INTERNACIONAL Líbano:
asesinado el ex primer ministro de Líbano Tras el atentado, Líbano vuelve a convertirse en terreno preferente de maniobras y rehén de todos los antagonismos de la región |
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| El brutal atentado (más de 300 kilos de explosivos) que el pasado 14 de febrero costaba la vida al ex primer ministro de Líbano Rafik Hariri, ha activado todas las señales de alarma en Oriente Próximo. Y no sin razón. Tanto la personalidad del dirigente asesinado –un personaje clave en la vida política del país, convertido tras su renuncia al gobierno en jefe de la oposición a la presencia de las tropas sirias–, como la vulnerabilidad del Líbano –que tras su fachada de aparente equilibrio esconde en realidad un país sumamente inestable– hacen impredecible el desarrollo de los acontecimientos, así como, lo que es más importante, su impacto en toda la región. Si Líbano es desde tiempos remotos un crisol donde se entretejen y funden todas las razas, religiones, culturas y tradiciones del Cercano Oriente, Beirut es el catalizador capaz de activar la reacción fulminante de las inagotables contradicciones que enhebran Oriente Medio. Desde su independencia de Francia, la sociedad libanesa ha estado basada en un complejo equilibrio étnico y confesional que divide y reparte el poder del Estado entre chiíes, sunníes, cristianos maronitas y drusos. Al mismo tiempo, la condición de país limítrofe con Israel convierte su frontera sur en un foco permanente de tensión bélica, a la que sumar la existencia de un numeroso contingente de exiliados palestinos viviendo en su territorio. Además de las permanentes injerencias de París –antigua metrópoli colonial– y de Washington en su vida política, las potencias regionales (Siria en primer lugar, pero también Israel, Irán y Arabia Saudí) disponen –en mayor o menor grado – de instrumentos políticos y militares para intervenir activamente en el enmarañado tablero libanés. Un hombre clave A lo largo de 12 años, el sunní Rafik Hariri dirigió como primer ministro la reconstrucción del Líbano tras la prolongada y cruenta guerra civil (1975-1990) que asoló el país. Magnate de la banca, la construcción, la industria, la telefonía móvil y los medios de comunicación (la revista Forbes lo situaba en la lista de los 100 hombres más ricos del mundo), mantuvo siempre una relación privilegiada con Arabia Saudí, país en el que comenzó a labrar su fortuna. Hariri fue uno de los principales defensores de la entrada del ejército sirio en Líbano, con el objetivo de combatir a los guerrilleros palestinos y sus aliados locales: las fuerzas izquierdistas y los milicianos chiíes. Durante años, Hariri gozó de la protección y el apoyo de Damasco. Sin embargo, el creciente aislamiento de El Assad, las amenazas norteamericanas sobre Siria y el empeño de Chirac (del que Hariri era amigo íntimo) por sacar adelante una resolución de la ONU exigiendo la retirada del ejército sirio, le llevaron en 2003 a proceder a un cambio drástico de alianzas, tomando como pretexto la inconstitucional ampliación del mandato del presidente libanés, un fiel agente de los servicios secretos sirios. Convertido en jefe de la oposición, comenzó a tejer una amplia alianza entre sunníes, cristianos y drusos cuyo principal objetivo era desalojar del poder a las facciones prosirias y debilitar la influencia iraní desplegando fuerzas militares libaneses a lo largo de la frontera con Israel para reemplazar a los milicianos de Hezbolláh, facilitando así el impulso de Washington a la negociación de un plan de paz entre israelíes y palestinos. El gran enigma Con su desaparición, este milimetrado cálculo político corre el riesgo de evaporarse. Difícilmente Wallid Jumblatt –líder druso y nuevo jefe de la oposición– tendrá la habilidad y los recursos, las relaciones ni la oportunidad de hilvanar una plataforma política con el equilibrio, la amplitud y la fuerza suficiente para protagonizar en las próximas elecciones tal cambio de escenario. A partir de aquí se abre el gran enigma de saber quién está detrás del atentado y qué repercusiones va a tener en la región. Ninguna hipótesis es, hoy por hoy, desechable. Las primeras acusaciones se han dirigido inmediatamente hacia Siria. Entra dentro de lo posible, pero resulta difícil imaginar que un régimen tan extenuado, aislado y amenazado como el de Bashar El Assad –que podrá ser torpe, pero no suicida– se atreva a lanzar un órdago de estas características. Israel, por su parte, se ha apresurado a imputar el asesinato a la milicia chií de Hezbolláh. Su posición nada insólita, sino fuera porque se acomoda demasiado bien tanto al interés judío por limpiar su frontera norte de la única milicia que ha sido capaz de hacer retroceder a su ejército, como a los cálculos de Sharon para debilitar la dirección de las milicias armadas palestinas, situadas a caballo entre Damasco y Beirut. Un desconocido grupo fundamentalista ha reivindicado el atentado, lo que no sería extraño dados los estrechos vínculos de Hariri con los apóstatas de la casa real saudí y el interés del terrorismo islámico por torpedear cualquier posibilidad de acuerdo entre palestinos e israelíes. Pero tampoco se puede descartar, por el contrario, la larga mano del Mossad –en connivencia o no con alguno de los múltiples brazos de inteligencia norteamericanos– en el atentado, con el fin de provocar una reacción popular en el Líbano y de la comunidad internacional que neutralice definitivamente el activo papel de Siria en la región, limite a Teherán su capacidad de influencia en la zona y, en consecuencia, alivie la presión tanto en Irak como en los territorios ocupados. París y Washington se lo juegan todo a la carta de la salida de las tropas sirias, confiando en que el cambio de alineamiento de Beirut atenuará las tensiones en la zona. Pero puede ocurrir también que el efecto sea justamente el contrario. Sea como fuere, lo único cierto es que, con el atentado, se ha vuelto a abrir la llave del infierno y Líbano reaparece en primera línea de fuego, volviendo a erigirse en terreno preferente de maniobras y rehén de todos los antagonismos de la región. Veremos si no conduce al País de los Cedros hacia el triángulo letal que forman un Irak ocupado, Irán y Siria bajo amenaza y una Palestina sin futuro. Cuando la región se consume en una febril agitación imperialista, el termómetro de Beirut se dispara. A. Beloki |
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