CULTURA

Fallece Arthur Miller
Sueños y pesadillas de un siglo

Mientras una izquierda perpleja y aturdida por la devastación nazi se interrogaba en Europa sobre si era posible “seguir escribiendo después de Auschwitz”, una voz poderosa del otro lado del Atlántico se alzaba, en el campo de los vencedores, para reivindicar el valor, el sentido, el poder de las palabras, la fuerza y la vigencia de la literatura.

El pasado 11 de febrero fallecía en su casa de Conneticut (Estados Unidos) Arthur Miller. Tenía 89 años y el aura inconmovible de uno de los grandes escritores del sigloXX. Dramaturgo esencial, llevó a la escena las pesadillas que se esconden en el reverso del “sueño americano”. Militó en la izquierda intelectual, incluso cuando –en sus últimos años– creció su escepticismo. Mientras los altavoces planetarios cantaban en 1989 (año de la caída del muro) la llegada de una nueva “era de la libertad”, él advirtió: “Estamos viviendo la quiebra de la actividad política, una quiebra moral”. Acertó una vez más. Su obra tuvo un gran impacto escénico e intelectual en España; en 2002 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.

Mientras una izquierda perpleja y aturdida por la devastación nazi se interrogaba en Europa sobre si era posible “seguir escribiendo después de Auschwitz”, una voz poderosa del otro lado del Atlántico se alzaba, en el campo de los vencedores, para reivindicar el valor, el sentido, el poder de las palabras, la fuerza y la vigencia de la literatura. Arthur Miller –como también en Europa Bertold Brecht– demostró no sólo que la palabra tenía sentido como estandarte frente al horror sino que, ante todo, después del horror, la palabra no mancillaba la vida si era la palabra de los avasallados, de los perseguidos, de los fracasados, de los perdedores, en una palabra, de los oprimidos. Miller se atrevió a dar voz a los eternos sin voz y vida a las vidas ocultas y sepultadas, y así emergió de nuevo la literatura, con una fuerza y una garra inusitada.

Audacia, valor, responsabilidad, aliento crítico, todo eso nutrió la escritura de este hijo de emigrantes –judíos centroeuropeos–, nacido en Nueva York en 1915, que tuvo que trabajar en un almacén de repuestos de automóviles para pagarse la universidad y que decidió “ser escritor” tras la conmoción que le produjo la lectura de “Los hermanos Karamazov” de Dostoievski, en medio de la “gran Depresión” americana.

Tras el fracaso de una primera obra que sólo aguantó cuatro representaciones, Arthur Miller sentó las bases de su teatro, de su obra, de su escritura, en 1947 con Todos eran mis hijos. Hacía falta valor y arrojo para -sólo dos años después del triunfo americano en la segunda guerra mundial- llevar a escena el drama, el conflicto de un padre que se enriquece con turbios negocios de material de guerra, por cuya causa murieron muchos soldados americanos, entre ellos su propio hijo. Miller ponía el foco ante llagas que nunca nadie antes había mostrado, y lo hacía con un argumento y unos personajes tan sólidos como veraces y un profundo sentido dramático. Con Todos eran mis hijos Miller ganó el premio del Círculo de la Crítica de Nueva York y creó su público.

Dos años después llegaría su definitiva consagración nacional e internacional con Muerte de un viajante. La tragedia de Willy Loman, el típico vendedor que cree a pies juntillas en el sueño americano y que va ocultando a familiares y amigos sus fracasos en el trabajo, hasta que, cuando le despiden, decide estrellarse con su automóvil para que su familia cobre el seguro y su hijo pueda tener una vida mejor, se convirtió en la revelación esclarecedora de la inevitable conexión entre sueño y pesadilla en la realidad americana. El “viajante” de Miller devino en mito universal, no sólo por su explosivo contenido ético y político, sino por la poderosa fuerza dramática de la obra y su extraordinaria estructura dramática. La forma en que, sin sacar jamás la acción de la vida cotidiana, la conducía con invisible mano de hierro hacia el desenlace trágico, confirieron a la obra un enorme atractivo popular. Con “el viajante” Miller se convirtió ya en una referencia del teatro y de la literatura mundial.

Referencia que se confirmaría años después con obras tan destacadas como Panorama desde el puente o Las brujas de Salem, su respuesta literaria a la persecución macarthysta, que en 1958 le llevó ante el Comité del Congreso que investigaba “actividades antiamericanas”. Miller no cedió al chantaje de la “caza de brujas” y se negó a dar nombre alguno ni a colaborar en la persecución de nadie. Su firmeza y su fama impidieron quefuera condenado, ni siquiera sancionado como quería el Comité. Su fama, sí, porque desde 1956 Arthur Miller no sólo era el mejor dramaturgo de América sino también el marido de Marylin Monroe, el mayor mito erótico del siglo XX.

La compleja y tormentosa relación entre el intelectual racionalista y el irracionalismo volcánico de Marylin acabó en ruptura cinco años después, pero dejó dos huellas dramáticas imborrables: el guión de Vidas rebeldes, la película que dirigió John Huston en 1961, con Marylin, Clark Gable y Montgomery Clift, que Miller escribió como un último intento para salvar su relación con una Marylin subida ya al tobogán imparable de la autodestrucción (se suicidó un año después), y cinco años más tarde, el drama Después de la caída (1964), en el que Miller trata aún de dar con la “explicación” de su fracaso, que marcó su vida indeleblemente y al que sus “razones” nunca acabaron de dar un sentido satisfactorio. En su postrera autobiografía, A vueltas con el tiempo (1987), Arthur Miller dejó la más honda (y cariñosa) definición de Marylin: era -dijo- “una poeta en la esquina de una calle intentando recitar ante una multitud que quería quitarle la ropa”.

En 1968, con El Precio, Arthur Miller obtuvo su último gran éxito dramático. Luego las modas de Brodway cambiaron, la calidad de su producción también bajó y dejó de ocupar un papel estelar en la escena neoyorquina... al tiempo que sus obras adquirirán dimensión universal y obtendrán éxito tras éxito en todo el mundo. Todavía una versión de Panorama desde el puente, representada en España hace dos años, fue la mejor obra teatral del año y ganó casi todos los premios Max. Pero Miller no desapareció del mapa. Su voz fue siempre una voz autorizada, enérgica, capaz de indagar en los sueños y las pesadillas de nuestro tiempo, en los conflictos, aspiraciones e inquietudes de los hombres. Y dispuesto a ahondar en los grandes dilemas que todo hombre tiene que enfrentar en su vida. Como aquel que él mismo vivió en 1937 y cuya dramatización constituye una de las mejores páginas de su autobiografía: en los muelles de Nueva York, él y su mejor amigo debaten si tienen que ir o no a la guerra de España en defensa de la República. Su amigo vino y murió. El se quedó: quería ser escritor. ¿Acertó, se equivocó? Como todo dilema no es de fácil solución. Miller mantuvo toda su vida su fervor por la España republicana, y en sus últimos años, cuando vino a recoger el Premio Príncipe de Asturias, manifestó,una vez más, su afecto y su cercanía con nuestro país.

Arthur Miller ha muerto. Nos deja algo más que una obra, clásica, eterna. Nos deja una lección completa sobre el sentido de la escritura en nuestro tiempo y el valor de la palabra.

J. Albacete