CULTURA La Habana: capital cultural del mundo hispano |
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| Guillermo
Cabrera Infante: “La Habana nace de la escritura de Cabrera Infante como un monumento del lenguaje” Desde mediados del siglo XIX La Habana se ha erigido no sólo en una de las principales metrópolis del mundo hispano, sino también en una de sus capitales culturales más relevantes, junto a centros neurálgicos como Buenos Aires, México DF, Madrid o Barcelona. La Habana condensa la energía creativa de la música cubana, una de las más variadas, creativas y originales del mundo, fruto de un mestizaje casi único en el planeta. La Habana es una referencia literaria de primera magnitud: habaneros, de nacimiento o adopción, son tres de los más grandes escritores de la lengua española del siglo XX: Carpentier, Lezama y Cabrera Infante. Y también La Habana es un gran centro cinematográfico. Dos acontecimientos de muy distinto signo han convergido estos días para resaltar el protagonismo cultural de La Habana: por un lado, la muerte de Cabrera Infante, el escritor cubano que creó desde el exilio el mito literario de La Habana. Y por otro, el estreno en España de la esperada película de Benito Zambrano dedicada, en cuerpo y alma, a La Habana. Más allá de las vicisitudes políticas o históricas, La Habana sigue conservando esa fuerza de inspiración, de creación y de proyección que la definen como una de las capitales culturales del mundo hispano. Nacido en Gibara, provincia de Oriente, Cuba, en 1929, Guillermo Cabrera Infante emigró pronto a La Habana (en 1941) donde, tras realizar estudios diversos que nunca acabó y frecuentar los oficios más dispares, terminó escribiendo la crítica de cine en la revista popular Carteles y fundando la Cinemateca de Cuba. El periodismo y el cine fueron desde el principio sus dos grandes pasiones, pero Cabrera Infante era, ante todo, escritor, y el escritor acabó saliendo por los poros de las críticas periodísticas de cine. Cabrera Infante acabó convirtiendo la crítica de cine en una obra de arte literaria y, a la vez, “llevó la literatura al cine”, para impregnarla con su magia. Cabrera Infante fundó ese género no menor de la literatura cinematográfica, por la que transitaron Manuel Puig, Terenci Moix y tantos otros. En libros como Un oficio del siglo XX, Arcadia todas las noches y Cine o sardina, Cabrera Infante ha dejado huellas imborrables de su inmensa sabiduría y dominio sobre un género del que fue a la vez pionero y maestro insuperable. Cabrera Infante apoyó la revolución cubana y fue funcionario del régimen hasta 1965, en que rompió con él y partió al exilio, para no volver ya a Cuba nunca. El franquismo no le dejó instalarse en España. Aunque vivió 40 años de exilio en Londres (por sólo quince en La Habana), la obra narrativa de Cabrera Infante discurre por entero en las calles, las plazas, las casas, los cines y los cabarets de La Habana. Cabrera Infante, al igual que hizo Joyce con Dublín, elevó La Habana a la categoría de mito literario. Pero es la suya una recreación viva, palpitante, llena de ecos y voces, poblada por el lenguaje habanero minuciosamente reconstruido, con tipos y personajes que derrochan vida en sus páginas, con ambientes que iluminan al lector. La Habana nace de la escritura de Cabrera Infante como un monumento del lenguaje. En Tres tristes tigres, su gran obra maestra, Cabrera Infante reivindica la noche habanera, no La Habana del dictador Batista (que lo persiguió y metió en la cárcel), sino La Habana de Benny Moré, del son, del bolero, de la música cubana, de los cabarets, de Tropicana, un universo de voces, ritmos y gentes que la escritura mestiza de Cabrera Infante convierte en una epopeya viviente. En un reciente artículo de “despedida”, Vargas Llosa afirmaba: La Habana que aparece en las obras de Cabrera Infante “debe más a la invención, a la melancolía, a la literatura y a la destreza narrativa de Cabrera Infante que a la realidad histórica, aunque, como ocurre siempre con las grandes creaciones literarias, esa ciudad hecha de sueño y de palabras terminará por imponerse a las futuras generaciones de lectores como la única que existió”. En su otra gran novela, La Habana para un infante difunto, Cabrera Infante vuelve al mismo escenario pero en una reconstrucción mucho más autobiográfica, en la que vida y ficción, autor y personaje, biografía y novela se mezclan y confunden en un entramado tejido magistralmente por prodigiosos juegos del lenguaje que evocan todas las mejores tradiciones de la lengua castellana, con un dominio y una diversidad que asombran. Ahora que ya no está, es imprescindible otorgar a Cabrera Infante el reconocimiento que merece como uno de los grandes escritores de la lengua española del siglo XX, digno de figurar al lado de los otros dos grandes narradores cubanos del siglo: Alejo Carpentier y Lezama Lima.
