CULTURA IV
Centenario del Quijote En las figuras de don Quijote y Sancho fragua una imagen completa y compleja de la vida, sin apriorismos ni determinismos, y abierta a múltiples interpretaciones |
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| Alboreaba el año 1605 cuando, en la madrileña imprenta de Pedro Madrigal, se terminaba de imprimir un libro inclasificable, que tenía por extraño título “El ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha” y cuyo autor (un poeta y dramaturgo fracasado, que había perdido un brazo en Lepanto y conoció el cautiverio en Argel y la cárcel en España) estaba muy lejos de pertenecer al Parnaso literario de su época. Hoy, la “locura” del Quijote de Cervantes cumple 400 años, transformado en la obra de ficción más editada, traducida y leída de la historia, en el libro que creó y fecundó la novela moderna y en la más universal de las expresiones literarias de la lengua española. La clave de este enigma prodigioso debe intentar buscarla cada uno por un único camino: embarcándose en la “locura” de leer el Quijote. La aventura literaria del Quijote, que cumple estos días su cuarto centenario, rivaliza ya en desmesura y ambición con las que protagonizó el caballero andante cervantino, en su afán inaudito de deshacer entuertos y repartir justicia. El libro de Cervantes quizá no sea, como afirmaba y deseaba Unamuno, “la Biblia de los españoles”, pero sin duda es uno de los libros esenciales de la “biblia” literaria de todos los tiempos. Si hay un canon literario de la novela, como afirma Harold Bloom, ese canon viene definido, presidido y estructurado por el Quijote, “no sólo la primera novela, sino la mejor de todas”. Pero no se trata sólo de corroborar su valor intrínseco, sino de constatar el poder germinador de un texto que desde su aparición hasta hoy sigue siendo referente indiscutible, marco definitorio y fuente de inspiración inagotable. Durante 400 años la locura del Quijote ha embaucado a novelistas de todas las épocas, continentes y tendencias, ofreciendo a cada momento, a cada cultura y a cada autor una parte de su inmensidad literaria, sin que ese proceso parezca tener fin. Publicada en Madrid en 1605, al año siguiente ya se editaba en Lisboa, poco después en Bruselas, en 1612 era traducida al inglés y en 1614 al francés. Antes de terminarse (la segunda parte del libro apareció en 1615), don Quijote ya cabalgaba por media Europa. De ella nacieron la novela inglesa y la novela francesa, que dominaron el género en los siglos XVII y XVIII. En el XIX los románticos alemanes la convirtieron en el santo y seña de toda literatura, dejaron de verla como un relato esencialmente “cómico” y pusieron el acento en el análisis de su compleja estructura narrativa, que permitía –y ése era su logro magistral– representar al hombre, cargado de su razón y su sinrazón, sus sueños y sus quimeras, intentando dar sentido a la vida y al mundo. A esa “estructura” la llamaron “novela moderna”, y al Quijote su creador. La quiebra del romanticismo y la llegada del realismo no hicieron mella alguna en el prestigio y fortaleza seminal del Quijote, que siguió siendo el manantial predilecto de los Dickens, Balzac, Flaubert, Stendhal, Dostoievski o Galdós. Tampoco el hundimiento del realismo y la llegada de la vanguardia, en el siglo XX, “jubilaría” el Quijote, lectura predilecta de Kafka, Joyce, Proust y Faulkner, fascinados por la poética y la técnica narrativa de la obra cervantina, sus estratagemas intraliterarias, su planteamiento de la obra como un laberinto o juego de espejos, donde nada es lo que parece, todo remite a otra cosa, y la ambigüedad remite a la creación de sentido gracias a la lectura. Cervantes deja siempre al lector la última palabra. Esta capacidad del Quijote de atravesar el tiempo y ser fecundo en tantas épocas y lugares distintos, para tantos autores diferentes, esa capacidad de afrontar retos tan diversos, habla por sí sola de la riqueza de un texto que fascina tanto por su complejidad y diversidad técnica –el Quijote es un auténtico manual de las técnicas literarias de la novela– como por el extraordinario universo narrativo que crea, en el que –por así decirlo– toda la vida humana está presente, en sus fuerzas motrices y en sus conflictos esenciales. En las figuras de don Quijote y Sancho, en sus relaciones y conflictos, en su hacer y deshacer, en su forma dual de interpretar el mundo y relacionarse con él (desde lo ideal y desde lo real), va fraguando una imagen completa y compleja de la vida, sin apriorismos ni determinismos, abierta a interpretaciones múltiples, que tiene la impresionante virtud de ayudar a plantearse y esclarecer problemas esenciales a cualquier lector de cualquier época. Tal es el “ingenio” de Cervantes que su “locura” contagia a cualquiera, y lo que parece aventura descabellada y quimera dislocada, deviene, a través del lector, en vida misma. Y así, parece que en realidad el mundo está lleno de quijotes, de sanchos, de dulcineas, y que más de un molino es en realidad un gigante. El Quijote entero parece haber encarnado de tal forma en la realidad, es tan vivo, que amenaza con convertir al lector en el auténtico personaje de la ficción. Pero el Quijote, no hay que olvidarlo, es también –además de ese organismo vivo que circula por el mundo sin reconocer fronteras ni admitir límites– la obra cumbre de Cervantes, del estudiante de Alcalá de Henares, del adolescente que se bate en duelo y tiene que huir a Italia, del soldado que lucha en Lepanto, del cautivo en Argel, del poeta y dramaturgo que fracasa en su búsqueda de gloria y fama, del recaudador de impuestos de la corona que visita con asiduidad la cárcel, del hombre al que se niega la petición para emigrar a América, de una biografía, en fin, que resume una peripecia vital tan vasta, rica y amarga como la de sus afamados personajes. Sin esta vastísima experiencia de la España a caballo de los siglos XVI y XVII, que acaba de enterrar a Felipe II y atisba ya el ocaso; sin el minucioso conocimiento que Cervantes demuestra tener de todas las facetas de la vida y milagros de aquel mundo a punto de derrumbarse en una decadencia estrepitosa, el Quijote no sería un libro tan grande ni tan rico. Pero Cervantes no puso sólo su experiencia y sus conocimientos, sino también algo aún más valioso: todo el libro está bañado por una serena y profunda sabiduría extraída y destilada con mimo de la cultura popular hispana por una mirada (la cervantina) que afronta la realidad sin resentimientos ni amarguras. Esa sabiduría representa, todavía hoy, lo más valioso que hay en el Quijote. J. Albacete |
“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres” (Don Quijote, II, 58).
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