EDITORIAL INTERNACIONAL

El fantasma de Bruselas

El imparable desarrollo de China y su ascenso al rango de gran potencia mundial es la figura inquietante que ha sobrevolado la visita de Bush a Europa

De creer el despliegue informativo que inunda estos días toda Europa, el presidente norteamericano, George W. Bush, podría pasar a la historia –en competencia con nuestro Fernando VII– como Bush II “El Deseado”. Emocionadas declaraciones de fidelidad, juramentos de alianza inquebrantables, afirmaciones de amistad eterna... De uno y otro lado promesas de olvidar pasadas rencillas y la renovada intención de comenzar “una nueva era de unidad trasatlántica”.

Pero –dejando de lado aquello de que “de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno”–, ¿es posible una nueva era de unidad trasatlántica? Y, de ser así, ¿bajo qué condiciones puede producirse?
Para Europa –o, por ser más precisos, para el eje franco-alemán que durante todo el viaje se ha encargado de escenificar a la perfección su ambición de hegemonía continental, como si Chirac y Schroeder fueran la única voz autorizada de la UE– la cuestión parece clara. Renovar y fortalecer la unidad trasatlántica exige que Washington tenga en cuenta su opiniones –es decir, sus intereses– a la hora de tomar decisiones de repercusión global. Por su parte, Bush se ha presentado en el Viejo Continente con la promesa de ofrecer un mayor diálogo con sus aliados y la posibilidad de compartir con ellos las tareas... previamente establecidas en la agenda dictada por Washington. ¿Son compatibles ambos discursos?

Gran parte de los medios de comunicación europeos, aun deseándolo vivamente, se muestran escépticos, al comprobar que las razones de fondo de las desavenencias siguen presentes. Pese a lo cual, poderosos factores trabajan activamente por la recomposición, en mayor o menor grado, de los puentes entre ambas orillas del Atlántico.
De un lado, el eje franco-alemán, tras la reelección de Bush es plenamente consciente de los riesgos que conlleva sostener el pulso durante 4 años más. La “batalla de Irak” trajo consigo unos costes –división en la UE, cambios en su correlación de fuerzas interna y contestación abierta a la hegemonía franco-alemana, ostracismo de los organismos internacionales donde tienen voz,...–, asumibles tal vez durante un breve período de tiempo, pero catastróficos si se prolongan. Es una factura demasiado alta en términos de distribución del poder mundial y regional –y de posición y jerarquía en él– que ni París (porque no puede) ni Berlín (porque no ha llegado el momento) están dispuestos a pagar.

Para la línea Bush, por su lado, el empantanamiento en Irak –al que no se vislumbra pese a las recientes elecciones una salida fácil ni inmediata– ha puesto ante sus ojos la evidencia de que no basta con ser la única superpotencia para arrogarse la capacidad de decidir y actuar en exclusiva, que su poder tiene más límites de lo que ellos pensaron. Puedes entrar como elefante en cacharrería, porque para eso eres un paquidermo y además acorazado. Pero después es conveniente que alguien te ayude a arreglar los desperfectos. Entre otras cosas porque llevas invertido bastante más dinero del que en realidad posees.
Sin embargo, por encima incluso de estos factores que objetivamente empujan a la reconciliación, se impone un tercer elemento –incontrolado y por el momento incontrolable– que la hace aún más urgente. Invisible pero real, una figura inquietante ha sobrevolado las múltiples cumbres y reuniones de Bush en Europa: el imparable desarrollo económico de China y su inexorable trayectoria hacia el rango de gran potencia mundial. Washington y Bruselas pueden recomponer sus relaciones o sostener indefinidamente un tira y afloja sobre el papel de cada uno de ellos en el mundo; pero para la realidad geoestratégica hacia la que nos encaminamos aceleradamente este es un asunto menor.

Las condiciones para que en Asia surja un nuevo centro de poder mundial en inevitable rumbo de colisión con los ya existentes avanzan a un ritmo vertiginoso. Y el actual sistema de poder global por el que chocan hoy Europa y EEUU, mañana mismo será cosa del pasado. Unirse para retrasar y contener ese cambio –o al menos reducir su magnitud– es, con toda probabilidad, el punto de partida no declarado de la oferta de Bush para renovar la alianza con Europa. Conjurar unidos la amenaza o sucumbir conjuntamente ante ella. En esta disyuntiva se encierra el vínculo más alto de intereses comunes entre el hegemonismo norteamericano y el imperialismo franco-alemán. En las demás cuestiones hay tiempo para tratar de llegar a un acuerdo. Para esta no.