EDITORIAL NACIONAL Atentados
en Londres Detrás de Al Qaeda encontramos a un sector extraordinariamente radicalizado de una burguesía árabe emergente |
||
| Una vez más, como en Nueva York, Mali, Casablanca o Madrid, el terrorismo islamista ha vuelto a golpear, tiñendo de sangre inocente esta vez las calles de Londres. No son suficientes las palabras –y mucho menos para quienes como el pueblo español lo conocemos de cerca– para expresar los sentimientos y el horror que provocan los perversos zarpazos del terrorismo a todas las personas de bien. Vaya por delante nuestra más profunda solidaridad con todo el pueblo británico y, especialmente, con las víctimas y sus familiares. Hace tiempo que los servicios policiales británicos esperaban un atentado de estas características. La incógnita residía en saber el cuándo y dónde. Despejado fatídicamente este interrogante, queda sin embargo por responder el problema capital de la autoría del crimen. No ya de las manos concretas que lo ejecutaron, sino de quienes planearon su compleja y minuciosa elaboración. Para lo cual es necesario, antes que nada, despejar la ilusoria idea –ampliamente difundida– de considerar los ataques del terrorismo islamista como la acción desesperada de pequeños grupos fanatizados por la pobreza y la injusticia que atentan cuándo y cómo pueden. Precisión en los objetivos La elección del 11-M en Madrid, 3 días antes de las elecciones generales o los del pasado jueves en Londres justo el día que se iniciaba en Escocia la cumbre del G-8, a una semana de que Blair tomara el relevo de la presidencia europea y 24 horas después de ser designada Londres como sede olímpica para el 2012 son argumentos suficientes para mostrar lo endeble de esta teoría. En ambos se ha buscado con precisión la coyuntura política más propicia para golpear en el sitio adecuado y en el momento exacto. No hay nada de novedoso en ello. La experiencia histórica enseña que detrás de la utilización del asesinato y el terror como medio de lucha siempre encontramos centros de poder dispuestos a valerse de cualquier instrumento para golpear, debilitar, desplazar o –si es posible– aniquilar a un poder rival. Hasta instituciones tan venerables como el Papado han vivido –durante un larguísimo período de su historia– presas de esta lógica implacable de la lucha de clases, que alcanza su máxima virulencia en la lucha por el poder. Durante siglos, los Estados Pontificios y sus vecinas repúblicas italianas conocieron el terror y el crimen –individuales o en masa– como medio de solventar las disputas y rivalidades cardenalicias en torno al solio papal. Si esto lo ha hecho un poder que afirma que su reino no es de este mundo, ¿qué no debemos esperar de los centros de poder imperialista que sí aspiran a dominar el mundo o una parte de él? Multiplicidad de móviles La elección de Londres, capital de una potencia en su ocaso pero todavía relevante en el ámbito internacional y con múltiples vínculos e intereses en todo el planeta, amplía el abanico de hipótesis acerca de qué objetivos se persiguen con los atentados y quién los busca. Como en las mejores narraciones de Ágatha Cristhie, todos los presentes en la escena del crimen son susceptibles de poseer un móvil oculto que los coloque en el centro de la sospechas. En primer lugar el eje franco-alemán, sometido a una implacable batalla de desgaste por Blair, y que ha visto cómo en los últimos meses la correlación de fuerzas en el seno de la UE se torna cada vez más desfavorable a sus proyectos e intereses. Profundamente debilitados tanto París como Berlín –aunque por distintas razones y en distinto grado–, un quebranto de Blair supondría, al menos, la posibilidad de resistir a su ofensiva mientras recomponen sus fuerzas. En el caso francés, además del interés existe también la oportunidad. Pues en ninguna cancillería europea se ignoran –excepto, al parecer, en el Palacio de Santa Cruz– sus íntimos vínculos con la inteligencia de Sadam, su innegable autoridad sobre los servicios secretos marroquíes, poseedores de una cierta capacidad de intervención e influencia en el extremismo islámico magrebí, su profundo conocimiento sobre las redes del terrorismo islámico que le permitieron desmantelar en apenas unas semanas al GIA argelino cuando éste trató de trasladar sus comandos a París o las zonas oscuras que todavía envuelven el 11-M y a las que la inteligencia marroquí y francesa podrían no ser ajenas. Sin embargo, aunque pensable, sus mismas condiciones internas de crisis y debilidad y la fortaleza del adversario (Londres no es Rabat o Beirut, ni siquiera Madrid), hacen su participación descartable en esta coyuntura y en esta correlación de fuerzas. En una segunda hipótesis,
como cada vez que aparece en escena el terrorismo islámico, es
inevitable pensar en los centros de poder más siniestros del hegemonismo
norteamericano. Fueron ellos los que los crearon, armaron, financiaron
y organizaron para combatir la presencia soviética en Afganistán.
