CONTRAPORTADA

Maremoto en el sur de Asia:
Lecciones amargas

No queremos limosnas, queremos ayudas para volver a tomar las riendas de nuestro futuro

Estamos ante la mayor catástrofe de las últimas décadas: 10 países afectados, Indonesia sobre todo, seguida de Tailandia, Sri Lanka, Malasia e India; 165.000 muertos y decenas de miles de desaparecidos; 5 millones de damnificados, de ellos 1,5 millones de niños; 2 millones de hambrientos; 1 millón de desplazados; riesgo de epidemias que pueden duplicar los muertos; incalculables daños económicos...
Según los expertos hubiera bastado con dar la voz de alarma en las zonas afectadas con diez minutos de antelación para haber evitado la mayoría de las muertes.

La red de alerta

Cientos de científicos en todo el mundo han puesto el dedo en la llaga al denunciar la inexistencia de una red de alerta en el Índico que pudiera haber prevenido, no ya los cuantiosos daños materiales, pero sí miles y miles de muertes. Sin embargo ésta es sólo una parte de la verdad. En primer lugar, porque si bien en el Índico, donde se produjo el maremoto y el tsunami, la ola gigante devastadora, no hay un sistema de alerta de tsunamis; el maremoto y sus posibles consecuencias sí fue detectado por el Centro de Alerta de Maremotos de Hawai (EEUU), que se limitó a contactar y advertir al Observatorio Meteorológico de Tailandia una hora antes de que llegaran las olas devastadoras, un tiempo precioso desperdiciado por las autoridades tailandesas, que no fueron capaces de valorar, comprender y avisar del peligro que se cernía sobre su propia población.

¿Pero qué hubiera pasado si en vez de Tailandia, la zona amenazada a la que avisan los norteamericanos, hubiera sido la costa de Estados Unidos o una zona con intereses directos o bases americanas? ¿Se habrían limitado a avisar al centro meteorológico, o se hubieran esforzado por multiplicar la información y los avisos para hacerles completamente conscientes del peligro y la necesidad de alertar a la población costera y tomar medidas? ¿No fue eso lo que hicieron con la isla de Diego García, la base militar norteamericana en pleno corazón del Océano Índico, que no sufrió ningún daño? Además, ¿por qué no avisaron a otros países de la zona?, ¿ a más centros y autoridades?
Existen, según los expertos, dos razones más que han multiplicado los efectos devastadores del maremoto: la precariedad de las construcciones arrasadas, que no atienden a ninguna medida de prevención a pesar de estar a pocos metros de la costa; y el deterioro de las defensas naturales, arrecifes y manglares, sacrificados por los intereses turísticos, sin tomar a cambio otro tipo de medidas. Es la “ley de la miseria”, el tributo de los países pobres a un desarrollo impuesto; la misma razón por la que ante un mismo terremoto se hunden las casas de un barrio pobre, mientras apenas se resienten los edificios construidos con medidas adecuadas.

Por eso, los expertos insisten estos días en que el compromiso de la Conferencia de Donantes de Yakarta para la creación de un Sistema de Advertencia de Tsunamis en el Índico, por sí sólo, no sería suficiente para evitar nuevas catástrofes en el futuro. Es necesario que se reconstruyan las zonas afectadas con criterios preventivos; y, al mismo tiempo, completar la red de alerta con una red de protección civil, hoy inexistente, capaz de asegurar una respuesta rápida, la evacuación y primeros auxilios, en caso de catástrofe.

Ayudas sí, limosnas no

Dice un pescador que se ha quedado sin nada, en uno de los múltiples reportages que leemos estos días, “No queremos limosnas, queremos ayudas para volver a tomar las riendas de nuestro futuro”. Este es, después de atender las necesidades más urgentes de alimentos, atención sanitaria y techo, el gran problema de fondo planteado por el destino y la forma de la ayuda solidaria con las zonas afectadas. Canalizar la ayuda, de forma especial la ayuda desinteresada de millones de ciudadanos de todo el mundo, la mayoría con pocos recursos, para que no sea parte de un espectáculo limosnero, sino un instrumento de ayuda real, primero para atender las necesidades urgentes, pero luego ayudar a recuperar los propios recursos, como base de la emancipación, el desarrollo y la creación de riqueza y empleo.

El hecho de que la Conferencia de Donantes de Yakarta y la ayuda mundial esté controlada directamente por los gobiernos de las grandes potencias y sus instrumentos de control económico mundial, el Banco Mundial, en vez de por organismos independientes y por profesionales íntegros y de prestigio, no es precisamente un buen presagio.

Para empezar, porque los fondos prometidos en esta cumbre (unos 4.000 millones de dólares), con los que rivalizan por ocupar las primeras páginas de los medios de comunicación ante la opinión pública mundial, no están garantizados. ¿Cuánto aportarán realmente Bush y Chirac al final, después de pavonearse ante los medios de comunicación mundiales, una vez que pase a las segundas páginas de sucesos?

El propio secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, ha tenido que recordar, para vergüenza de todos (¡si la tuvieran!) lo ocurrido hace apenas un año con el terremoto que asoló la ciudad de Bam (Irán). De los 1.100 millones de dólares prometidos, ¡sólo 17,5 se hicieron efectivos! El resto no apareció o se presentó como créditos imposibles por las condiciones impuestas al país afectado.

La mayoría de los millones que se prometen en estas Conferencias de Donantes encabezadas por las grandes potencias, son créditos, que una vez pasada la oleada de solidaridad inicial (que llega sobre todo de la ayuda desinteresada de los ciudadanos, y con la que se hace frente a las primeras necesidades), los gobiernos de las burguesías monopolistas tratan de utilizar, anteponiendo su propio beneficio a los intereses de los países y personas afectados.

Kofi Annan se ha embarcado en una auténtica cruzada para asegurarse, al menos 977 millones de dólares –215 para alimentos, 22 para refugio y 122 para atención médica–, y pelear por que los otros 3.000 esta vez sí lleguen. Pero poco puede hacer desde su puesto en la ONU para que ese dinero llegue, y llegue en condiciones de poder hacer realidad una reconstrucción, capaz de hacer realidad los sueños del pescador de “... volver a tomar las riendas de nuestro futuro”. Por el contrario existe gran riesgo de que los millones que lleguen acaben manejados por los intereses de multinacionales de los “donantes” y gobernantes sin escrúpulos, que no harán sino aumentar las deudas de estos países.

M. Murcia

En centro del mapa se encuentra la isla Diego García, que se levanta tan sólo 1,5 metros sobre el nivel del mar.

En esta isla se enuentra la mayor base militar estadounidense, que fue avisada por el centro de alrte temprana de terremotos de Hawai

Los estadounidenses no tuvieron tanto celo en alertar a los países ribereños: unos minutos de antelación habrían evitado miles y miles de muertes.