EDITORIAL INTERNACIONAL El fantasma de Bruselas El imparable desarrollo de China y su ascenso al rango de gran potencia mundial es la figura inquietante que ha sobrevolado la visita de Bush a Europa |
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| De creer el despliegue informativo que inunda estos días toda Europa, el presidente norteamericano, George W. Bush, podría pasar a la historia –en competencia con nuestro Fernando VII– como Bush II “El Deseado”. Emocionadas declaraciones de fidelidad, juramentos de alianza inquebrantables, afirmaciones de amistad eterna... De uno y otro lado promesas de olvidar pasadas rencillas y la renovada intención de comenzar “una nueva era de unidad trasatlántica”. Pero –dejando de lado
aquello de que “de buenas intenciones está empedrado el camino
del infierno”–, ¿es posible una nueva era de unidad
trasatlántica? Y, de ser así, ¿bajo qué condiciones
puede producirse? Gran parte de los medios
de comunicación europeos, aun deseándolo vivamente, se muestran
escépticos, al comprobar que las razones de fondo de las desavenencias
siguen presentes. Pese a lo cual, poderosos factores trabajan activamente
por la recomposición, en mayor o menor grado, de los puentes entre
ambas orillas del Atlántico. Para la línea Bush,
por su lado, el empantanamiento en Irak –al que no se vislumbra
pese a las recientes elecciones una salida fácil ni inmediata–
ha puesto ante sus ojos la evidencia de que no basta con ser la única
superpotencia para arrogarse la capacidad de decidir y actuar en exclusiva,
que su poder tiene más límites de lo que ellos pensaron.
Puedes entrar como elefante en cacharrería, porque para eso eres
un paquidermo y además acorazado. Pero después es conveniente
que alguien te ayude a arreglar los desperfectos. Entre otras cosas porque
llevas invertido bastante más dinero del que en realidad posees. Las condiciones para que en Asia surja un nuevo centro de poder mundial en inevitable rumbo de colisión con los ya existentes avanzan a un ritmo vertiginoso. Y el actual sistema de poder global por el que chocan hoy Europa y EEUU, mañana mismo será cosa del pasado. Unirse para retrasar y contener ese cambio –o al menos reducir su magnitud– es, con toda probabilidad, el punto de partida no declarado de la oferta de Bush para renovar la alianza con Europa. Conjurar unidos la amenaza o sucumbir conjuntamente ante ella. En esta disyuntiva se encierra el vínculo más alto de intereses comunes entre el hegemonismo norteamericano y el imperialismo franco-alemán. En las demás cuestiones hay tiempo para tratar de llegar a un acuerdo. Para esta no. |
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