Y los recelos sobre su grado de implicación, connivencia o permisividad
con el 11-S se amplían a medida que se conocen nuevos datos del
ataque a las Torres Gemelas. Pero entonces sí había un móvil,
tan diáfano como tenebroso: provocar un acontecimiento catastrófico,
un nuevo Pearl Habour que catalizara a la opinión pública
norteamericana en un sentido favorable a los proyectos de los sectores
más agresivos y belicistas. En el caso de Inglaterra, un aliado
fiel y seguro, no existe sin embargo razón alguna para pensar en
ello. Un poder emergente Queda, por último, la hipótesis hacia la que apuntan todo los datos como la más fiable: el terrorismo islamista vinculado de algún modo al movimiento global que representa Al Qaeda. Sin embargo, aunque la unanimidad es absoluta a la hora de otorgarles la autoría, las diferencias surgen a la hora de valorar la naturaleza y el origen de lo que estas fuerzas significan. No nos encontramos ante una “rebelión de los desheredados”, ni ante una manifestación de “la desesperación de la pobreza”, mucho menos ante un “choque de civilizaciones”; sino a la irrupción de poderosos y emergentes sectores del mundo árabe. Detrás de Al Qaeda encontramos a un sector extraordinariamente radicalizado de una burguesía árabe emergente. Burguesía que se enfrenta a la profunda contradicción de poseer una ingente acumulación de capital –que proviene del hecho de estar asentados sobre un inmenso océano subterráneo de petróleo, el fluido vital del capitalismo monopolista– y la imposibilidad de que ese poderío financiero se exprese políticamente en el tablero internacional y pueda, por lo tanto, participar activamente en la disputa por el reparto del poder mundial. Disponen de todos los petrodólares del mundo, pero mientras los Estados árabes y las oligarquías feudales que los gobiernan estén sometidas al férreo control político y militar de EEUU, les es imposible desarrollar el proyecto político propio que, unificando su atomizada base geopolítica, les permita convertirse en un jugador global para la defensa de sus múltiples intereses. En la lógica del imperialismo está que las distintas potencias se reparten el mundo “según su capital, según su fuerza”. Pero en el mundo árabe, la intervención de las potencias imperialistas –primero Inglaterra y Francia, ahora EEUU– ha venido distorsionando la relación entre estos factores. Hasta el momento en que el profundo y sustancial reordenamiento del sistema mundial (provocado por la aparición de una nueva realidad geoestratégica) ha creado las condiciones para que esta emergente burguesía reclame poseer también para sí la fuerza política y militar que corresponde a su fuerza económica. Una burguesía emergente y en formación, como un “ectoplasma” sin cuerpo todavía definido, pero con un proyecto político claro: desembarazarse de la tutela norteamericana para convertirse en un actor global con un guión propio, destinando las enormes riquezas del mundo árabe, no a aumentar la opulencia y el despilfarro de las oligarquías locales, sino a ganar una presencia decisiva en el mundo. Y que, como han hecho todas las burguesías en ascenso a lo largo de la historia, debe romper por la fuerza el orden y la jerarquía de la cadena imperialista, la distribución mundial del poder actualmente existente. Y han encontrado en el terrorismo islámico su ejército de choque para golpear y actuar globalmente. Utilizando a sectores radicalizados y fanatizados del mundo islámico como carne de cañón para conseguir sus objetivos de clase, que básicamente consisten en liberar a la nación árabe de la opresión del imperialismo yanqui, pero para encumbrar en su lugar a otra clase dominante: una nueva burguesía monopolista árabe convertida en un nuevo centro de poder imperialista. |
||