EDITORIAL

Negociar con ETA:
¿A cambio de qué?

El peligro principal está en que para negociar con ETA se esté abriendo camino a una nueva táctica en el proyecto de fragmentación para España, la ««eutanasia dulce» del federalismo.

El debate sobre el estado de la Nación se ha cerrado con la propuesta que avala el diálogo con ETA, si decide entregar las armas y renunciar a la violencia. Pero sobre todo lo que ha venido a confirmar es, por un lado, la ruptura largo tiempo anunciada del consenso entre el PP y el PSOE en las cuestiones fundamentales de la unidad y la cohesión de la nacionalidades y regiones de España. Y, por otro, la peligrosa senda por la que parece decidido a seguir caminando Zapatero, teniendo como compañeros de viaje, aquí, a los nacionalismos excluyentes, con la incorporación del PNV tras la derrota del plan Ibarretxe, y la deriva nacionalista en su propio partido, con Maragall como principal exponente. Y fuera, al eje Berlín-París.

Resulta cuanto menos curioso que en uno de los Estados más descentralizados de Europa, con un nivel de autonomía que para sí quisieran varios Estados federales, donde nadie puede decir que las nacionalidades sufran especialmente la opresión política, cultural o lingüística, sea el modelo de Estado el que se haya convertido en el tema central, prácticamente único, del debate político. Mucho más cuando se puede perder el tren de las transformaciones económicas y sociales que las clases populares y la sociedad demandan y el ritmo de los cambios mundiales exige. ¿Por qué?

El antagonismo de la situación no puede venir sólo por los intereses de las castas burguesas y políticas que ven en el aumento de las competencias su ascenso como clase; ni las exigencias de Carod, ni las diferencias en el camino por ver cómo se derrota a ETA.
Algo más está pasando. Debajo de la propuesta para acabar con el terrorismo no está el método sino ¿a cambio de qué? Colocando la línea del diálogo en ETA, lo que se logra es meter a Ibarretxe y reforzar con él los proyectos de disolución de España en la llamada «Europa de los pueblos y las regiones».

Se habla ahora de volver al pacto de Ajuria Enea para justificar la inclusión de Ibarretxe, como si nada hubiera pasado. Pero sería un grave error olvidar que después de romper el Pacto de Ajuria Enea, la línea que representa Ibarretxe es la que salvó a ETA con la firma del Pacto de Lizarra; se ha negado a poner los recursos de la autonomía vasca, Ertzaintza por ejemplo, al servicio de desmantelar la banda terrorista; ha marcado como ««enemigos del pueblo vasco» a dirigentes de ¡Basta Ya! y a cuantos se han opuesto a su nacionalismo excluyente, como el cura de Maruri al que obligaron a abandonar su parroquia; vienen educando en el odio a todo los que sea España; han mantenido la financiación y el apoyo al entorno etarra a través de múltiples mecanismos con fondos públicos; y han intentado imponer un plan Ibarretxe que pregona la separación de Euskadi de España para convertirlo en un ««Estado libre asociado», un nuevo Puerto Rico asociado al eje franco-alemán. Plan que aún no han retirado a pesar de su derrota en el Parlamento español y en las urnas vascas. Ibarretxe es el hombre del saco que no ha renunciado a recoger las nueces del terrorismo.

¿No es sospechoso que ahora haya decidido apoyar la propuesta de Zapatero contra ETA? ¿Porqué se les brinda la oportunidad de seguir en el poder con su plan Ibarretxe en el cajón, metidos en otro proyecto soberanista, ahora por la «vía catalana»?

El principal problema no es como dice Rajoy que «el Parlamento se rinda a la banda terrorista», sino que bajo el nuevo consenso para negociar con ETA se esté abriendo camino a una nueva táctica en el proyecto de fragmentación para España, un proceso de lo que hemos llamado en las páginas del De Verdad «de eutanasia dulce», más lento que la línea Arzallus y el plan Ibarretxe, pero implacablemente seguro. Cuando hace pocos días el Consejero Delegado del grupo Prisa, llamaba desde las páginas del diario El País a que Zapatero encabezara ya abiertamente un proyecto de Estado Federal, ¿a qué estaba llamando?

El federalismo como modelo de Estado puede ser bueno o malo, servir para fortalecer la unidad o como antesala de la fragmentación. Como recordaba en otro artículo Joseba Arregui, presidente de la plataforma ciudadana Aldaketa-para el cambio en Euskadi, en el frontispicio del Bundestag, Parlamento alemán, se lee: «Al pueblo alemán, indicando con ello que existe algo que políticamente se llama pueblo alemán en singular». Pero aquí los defensores del federalismo lo que pretenden es todo lo contrario, fragmentar al pueblo español en varios pueblos separados, vascos, catalanes, gallegos, andaluces, catellanos, valencianos... Bajo una aparente propuesta progresista, se esconde una propuesta para hacer avanzar la desarticulación del Estado y del pueblo de las nacionalidades y regiones, en beneficio de quienes ven en la fragmentación de España el futuro de sus intereses de hegemonía sobre Europa, el hegemonismo emergente germano.

No es de extrañar que el camino y los acompañantes de Zapatero provoquen inquietud y desasosiego en las corrientes patrióticas de la izquierda, con especial intensidad en las propias filas socialistas, y que se manifiesten, como demuestran sobre todo las cartas de los socialistas vascos más combativos y comprometidos en la rebelión democrática contra el nazifascismo, desde Pilar Ruiz, la madre de Joseba Pagazaurtundúa, a Rosa Díez, Maite Pagaza, o Nicolás Gutiérrez. Si ellos han sido uno de los factores más decisivos para derrotar el plan Ibarretxe, ¿quiénes son los que los quieren arrinconar?

El peligroso camino emprendido por Zapatero, y la imposibilidad del PP, vicario de sus contradicciones de clase, para encabezar la unidad popular contra los proyectos de fragmentación, hacen que la izquierda patriótica, la rebelión ciudadana en Euskadi, y toda la izquierda progresista y social en el resto de España, tengamos que redoblar esfuerzos por encabezar esta doble lucha, por la libertad en Euskadi y por la unidad del pueblo de las nacionalidades y regiones en el conjunto de España. Lo que ahora pasa por exigir, no sólo el final de ETA, sino el final de Ibarretxe y su plan, como primer paso para acabar con el nacionalismo étnico y excluyente en Euskadi, y como pilar de la defensa de la unidad en el conjunto de España.