REPORTAJE CENTRAL

A dos años de la guerra de Irak
Bush en su laberinto

El pasado 20 de marzo se cumplían dos años del inicio de la guerra de Irak. En la madrugada de ese día comenzaba la operación “conmoción y pavor” con la que el Pentágono había anunciado su disposición a arrasar Irak a sangre y fuego. Sólo tres semanas más tarde, las tropas de EEUU entraban en Bagdag mientras el régimen de Sadam Hussein se desmoronaba sin ofrecer apenas resistencia a la avasalladora ofensiva militar norteamericana.

Dos años después, sin embargo, la batalla de Irak sigue sin estar cerrada. La abrumadora superioridad de la alta tecnología militar yanqui echó abajo la resistencia del ejército de Sadam como si de un castillo de naipes se tratara. Pero no ha podido impedir que la resistencia popular a la invasión –a la que posteriormente se ha sumado el negro terrorismo fundamentalista de Al Qaeda– los mantenga en una situación de empantanamiento al que no se adivina una salida fácil ni rápida. El tiempo transcurrido desde entonces es suficiente para hacer un primer balance de las consecuencias de la decisión de Bush de lanzarse a la guerra y la ocupación de Irak.

Balance que de ninguna manera puede reducirse a su aspecto militar, ni tan siquiera a la situación actual sobre el terreno iraquí. Pues los objetivos de las fuerzas agresivas del imperialismo yanqui al desatar la guerra iban mucho más allá de Irak, tenían una significación más amplia y buscaban un impacto mucho más profundo sobre el conjunto del tablero mundial


Un proyecto de dictadura terrorista mundial

Para esta gente, la expansión del Imperio es cada vez más incompatible con la democracia, en su país y en el mundo

La violación de las más elementales formas democráticas que poderosos sectores de la burguesía monopolista norteamericana perpetraron en noviembre de 2000 para aupar a Bush a la presidencia, se han revelado tiempo después –tras el 11-S, la guerra de Afganistán y, sobre todo, la de Irak– como el primer paso de un proyecto, tan minuciosamente calculado como peligrosamente ambicioso, para dotar a la hegemonía norteamericana de una fortaleza y un poder inalcanzable e incontestado, al menos para la primera mitad del siglo XXI.

Conscientes de que, a pesar de su imparable declive económico, EEUU dispone de una fuerza militar incomparable y una superioridad de varias generaciones en la alta tecnología militar sobre cualquiera de sus posibles rivales en la lucha por la hegemonía mundial, el Pentágono y el complejo militar industrial han decidido convertir esa superioridad en una ventaja infranqueable para cualquiera durante varias décadas. Un proyecto que, por su misma naturaleza, sólo pueden llevar adelante imponiéndolo al resto del planeta mediante un estado de excepción permanente, una auténtica dictadura terrorista mundial.

La primera gran prueba de fuego de este proyecto ha sido la guerra de Irak. Contra la opinión pública mundial, contra la legalidad internacional, contra las resoluciones de la ONU, contra la opinión de sus aliados, contra la voluntad de la mitad de su pueblo, los círculos más belicistas, expansionistas y aventureros del imperialismo norteamericano no han dudado ni un momento en fabricar pruebas falsas, mentir a la comunidad internacional, azuzar la división allá donde encontraban resistencia a sus planes, recortar los derechos civiles a sus propios ciudadanos, manipular e intoxicar a la opinión pública o bombardear directamente a los periodistas que quisieron mostrar al mundo sus atrocidades. Para esta gente, la expansión del imperio es cada vez más incompatible con la democracia, en su país y en el mundo.

