EDITORIAL INTERNACIONAL

La gira asiática de Condoleeza Rice
Inciertas garantías de seguridad

El elemento clave de la nueva estrategia de EEUU lo constituye el reforzamiento de los vínculos con Tokio y la reevaluación del papel de Japón en la zona

Aquejada por el decadente síndrome del eurocentrismo, Europa apenas si ha prestado atención a la gira que durante 8 días ha llevado a la secretaria de Estado norteamericana, Condoleeza Rice, a visitar 6 países asiáticos.

Y sin embargo, el desarrollo de las distintas escalas de su viaje contienen tanto las claves principales de la actual situación internacional, como de su incierto desarrollo en las próximas décadas. “Hemos estado ayudando a Asia durante mucho tiempo, hemos librado tres guerras allí y queremos mantener nuestras garantías de seguridad”, afirmaba el portavoz de la Casa Blanca al anunciar la gira. Y Rice remachaba en su discurso en Seúl: “es EEUU y no Europa quien está defendiendo el Pacífico”.

Pero, ¿qué es lo que EEUU está defendiendo en el Pacífico? ¿Y de quién lo defiende? La amenaza del rearme nuclear de Corea del Norte era, en apariencia, el argumento principal del viaje. Pero el tema, en realidad, ha sido bien distinto. Tanto en Nueva Delhi, Seúl o Tokio, Condoleeza Rice ha volcado toda su actividad política y diplomática en intentar despejar el camino que conduzca hacia la configuración de un amplio frente de contención de China. Frente en torno al cual, teniendo como eje a Japón, deberían gravitar (en órbitas distintas pero complementarias) tanto los países del Sudeste asiático como las repúblicas de Asia Central y que, cuanto menos, habría de contar con la “no hostilidad” de Corea del Sur y la convicción para India de que tiene mucho que ganar en esta estrategia. Todos los movimientos iniciados por Rice desde sus ascensión a la secretaria de Estado indican que la formación de este frente –que implica tanto la redefinición de la estrategia militar en el continente asiático como la política de alianzas– es, en lo inmediato, una de las principales apuestas para tratar de frenar la emergencia de China y su creciente influencia política en la región.

En la primera parte de su viaje, Rice hacía escala en Nueva Delhi con el objetivo de cultivar las nuevas relaciones establecidas con India, potencia a la que Washington pretende otorgar un tratamiento especialmente favorable, buscando a través de estos nuevos vínculos políticos y militares convertir a India en un aliado estratégico que sirva como contrapoder regional de China en el sur de Asia.

Pero es en la segunda etapa del viaje –Corea del Sur, Japón y China– donde Rice ha entrado verdaderamente en la “zona volcánicamente activa” de la región, el triángulo sensible donde están en juego intereses vitales para la supremacía norteamericana en el mundo. “China es una potencia que busca alterar el actual status quo en Asia. Eso la convierte en un rival estratégico de EEUU”, escribió Rice al ser nombrada, en el primer mandato de Bush, asesora de seguridad nacional. 4 años después, al frente de la diplomacia norteamericana, ha empezado a dar forma a la red de alianzas políticas y vínculos militares con el que EEUU pretende frenar el ascenso de China al estatus de “nación imprescindible” en Asia y, en consecuencia, de potencia mundial de primer rango.

Por el momento, el elemento clave de esta nueva estrategia lo constituye el reforzamiento de los vínculos entre Washington y Tokio y la reevaluación del papel de Japón en la zona. Al inducir y acelerar el creciente rearme japonés, EEUU busca convertir a Japón en “la Gran Bretaña de Asia”, es decir, un aliado incondicional, fuertemente armado, pero sin otra voz que no sea la de Washington. Como Londres, colocar a Tokio a medio camino entre ser el “caballo de Troya” y el “chico de los recados” para los asuntos regionales, y además permanentemente dispuesto a seguir las aventuras militares del imperio. Todos los pasos dados por el gobierno de Koizumi apuntan en este sentido: rearme militar acelerado, saltándose incluso las disposiciones constitucionales que prohíben a Japón dotarse de armamento y tropas que vayan más allá de lo imprescindible para la defensa de sus fronteras (y que apuntan, incluso, a la adquisición a corto plazo de armamento nuclear propio); participación en el escudo antimisiles o en la guerra de Irak; revisión –hasta en los libros de texto escolares– del papel del ejército japonés durante la IIª Guerra Mundial (en los que se califican de “leyendas” los genocidios de Manchuria o Corea); declaraciones conjuntas con Washington señalando la seguridad y estabilidad en el estrecho de Taiwán de “interés estratégico común”;...

Promover la hostilidad entre China y Japón, boicotear las posibles resoluciones dialogadas de los conflictos de Taiwán y Corea del Norte y abrir un segundo frente militar en Asia Central, mientras se refuerzan las bases en Corea, Japón y Guam y se fortalecen las relaciones militares con Tailandia, Malasia, Sri Lanka, India y Singapur. En esto consiste el mantenimiento de “las garantías de seguridad” que reclama la Casa Blanca. Garantías que el dinámico desarrollo económico y político de Asia –cuyo indudable motor ha pasado a ser China– convierte cada vez en más inciertas.