CULTURA Juan
Ramón Lodares Para Lodares no es la fuerza o las armas lo que esencialmente expande un idioma, sino ante todo su “poder blando”, es decir la convicción de los hablantes de que su uso les interesa y favorece |
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| Un desgraciado accidente de automóvil acabó el pasado 4 de abril con la vida de Juan Ramón Lodares (Madrid, 1959), lingüista, escritor, profesor de lengua española de la Universidad Autónoma de Madrid y ensayista brillante, polémico, de ideas claras y expresiones contundentes, que con sus obras El paraíso políglota (2000), Gente de Cervantes (2001) o Lengua y patria (2002) ha jugado un papel crucial a la hora de desmontar las “leyendas negras” que aún arrastra el español, pero sobre todo a la hora de explicar las condiciones materiales que han hecho posible la increíble expansión del español hasta convertirse en una de las grandes lenguas internacionales y el inmenso potencial que encierra (“nuestro petróleo”, acostumbraba a llamarle). Su muerte ha coincidido prácticamente en el tiempo con la publicación de su último ensayo: El porvenir del español (2005), una impensada pero riquísima herencia que afronta con rigor y amenidad los desafíos y oportunidades a los que se enfrentará en el siglo XXI uno de los grandes idiomas internacionales de hoy: el español. Los tres grandes ejes que han vertebrado la obra ensayística de Lodares: el desmontaje de las leyendas negras del español, los desafíos que afronta en el presente como lengua internacional y sus enormes potencialidades tanto económicas como culturales, vuelven a ser los ejes esenciales de este nuevo libro, aunque el peso mayor se desplaza esta vez más a los interrogantes del porvenir que a las verdades del pasado. No obstante, Lodares no ceja en su empeño de arrumbar ideas falsas y prejuicios muy consolidados sobre el español. Y si en anteriores libros asestó golpes fulminantes a la tan extendida idea de que el español se habla en España “porque así lo quiso un poder centralizador que terminó imponiéndolo por la fuerza de las leyes y de las armas”, ahora aprovecha la ocasión para asestarle golpes igualmente demoledores a la idea de que la expansión del español es obra ante todo del “dominio imperial” y de la imposición por la fuerza. Con la contundencia que le caracteriza, y que le proporcionan los datos, los hechos y las cifras, y no los prejuicios, Lodares recuerda cómo hacia 1820 (en vísperas de la independencia de las naciones hispanoamericanas) menos de un tercio de la población del antiguo Imperio español en América hablaba la lengua española, y en casi todos los futuros países que nacerían tras su desmembración dominaban otras lenguas (aunque no, por supuesto, en la administración). Nada hubiera podido impedir que, en ese momento, el español fuera totalmente eliminado de América (como de hecho ha ocurrido en Filipinas). Sin embargo fue tras la liquidación del orden imperial, a lo largo de los siglos XIX y XX, cuando se produce el auge espectacular del español en América, obedeciendo a razones que ya nada tienen que ver con “la imposición del Imperio”. En todo caso, como nos recuerda intencionadamente Lodares, esta imposición, si existió alguna vez, no fue nada comparada con el empeño (y los medios) que los imperios inglés o francés utilizaron, ya en los siglos XIX y XX, para que sus idiomas fueran hablados en sus colonias, conquistadas a sangre y fuego. No obstante, para Lodares no es la fuerza o las armas lo que esencialmente expande un idioma, sino ante todo su “poder blando”, es decir la convicción de los hablantes de que su uso les interesa y favorece, cualquiera que sean las razones que les lleven a creer eso. Remachada esta tesis, Lodares se sumerge ya en los verdaderos problemas que enfrenta el español en un mundo que avanza aceleradamente en la convergencia lingüística (el 96% de los habitantes del planeta se entiende hoy con sólo el 4% de las lenguas existentes) y en el que se están configurando comunidades idiomáticas y dominios lingüísticos cada vez más grandes (el 80% de la superficie terrestre puede recorrerse con 6 ó 7 lenguas). Tras ratificar que el español seguirá siendo con seguridad una de las 5 ó 6 grandes lenguas del siglo XXI, aunque probablemente no alcanzará el estatus de lengua mundial ni jugará el papel de lingua franca, que sí desempeñará el inglés, Lodares indaga las previsiones del español en América (tras constatar que el español será cada vez más una “lengua americana”, donde ya cuenta con más del 80% de los hablantes, proporción que aún aumentará en este siglo), y cifra las expectativas más importantes de su expansión tanto en Brasil como en Estados Unidos, país en el que ya juega un destacado papel económico y político pero donde aún tiene que ganar la batalla del “prestigio” y del “reconocimiento social”. Con respecto a Brasil (y a Portugal), o sea, al ámbito del portugués, Lodares aboga sin tapujos por avanzar hacia una convergencia lingüística que vaya más allá del bilingüismo y permita afrontar sin complejos ni purismos la idea de la unificación a medio o largo plazo. Más pesimista es Lodares en el caso de Europa, y de la misma España. Aunque el español gana cada vez más terreno en Europa como segunda lengua extranjera (tras el inglés) en la enseñanza secundaria, su estatus en la Unión Europea no está garantizado, y la posibilidad de que sea relegado a un segundo plano frente al inglés, el francés y el alemán es bien cierta, pese a que a escala global el español sólo aparece por detrás del inglés y casi cuadriplica el número de hablantes del alemán en todo el mundo. Sin una acción política decidida, el español puede verse seriamente marginado en Europa. Y también en la propia España, donde sufre el persistente acoso de los nacionalismos excluyentes, que avanzan sin tapujos hacia el monolingüismo y la progresiva extirpación de la lengua común española, considerada por ellos “invasora” y un elemento clave que obstaculiza sus planes separatistas. Tampoco es muy halagüeña la perspectiva en Asia y el Pacífico, donde Lodares dedica un amplio y esclarecedor capítulo a la “pérdida” (lingüística) de Filipinas. Aunque también es cierto, como no se olvide de reseñar, que la demanda del español como idioma extranjero aumenta espectacularmente en todos los países asiáticos (China, Japón, Corea...), con vistas a intensificar sus relaciones económicas y comerciales con el mundo hispano. Otros problemas y desafíos, no territoriales sino intrínsecos, hacen referencia a las dificultades de afrontar el reto de la pérdida de funcionalidad del idioma, por su “incapacidad” para dar cabida a la nueva realidad de la revolución tecnológica y la sociedad de la información: lo que Lodares llama “las dificultades de traducir software”. Como podemos ver, pues, una interesantísima gavilla de problemas que merecen la atención y que justifican sobradamente acercarse a este magnífico ensayo, que es ya también su involuntario testamento lingüístico. J. Albacete |
Con respecto a Brasil (y a Portugal), o sea, al ámbito del portugués, Lodares aboga sin tapujos por avanzar hacia una convergencia lingüística que vaya más allá del bilingüismo
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