NACIONAL - OPINIÓN Reflexiones
del presidente sobre los atentados de Londres El terrorismo no tiene su origen –ni lo ha tenido nunca– en las masas desheredadas y oprimidas del planeta, sino en oscuros centros de poder |
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| El pasado sábado 9 de julio, el presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, publicaba en el periódico londinense The Financial Times un artículo en el que, tras mostrar lógicamente a los ciudadanos y al gobierno británico el total apoyo y solidaridad del pueblo español, se sumergía en lo que él mismo denomina “una profunda y útil reflexión sobre cómo avanzar” en la derrota del terrorismo. Su primera reflexión es más bien la constatación de una evidencia comúnmente admitida: “el terrorismo se ha convertido en una amenaza global que requiere una respuesta global”. ¿En qué consiste esta respuesta? Antes que nada, según expresa Zapatero en el artículo, “debemos comenzar haciendo un esfuerzo por comprender las condiciones que facilitan la expansión del fanatismo y el apoyo al terror”. Condiciones que, desde su punto de vista, nacen y se reproducen gracias a “conflictos que se han estancado” o “a las enormes divisiones políticas, económicas y sociales presentes en muchas sociedades, y que a menudo sirven de falsos pretextos para la violencia terrorista”. Como conclusión, Zapatero afirma que “es poco realista esperar alcanzar la paz y la estabilidad en un mar de injusticia universal”. Que existen conflictos estancados o enormes desigualdades políticas, económicas y sociales no es un secreto ni para la persona más inexperta o despreocupada por la situación mundial. Como tampoco lo es para cualquier persona progresista que vivimos en un mundo que, efectivamente, es un “mar de injusticia universal”. Sin embargo, las reflexiones de Zapatero tienen la virtud de situarnos ante una concepción ampliamente extendida entre la izquierda, no ya española, sino europea y mundial. La idea de que son esas situaciones de “injusticia universal” las que explican, de algún modo, la existencia del terrorismo en nuestros días. O, lo que es lo mismo, dándole la vuelta al argumento pero conservando su intención original: que el terrorismo es, de alguna forma, una respuesta equivocada, una expresión –sanguinaria, despiadada y amoral si se quiere– de las ansias de rebelión frente a esa injusticia. Visión que encierra un doble problema. Por un lado, sus defensores deberían explicar cómo y por qué el terrorismo internacional se focaliza exclusivamente en un área del globo, y no precisamente la más pobre del planeta ni la que sufre, comparativamente, mayores injusticias o atropellos del Tercer Mundo. Si ese mar de injusticia, como da a entender Zapatero, es “la condición que facilita la expansión del fanatismo y el apoyo al terror”, ¿cómo es que el mundo occidental no está repleto de subsaharianos dispuestos a hacer volar por los aires las entrañas de los Estados responsables del genocidio, la esclavitud y la miseria a la que ha sido sometida África desde hace siglos? ¿Cómo es que, por ejemplo, no han salido desde Ruanda o Burundi miles de terroristas –suicidas o no– decididos a hacer pagar a Francia su apoyo a los genocidas que masacraron (en apenas unos meses) a un millón de sus compatriotas? Y, viéndolo desde el otro lado, ¿de qué condiciones de injusticia política, social o económica se nutre el terrorismo de ETA? No, señor Zapatero. Ni los conflictos ni la opresión ni la injusticia son razones que ayuden a comprender la existencia del terrorismo. Argumentos como el suyo sí son, por el contrario, los que en el fondo ayudan a extender las razones en las que los terroristas se apoyan para justificarse. Frente al terrorismo –perspicazmente calificado por el premio Nóbel José Saramago como “un crimen contra la humanidad”– no caben razones para explicárselo, de la misma forma que nadie se pregunta por las razones que mueven a dictadores, tiranos, genocidas y gente de esa ralea. Como a ellos, se les persigue y se les combate política, judicial y policialmente hasta derrotarlos. Entre otras razones –y éste es el segundo problema de este tipo de argumentos tan queridos a determinada izquierda– porque el terrorismo no tiene su origen –ni lo ha tenido nunca– en las masas desheredadas y oprimidas del planeta, sino en oscuros centros de poder, principalmente de poder mundial, aunque también de poder local. Son ellos los que –como demuestra la experiencia histórica– han utilizado desde siempre el terrorismo como medio de lucha política para golpear, debilitar o acabar con los poderes rivales o con la lucha de los pueblos. Lo que nos lleva, como conclusión, a un punto de partida completamente distinto al que usted nos propone: sólo luchando contra esos centros de poder mundial es posible poner fin tanto a la injusticia universal como a la existencia del terrorismo, de la que ellos –y sólo ellos– son responsables directos. A. Belloch |
No, señor Zapatero. Ni los conflictos ni la opresión ni la injusticia son razones que ayuden a comprender la existencia del terrorismo. Argumentos como el suyo sí son, por el contrario, los que en el fondo ayudan a extender las razones en las que los terroristas se apoyan para justificarse.
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