Desde que a principios de los noventa estudiara en la Escuela de Cine de La Habana, y mucho antes incluso del éxito de su estremecedora “Solas”, Benito Zambrano venía dándole vueltas a la idea de “hacer un homenaje al pueblo cubano”, como expresión no sólo de agradecimiento sino también de admiración, de reconocimiento, de íntimo y profundo aprecio hacia unas gentes en las que -a su juicio- se mantienen aún vivos -en un mundo que los arrumba a pasos agigantados- principios como la solidaridad, la amistad y la dignidad. Zambrano ha elegido como eje de ese largamente deseado homenaje aquello que para los cubanos tiene mayor valor, mayor sentido, mayor fuerza de compenetración: su música, y en torno a ella ha articulado una historia, una película, ante la que la crítica muestra una actitud de desconcierto e incluso de frialdad, porque no le encuentra un “encaje” claro, pero que sin embargo es un monumento bellísimo, conmovedor, que arrasa convenciones de género para poder dejar la puerta abierta a la entrada en tromba de un mundo, el de La Habana, el de los músicos de La Habana, que desborda la pantalla para llegar directamente al corazón de la gente, al corazón del espectador. “Habana blues” es una pelicula con ese sello de inconfundible singularidad que tienen algunas de las mejores películas del cine español. Y también con el sello inconfundible de esa mirada que parece acunar, abrazar, sentirse cómplice de unos personajes -oprimidos, perseguidos, fracasados- que luchan contra viento y marea para hacer realidad sus sueños y mantener erguida su dignidad incluso en las circunstancias más adversas. En “Habana blues” Zambrano realiza una minuciosa reconstrucción realista de la difícil vida en una ciudad donde casi todo está absurdamente prohibido para un pueblo lleno de vitalidad, lleno de creatividad, lleno de proyectos y que no se resigna a perecer ahogado en una inútil pesadilla burocrática. La terrible paradoja de que para hacer casi todo haya que emigrar no desalienta a nadie, pero les enfrenta al drama del desarraigo, al desgarro del exilio, al heroísmo de sobrevivir cada día, al dilema de qué hacer y qué precio pagar... Zambrano no enjuicia a Cuba, homenajea a los cubanos. Y deja, de paso, una mirada crítica, cargada de intención, hacia ciertas actitudes “especulativas” de los españoles en Cuba. Pero ante todo demuestra la fuerza prometeica, salvaje, descomunal de un pueblo “capaz de mover al mundo” a su son. En una película tan llena de vida, de carne y sangre, de sexo y música, de emociones y sentimientos, de guiños y gestos, tan pletórica y hermosa... que a nadie puede dejar indiferente. J. Albacete |
La muerte en Londres del escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, Premio Cervantes 1997 y autor de novelas memorables como Tres tristes tigres y La Habana para un infante difunto, no puede sino devolvernos a la memoria y reincitarnos a la lectura y el recuerdo de uno de los escritores clave de la lengua española del siglo XX y al inventor de una escritura mestiza en la que supo integrar desde el habla popular cubana a la vanguardista sintaxis de James Joyce, las imágenes del cine que tanto amó y el ritmo inagotable del son cubano, en el escenario inevitable de una Habana fabulosa.
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