Intervenir por la fuerza cómo y cuándo lo necesiten, violando si es preciso la legalidad internacional, enfrentándose a la opinión pública mundial y sin contar con –o contra– la voluntad y la colaboración de sus aliados: este es el programa estratégico que Bush presentaba al mundo como un hecho consumado con el inicio de la guerra de Irak. Su reelección para un segundo mandato anuncia nuevos pasos en esta misma dirección. Aunque tanto el empantanamiento en Irak como la extrema radicalización y confrontación interna que ha provocado su política –entre los pueblos del mundo, entre sus aliados y entre amplios sectores populares norteamericanos, pero también con una fracción de la clase dominante opuesta a él– muestran los límites y las dificultades para el avance de un proyecto de esta naturaleza.


Potencias como Francia y Alemania quedaban descolgadas, en la nueva jerarquía, de esta redistribución del poder mundial. En ello residía ayer la razón principal de su irreductible oposición a la guerra de Irak

La voladura del viejo orden mundial

“O con nosotros o contra nosotros”. Para Bush, no seguir las aventuras militares del imperio, es tanto como enfrentarse con él

La guerra de Irak ha escenificado también, como ningún otro acontecimiento, la voladura del viejo orden internacional que la línea Bush ha propiciado. A partir de Irak, los antiguos criterios económicos y políticos que guiaban las relaciones entre las distintas potencias mundiales dejaban paso a nuevos criterios geoestratégicos y militares a la hora de definir alianzas y jerarquías.

Nuevas relaciones y criterios que suponen un reordenamiento general de la cadena imperialista, una nueva distribución y reparto del poder mundial. Si el recurso a la fuerza militar se convierte en la prioridad de Washington para blindar su hegemonía, en consecuencia también la vara de medir y los criterios para tratar a las distintas potencias cambian.

Aquellos a quien ha de pasar a controlar específicamente son los que por sus condiciones geoestratégicas –su capacidad para controlar o provocar desplazamientos significativos de poder en regiones estratégicamente vitales para la hegemonía norteamericana– y sus condiciones militares –la capacidad de desarrollar una poderosa fuerza militar independiente de EEUU– pueden llegar a poner en peligro su sistema de dominación mundial. En consecuencia, potencias como Francia y Alemania quedaban descolgadas, en la nueva jerarquía, de esta redistribución del poder mundial.

En ello residía ayer la razón principal de su irreductible oposición a la guerra de Irak. Y hoy las dificultades para recomponer las deseadas y necesarias relaciones de amistad con un Bush reafirmado tras su victoria electoral y para el que no hay otra alianza posible que la de renunciar a tener voz propia en los asuntos decisivos y desistir de cualquier aspiración a liderar un bloque de poder, aun cuando sea regional.

“O con nosotros o contra nosotros”, en esta lapidaria sentencia se encuentra contenida la sustancia de su línea: no seguir al imperio en sus aventuras militares es tanto como enfrentarse a él. Y quien lo haga debe arrostrar las consecuencias. La misma Rusia de Putin ha conocido sus efectos. Como afirmaba recientemente el presidente del Consejo de Política Exterior y Defensa de Rusia : “Hace dos años, los rusos podíamos mirar al mundo con satisfacción. Parecíamos más fuertes en el ámbito diplomático que lo que nuestro poderío económico y militar podría hacer pensar. Ya no es así (...) ni siquiera la creciente división entre Europa y EEUU ha refrenado la pérdida de influencia de Rusia.

Este giro de los acontecimientos es confuso”. En realidad no tiene nada de confuso. No es más que la consecuencia lógica del nuevo orden mundial , la nueva distribución del poder y la nueva jerarquía impuesta por Washington a raíz de la guerra de Irak.


El aventurerismo de los halcones del Pentágono no tiene límites: prendieron fuego a Irak sin prever el riesgo de que el incendio se propagara a todo el bosque. Y ahora se ven obligados a apagar el fuego extendido por todas direcciones, antes de poder acabar la tarea inicial.

El dominó regional

Su empantanamiento en Irak ha echado por tierra estos planes. O, al menos, el ritmo y la velocidad con que necesitaban aplicarlos

Al comienzo de la guerra, en estas mismas páginas decíamos que los estrategas de la línea Bush habían retomado la “teoría del dominó” que popularizó Kisinguer para justificar la guerra de agresión a Indochina, sólo que invirtiendo el razonamiento.

