NACIONAL Visita
del Rey a Marruecos Las relaciones hispano-marroquíes han tendido a envenenarse con asiduidad debido a la insidiosa presencia de un tercer actor en la escena: Francia |
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| Como en la popular serie televisiva, las relaciones entre España y Marruecos han estado históricamente presididas por un continuo tira y afloja. Junto con el reconocimiento, la amistad, la comprensión y el respeto mutuo entre los dos pueblos, se han sucedido también a menudo las tiranteces y enfrentamientos propios de dos vecinos, cada cual con intereses propios a defender. Sin embargo, y a diferencia de los vecinos de la serie, en las últimas décadas las relaciones hispano-marroquíes han tendido a envenenarse con asiduidad debido a la insidiosa presencia de un tercer actor en la escena: Francia, antigua potencia colonial de la mayor parte del territorio alauita y principal aliado europeo de la casa real marroquí desde la subida al trono del abuelo del actual monarca. No es posible entender los incesantes –y en ocasiones tormentosos– vaivenes de las relaciones entre Madrid y Rabat sin antes tomar el pulso al latido –más o menos apremiante, más o menos tortuoso– de la persistente aspiración francesa por mantenernos dentro de su área de influencia. Por razones geoestratégicas, para España es clave la relación con Marruecos. Pues aunque desde hace más de dos siglos las fuerzas y los proyectos que ambicionan dominarnos vienen del norte, algunos de los principales riesgos de desestabilización están en el sur. Inmigración, pesca, Ceuta y Melilla, la espinosa cuestión del Sáhara,... los terrenos de fricción entre los intereses marroquíes y los españoles encierran una alta potencialidad de conflicto. Nada, sin embargo, que no pueda arreglarse con una política de buena vecindad, teniendo en cuenta además la complementariedad de intereses y la afinidad histórica y cultural que, al mismo tiempo, tenemos los dos países. Siempre que la alargada e inquietante sombra de París no se interponga en el camino. Todos los medios de comunicación han saludado el deshielo de las relaciones que supone el viaje real. Faltándole tiempo a alguno de ellos para descargar toda la responsabilidad del enfriamiento anterior a Aznar, aunque la verdad no se corresponda con ello. ¿Es necesario recordar ahora que la ruptura del acuerdo pesquero, causa inicial de la escalada del conflicto, fue impuesta por un ministro del consejo de gobierno marroquí al que en Rabat se conoce como “el hombre de París” en el gabinete? ¿O cómo en el incidente de la isla de Perejil, el Eliseo anduvo maniobrando arteramente a espaldas de la diplomacia española para impedir el apoyo de la UE a uno de sus Estados miembro? El exquisito cuidado con que Francia maneja sus relaciones con Marruecos no obedece únicamente a los beneficios que producen sus inversiones ni al establecimiento de una alianza clave para sus intereses políticos y militares al sur del Estrecho, (papel que, por otra parte, ya está ocupado por Washington). Sino en la capacidad que esta privilegiada relación le otorga para movernos la tierra bajo los pies cada vez que Madrid se atreve a cuestionar lo incuestionable: que uno de los anclajes imprescindibles que permiten la grandeur de Francia en Europa está en el mantenimiento de un statu quo por el que España está condenada a ser el vecino atrasado, débil y dominado, sometido permanentemente a su injerencia, intervención y desestabilización. Controlar los resortes que ponen de manifiesto la inestabilidad y la capacidad de creación de conflictos que tiene nuestra frontera sur es imprescindible para alcanzar uno de los objetivos estratégicos prioritarios de la política francesa: debilitar, desde distintos frentes y a diferente escala, a España y al Estado español. Si a lo largo de los últimos cuatro años las relaciones con Rabat han estado presididas por la tensión, el origen hay que buscarlo en que, como dijo alguien, “por primera vez en dos siglos la política española no está dictada desde París”. De la misma forma que, con toda certeza, este nuevo período de acercamiento es inseparable de la creciente aceptación por parte de Zapatero del tutelaje del eje franco-alemán sobre la vida política de nuestro país. Sólo fortaleciendo la posición de España y su capacidad de decisión autónoma frente a Francia es posible establecer sobre nuevas bases de beneficio mutuo las relaciones con Marruecos. Lo contrario constituye un error histórico que traerá graves consecuencias. A. Beloki |
Si a lo largo de los últimos cuatro años las relaciones con Rabat han estado presididas por la tensión, el origen hay que buscarlo en que, como dijo alguien, “por primera vez en dos siglos la política española no está dictada desde París”.
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