Mazen intentará aprovechar una coyuntura en la que EEUU necesita inexorablemente aliviar la tensión y el antagonismo –aunque sea momentáneamente– del conflicto palestino-israelí, a fin de poder concentrarse en resolver de la forma más favorable posible su empantanamiento en Irak. Confían en que a cambio de desactivar la segunda Intifida y de negociar una tregua con las milicias armadas palestinas, Washington presionará a Israel para que facilite la creación del Estado palestino. Pero tanto uno como otro objetivo se presentan preñados de algo más que dificultades. Pues confiar en que Bush pueda ser el garante del proceso que conduzca hacia la creación de un Estado palestino independiente y soberano es lo mismo que poner a la zorra de guardián del gallinero. Y, por su parte, las Brigadas de los Mártires de Al Haqsa –una fracción armada constituida por disidentes radicales de la propia Al Fatah– ya han manifestado que si a Yasser Arafat le concedieron un crédito que se alargó por más de 8 años sin resultados prácticos, a Abu Mazen le conceden tan sólo 100 días.

Mientras, Hamás y Hezbolá, que han prometido ser leales y honestos con el nuevo presidente, se concentran para conseguir que las elecciones al Parlamento del próximo mes de junio supongan un significativo cambio en la correlación de fuerzas en el seno de la población palestina. Algo que, de ocurrir, no sólo dejaría más debilitado y aislado a Abu Mazen –que ni siquiera goza de la confianza de buena parte de las facciones de su propio partido– sino que elevaría varios grados más la tensión en la zona.

A. Beloki

Abu Mazen confía en que a cambio de desactivar la segunda Intifida y de negociar una tregua con las milicias armadas palestinas, Washington presionará a Israel para que facilite la creación del Estado palestino.