El derrocamiento de Sadam Hussein, con el consiguiente establecimiento de una fuerte presencia militar norteamericana en el corazón de Oriente Medio, debía ser el primer y poderoso golpe, la primera ficha de un dominó que en su caída arrastraría al resto de países de la zona hacia su órbita de influencia. Se trataba de convertir al “nuevo” Irak –democratizado y próspero– en la cabeza de puente norteamericana, el abanderado de sus intereses en la región.

Con este nuevo peón en sus manos, pensaron que rápidamente Siria –y por extensión Líbano y Palestina– cambiaría sus alineamientos, que el relegamiento de Arabia Saudí obligaría a la casa de los Saud y a las monarquías del Golfo a abrir sus herméticos regímenes a la penetración e intervención política norteamericana, configurando así un nuevo mapa regional en el que su verdadero enemigo estratégico en la zona, el Irán de los ayatolás, quedaría aislado y sin capacidad de influencia ni desestabilización.

Sin embargo, su empantanamiento en Irak ha echado por tierra estos planes. O, al menos, el ritmo y la velocidad con que necesitaban aplicarlos. Después de dos años de sangría humana y económica, los cambios introducidos por Bush en su segundo mandato apuntan a un reordenamiento de sus fuerzas y a un reajuste táctico. En lo inmediato, toda su ofensiva política y diplomática se concentra en crear un círculo de seguridad en torno a Irak (impulso a una rápida negociación entre israelíes y palestinos, presión sobre Siria, retirada de sus tropas del Líbano, ofertas de reconocimiento político a Hezbolláh si desarma a sus milicias,...) con el objetivo de eliminar –o al menos reducir al mínimo– a las fuerzas de la resistencia, mientras se aceleran los planes de reconstrucción económica y se encuentra una salida al complejo panorama político que los resultados de las elecciones iraquíes han dejado para levantar sobre ellos un régimen pronorteamericano.

Muy posiblemente, también la reciente y sorprendente elección del número dos del Pentágono, Paul Wolfowift, para dirigir el Banco Mundial esté relacionada con este giro táctico. Poner el acento en los aspectos políticos y económicos antes que en los militares parece ser, por el momento, la nueva consigna para Oriente Medio y Próximo. Utilizando el poder económico y los recursos financieros del Banco Mundial con criterios políticos: premiando a quienes más pronta y dócilmente sigan los mandatos de Washington y castigando a quienes se resistan a ellos.

El aventurerismo de los halcones del Pentágono no tiene límites: prendieron fuego a Irak sin prever el riesgo de que el incendio se propagara a todo el bosque. Y ahora se ven obligados a apagar el fuego extendido por todas direcciones, antes de poder acabar la tarea inicial.


Desplegar un amplio cerco militar estratégico en torno a China buscando que el inevitable reflejo en el terreno político y militar de su creciente poderío económico, no se convierta en una expansión de su influencia capaz de poner en peligro la hegemonía norteamericana.

El rival estratégico

Controlar la emergencia de China, desactivar el peligro que representa, en el curso de unos pocos años, para el sistema global de dominación norteamericano se ha convertido en la urgencia principal

Pero los objetivos que perseguía EEUU al iniciar la agresión contra Irak no se reducen al limitado tablero de Oriente Medio. En realidad, tanto la guerra de Afganistán como la de Irak forman parte de un diseño de más largo alcance cuyo verdadero objetivo es el cerco militar a China para tratar de contener su imparable desarrollo y su ascenso al rango de potencia mundial.

Afganistán proporcionó la excusa perfecta para que el Pentágono expandiera su presencia militar al Asia central. Y el control de Oriente Medio es la plataforma que necesita para asegurar una retaguardia firme a sus puestos de avanzada en el centro y sur del continente asiático.

