INTERNACIONAL

Putin, Chirac, Schroder y Zapatero se reúnen en París
El coronel sí tiene quien le reciba

Hay que ser muy ingenuo –o muy interesado– para creer que es la defensa de la paz mundial el cemento de unión del eje París-Berlín-Moscú.

“La relación UE-Rusia es la clave del arraigo definitivo de la paz, de la democracia y del Estado de derecho en Europa”. Con esta altisonante declaración recibía el presidente francés Chirac a su homólogo ruso Putin en las puertas del Eliseo. Además de otorgarse una representación –la de la Unión Europea– que nadie le ha concedido, no deja de ser una sangrante ironía que Chirac califique al ex coronel de la KGB Vladimir Putin como un personaje clave para la paz, la democracia o el Estado de derecho, justo una semana después de que sus fuerzas especiales asesinaran al líder político de la resistencia chechena, cerrando con ello cualquier posibilidad de una salida negociada al conflicto.

El exquisito tratamiento dado por Chirac a Putin revela a la perfección cómo, detrás de los encendidos discursos sobre la paz y la democracia, para la diplomacia gala no existe más lógica que la “razón de Estado”, es decir, sus intereses como potencia imperialista de segundo rango.

Prioridades estratégicas

Para París, mantener sólidos y fluidos lazos con Moscú representa una prioridad estratégica. Y no, como dijo Chirac, porque Rusia y la UE sean “una unidad de destino”, sino porque en las maniobras francesas por presentarse como un “contrapoder” a la hegemonía norteamericana resulta imprescindible tener a Rusia –un imperio disminuido pero dotado todavía de una significativa y poderosa fuerza militar y nuclear– como socio y amigo. Aunque ello signifique cerrar los ojos a la carnicería chechena, al envenenamiento del líder de la oposición ucraniana, la evidente paralización de las reformas, las crecientes mordazas a la libertad de expresión en Rusia o el frenazo democrático impuesto por un Putin cada vez más necesitado de aplicar los modos autocráticos aprendidos en su larga permanencia en el KGB y la nomenklatura soviética. Sin embargo, nada de esto es relevante para Chirac, que no dudó en dar a Putin el tratamiento que reserva para los “grandes amigos de Francia”.

Como culminación de la visita, una cena y posterior rueda de prensa conjunta entre Chirac, Putin, el canciller alemán Schroder y el presidente del gobierno español Zapatero. Una foto que algunos han querido presentar como la reactivación del “eje de la paz” que se opuso a la guerra de Irak, con la incorporación de Zapatero.

El eje de la bencina

Pero hay que ser muy ingenuo –o muy interesado– para creer que es la defensa de la paz mundial el cemento de unión del eje París-Berlín-Moscú. Para Rusia, reactivar y potenciar los lazos y vínculos con la UE es cada día más imprescindible. Sobre todo después del toque de atención dado por Bush a Putin en su última reunión en Bratislava. Un toque que –más allá del argumento formal del encarcelamiento del dueño de la petrolera Yukos y su práctica renacionalización– expresa (en el lenguaje diplomático en que pueden decirse estas cosas) la agresiva política hacia el antiguo imperio soviético vertiginosamente acelerada por Bush nada más iniciar su segundo mandato. Serbia, Georgia, Moldavia, Ucrania, ahora Kirziguistán, Bielorrusia en el horizonte inmediato,... País a país, el Kremlin no cesa de retroceder en lo que hasta ahora había sido respetada como su zona de influencia natural.

Washington está empeñado en llevar las fronteras de la OTAN hasta los Urales y el Caúcaso, mientras incrementa su penetración política y militar en las repúblicas del Asia Central. Y cada avance norteamericano se hace a costa de un repliegue ruso. Endurecer la política interior para controlar el desarrollo de posibles fisuras en el Kremlin y buscar en el exterior apoyos y alianzas que le ayuden a frenar su retroceso es cada día más imperativo para un Putin crecientemente cuestionado por sectores de la propia nomenclatura.

Para Berlín, por su parte, aunque con menos boato y ostentación que París, la relación con Rusia es un elemento vital para el desarrollo de su emergente proyecto de hegemonía continental. Por varias razones. En primer lugar porque con la ampliación a 25, su zona natural de influencia y expansión llega ya hasta las mismas fronteras rusas. Y la inclusión –en un futuro más o menos lejano– de Ucrania en la UE no será posible sin el visto bueno (o al menos la resignación) de Moscú.

Mantener la estabilidad en esa frontera norte, tratando a Rusia como aliado de confianza y atendiendo sus necesidades y reclamaciones es una necesidad imperiosa para la clase dominante germana. Mucho más si tenemos en cuenta que Rusia es, con mucho, el principal suministrador de energía de Alemania, que desde los años 90 ha reducido drásticamente su dependencia del petróleo saudí. Sin olvidar tampoco que la creación de un eje Berlín-Moscú ha sido históricamente una tentación siempre presente en los planes de la burguesía monopolista alemana por dominar Europa. No es por ello de extrañar que Schroder considere a Putin como “un perfecto demócrata”.

¿Alianza para la paz? Ni de lejos. Alianza imperialista entre potencias –unas decadentes, otras emergentes– que no buscan otra cosa que defender a toda costa sus intereses de explotación y dominio. Alguien debería explicárselo a Zapatero.

A. Beloki

¿Alianza para la paz? Ni de lejos. Alianza imperialista entre potencias –unas decadentes, otras emergentes– que no buscan otra cosa que defender a toda costa sus intereses de explotación y dominio.