INTERNACIONAL

Violenta represión en Uzbekistán:
Entre tiranos

Aunque los talibanes cayeron, EEUU mantiene sus tropas en Uzbekistán, convertido en uno de los aliados imprescindibles de Washington en la zona

Más de 750 uzbekos han perdido la vida tras la violenta represión que siguió a una amplia movilización islamista en el este del país exigiendo la liberación de decenas de prisioneros encarcelados por sus simpatías hacia el Hizb Ut Tehrir (Partido de la Liberación Islámica). Lo que en principio pareció el inicio de una revuelta popular que, como en el vecino Kirguistán, condujera a la forzada destitución del presidente de la república, Islam Karimov, se convertía en el curso de pocos días en una verdadera carnicería.

Convertida en república independiente en 1991 tras la desaparición de la URSS, Uzbekistán ha estado desde entonces gobernada con mano de hierro por la nomenclatura local, los antiguos jefes locales del PCUS de los que Karimov es su máximo representante. Su ascenso al poder significó el inicio de un represión a gran escala de los disidentes políticos. Prohibió los partidos de oposición, cerró todos los medios de comunicación no controlados por el gobierno y, tras un breve período de tolerancia hacia el resurgir religioso islamista, cuando éstos se convirtieron en una amenaza para su poder ordenó la clausura de cientos de mezquitas. Fuentes de la oposición uzbeka estiman en no menos de 6.000 los prisioneros políticos actualmente encarcelados.

Sin embargo, Karimov y la nomenclatura local son unos consumados maestros en el arte de encontrar aliados poderosos, buscando su protección y cobijo a cambio de ofrecer los recursos que poseen para hacerse imprescindible ante ellos. Ya aplicó con éxito esta táctica durante los años 90, cuando la violenta irrupción del Movimiento Islámico de Uzbekistán –también concentrada en el valle de Ferganá en el este del país– le llevó a ofrecerse a Moscú como dique de contención del islamismo. A cambio de su apoyo político, económico y militar, Karimov se comprometía a hacer frente con la fuerza y la represión al temor ruso de que los problemas étnicos o religiosos, latentes en toda Asia Central, se extendieran hacia el interior de su territorio.

Pero al inicio de la guerra de Afganistán, en octubre de 2001, la necesidad norteamericana de acabar con el régimen de los talibanes abrió a los dirigentes uzbecos la posibilidad de encontrar un protector más poderoso que la debilitada Rusia. Karimov no dudó ni un instante en ofrecer a Washington su territorio como base de operaciones militares contra Afganistán. Desde la frontera sur uzbeka, la principal ciudad del norte afgano, Mazar-i-Sharif, quedaba a poco más de un día de camino para las guerrillas del general Dostum. Su empuje hacia el estratégico valle del Panshir fue el que abrió el paso hacia la toma de Kabul por la Alianza del Norte... y a la consolidación de Washington como jugador activo en Asia Central. De las bases utilizadas entonces para atacar Afganistán, la base aérea de Karshi-Janabab sigue operativa con cientos de militares norteamericanos. Y aunque los talibanes cayeron hace tiempo, las tropas de EEUU no sólo no tienen ninguna intención de retirarse de territorio uzbeco, sino que Karimov se ha convertido en uno de los aliados imprescindibles de Washington en la zona. Hasta el punto de que organizaciones norteamericanas de derechos humanos denuncian que la ex república soviética se ha convertido en uno de los destinos predilectos de la CIA para enviar prisioneros islamistas, donde las fuerzas policiales locales son expertas en utilizar la tortura para obtener información.

A diferencia de lo ocurrido recientemente en Kirguistán, Georgia o Ucrania, las manifestaciones populares de Uzbekistán no han obtenido apoyo o financiación de las ONG's occidentales instaladas en el país. Tampoco han contado con cobertura mediática ni con el respaldo político y diplomático que tuvieron las otras. La razón es bien sencilla: mientras en aquellas el poder estaba en manos de jerarcas locales no controlados por Washington –y por ello atizaron el fuego de la revuelta hasta conseguir su caída–, en este caso no han dudado en hacer oídos sordos al clamor popular y cerrar los ojos ante la orgía de sangre desatada por su fiel aliado.

A. Beloki

Ante la necesidad norteamericana de acabar con el régimen de los talibanes, Karimov no dudó ni un instante en ofrecer a Washington su territorio como base de operaciones militares contra Afganistán