Desde hace años, el hegemonismo norteamericano es consciente que debe –en palabras del Jefe de la Junta del Estado Mayor del Pentágono– “concentrar todo el poder militar y diplomático para evitar el desarrollo de China”. Controlar la emergencia de China, desactivar el peligro que representa, en el curso de unos pocos años, para el sistema global de dominación norteamericano se ha convertido en la urgencia principal y la primera de las prioridades para el hegemonismo yanqui. A este objetivo se dirigen todos sus movimientos en el tablero mundial.

Los nuevos sistemas de alianzas, los nuevos criterios, las nuevas jerarquías, las nuevas doctrinas estratégicas de seguridad nacional, el papel de los organismos y los tratados internacionales, los movimientos militares desplegados en cada conflicto,....todo apunta en la misma dirección. Desplegar un amplio cerco militar estratégico en torno a China buscando que el inevitable reflejo en el terreno político y militar de su creciente poderío económico, no se convierta en una expansión de su influencia capaz de poner en peligro la hegemonía norteamericana.

Y es en este objetivo, precisamente el más cualitativo y decisivo de todos, en el que la línea Bush, pese a algunos pequeños avances militares, está cosechando sus mayores fracasos. En los dos años transcurridos desde el inicio de la guerra de Irak, mientras EEUU se veía obligado a concentrar todas sus fuerzas en el avispero iraquí (al mismo tiempo que, en el plano interno, Bush debía centrar toda su atención en los continuos quebraderos de cabeza que le ha planteado la fracción de la clase dominante opuesta a su línea) el desarrollo económico de China y su influencia política en Asia han crecido de una forma gigantesca. Hasta el punto de que, aún sin tener resuelta la cuestión de Irak, Bush se ha visto obligado a iniciar su segundo mandato desplegando una amplia ofensiva política y diplomática en Asia Oriental y el Sudeste asiático para tratar de revertir los avances dados por China en este corto espacio de tiempo. Pero, en este asunto, el tiempo trabaja en su contra.


Jamás antes en la historia de la humanidad tantas gargantas se unieron para lanzar al unísono un mismo grito, jamás antes tantas personas salieron a la calle el mismo día por un mismo objetivo: “¡No a la guerra!”

El nacimiento de una superpotencia popular

Millones de personas se levantaron para gritar al hegemonismo que no quieren su destino de guerra y terror

El dramaturgo italiano y premio Nóbel de Literatura, Darío Fo, expresó el impacto de las multitudinarias manifestaciones que el mes antes del inicio de la guerra movilizaron a decenas y decenas de millones de personas en todo el planeta con una imagen certera: “ha nacido una superpotencia popular”.

Jamás antes en la historia de la humanidad tantas gargantas se unieron para lanzar al unísono un mismo grito, jamás antes tantas personas salieron a la calle el mismo día por un mismo objetivo: “¡No a la guerra!”

Desde Yakarta hasta Buenos Aires, desde Estambul hasta Sydney, millones de personas, en representación de todos los pueblos del mundo, se levantaron para gritar al hegemonismo que no quieren el destino de terror y guerra al que nos conducen.

La aparición de este gigantesco movimiento contra la guerra –en torno al cual se unieron los pueblos del Primer, el Segundo y el Tercer Mundo– es un fenómeno nuevo cuyas repercusiones sobre el desarrollo de la política internacional todavía estamos por conocer. A partir de ahora, cuando las fuerzas agresivas del imperialismo se empeñen en desatar nuevas guerras injustas, ilegales e ilegítimas –que se empeñarán– saben que van a contar con la oposición de un poderoso movimiento de lucha global que, con cada batalla crece en su nivel de conciencia antihegemonista, fortalece su unidad y eleva su grado de organización.

A. Lozano

La primera gran prueba de fuego del proyecto de dictadura terrorista mundial de Bush ha sido la guerra de Irak.