ANÁLISIS De
Piqué a Acebes: las contradicciones se abren en el PP Con sus declaraciones, Piqué no hace sino explicitar que, en un país de izquierdas como España, un “talante” tan reaccionario como el que exhiben Acebes, Zaplana o el mismo Aznar, es autoimponerse una verdadera sentencia política |
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Piqué ha sido el primero en insinuar en público lo que muchos piensan en privado dentro del PP, al afirmar que “a Acebes y Zaplana se les identifica con una determinada etapa muy concreta que nos conecta con el pasado”. El presidente del PP catalán es consciente de que la deriva impuesta en los últimos meses por los sectores más duros de la derecha provoca el rechazo social, y aisla al primer partido de la oposición de los centros de las actuales batallas políticas. Por eso, lanza ahora un “globo sonda”, a través de unas declaraciones a Catalunya Radio, planteando la necesidad de una renovación. ¿Es éste sólo un problema de la derecha o afecta al conjunto del país? ¿Dónde residen los demonios internos que anidan en la derecha española? Contra la mayoría Tras situar a Acebes y Zaplana en “el pasado”, Piqué añadió: “tenemos que dirigirnos a un amplio espectro y los mensajes no pueden ser unívocos, creo en un PP de centroderecha y no sólo de derechas”. Aunque el político catalán se vió obligado a dar marcha atrás ante la marejada provocada por sus declaraciones, las cartas están ya encima de la mesa. Y coinciden con otras posiciones dentro del PP, que han cuestionado la presencia de destacados líderes del partido en la manifestación contra los matrimonios homosexuales, o reclaman una posición más flexible ante cuestiones sensibles como ésta. No se trata de una conversión hacia el progresismo, sino la constatación de los límites con que debe lidiar la derecha en España. En una sociedad progresista como la española, la exhibición de los comportamientos reaccionarios –como ha desatado el PP durante las últimas semanas– supone autoimponerse una sentencia política. Esto lo tuvo en cuenta el PP durante la primera legislatura de gobierno, y realizó un esfuerzo por contener la cara más agresiva. No es casualidad que Piqué haya centrado su identificación con “el pasado” en Acebes y Zapalana. Ambos –junto a un Aznar cada vez más desatado– representan la cara –no sólo en sus posiciones, sino también en la actitud– más intransigente, clasista y antipopular de la derecha: insensibles ante las demandas sociales, opuestos a cualquier avance en las libertades o los derechos civiles, henchidos de un profundo desprecio ante las clases populares. Conectándolos con la imagen tradicional de los sectores más reaccionarios, y provocando así un rechazo espontáneo. Incluso cuando –como en la denuncia de las tendencias disgregadoras– llevan parte de razón. Lo que Piqué ha manifestado es que “por aquí vamos al abismo”. Y lleva razón. Sólo conseguirán radicalizar al sector más duro de su base social, a costa de ahuyentar al resto. Y por eso reclama una reorientación hacia la contención de la primera legislatura, donde el PP pactó con los sindicatos o postergó cualquier medida sensible que pudiera ponerle en contra a distintos sectores. Piedras sobre el tejado de la unidad Acebes o Aznar hablan permanentemente de la necesidad de hacer frente a los peligros de disgregación de España. Y sólo tienen una parte de razón. No porque no existan amenazas contra la unidad –bien por la vía de Ibarretxe y Carod Rovira o por la de Maragall–, sino porque la política más reaccionaria del PP echa piedras contra la unidad que dicen defender. Cuando Zapatero y Rajoy cerraron un acuerdo, certificado luego por la Corona, para consensuar que las reformas territoriales y estatutarias no sobrepasarían los límites de la Constitución, el PP siguió una política correcta, buscando un campo de acuerdo con el PSOE que dejara sin espacio los ultimátums de Carod Rovira, y también colocando ante Maragall los límites que no podía sobrepasar. Pero con la línea de utilizarlo todo para debilitar, a cualquier precio, al gobierno de Zapatero, encabezada por los Aznar, Acebes o Zaplana, la posibilidad de reeditar esos acuerdos se reduce a cero. El consenso que ha hecho posible la reforma del estatuto valenciano –ejemplo de que es posible aumentar la pluralidad sin debilitar la cohesión y la unidad– se ha alcanzado enfrentándose a los recelos que desde el PP han expresado los sectores más duros. Si la defensa de la unidad es hoy el desafío principal, ¿no se debería someter todo a esto, estableciendo las alianzas más amplias posibles? ¿Entonces qué hace la dirección del PP generando conflictos estériles en todos los flancos posibles, oponiéndose a la ley de matrimonios homosexuales, o a la regularización de inmigrantes...? ¿Cómo es posible que la dirección del PP, y sus voceros más reaccionarios, cojan precisamente a Bono, el principal representante de la línea patriótica dentro del mismo gobierno, como uno de sus blancos preferidos? ¿No deberían aprender de Bono, que invitó a Rajoy para que participara como ponente en el cilo Doce miradas sobre España”? Históricamente, las políticas más intransigentes de los sectores reaccionarios ha alimentado las amenazas de disgregación. Su carácter antipopular les ha imposibilitado para vertebrar a la mayoría del país en torno a un proyecto con el que pudieran sentirse identificados. Su entrega al imperialismo de turno ha colocado a España a merced de las maniobras de desestabilización de potencias extranjeras. Por ese mismo motivo no pueden defender los intereses nacionales Por eso, las tendencias más reaccionarias del PP no sólo perjudican a la derecha, sino que no son las más convenientes para el país. Si la derecha está imposibilitada para defender consecuentemente la unidad, ésta es una responsabilidad que debemos asumir desde la izquierda. Por eso resulta mucho más pernicioso observar cómo, desde Llamazares a Maragall, desde posiciones que se reclaman de izquierdas, no sólo se ataca la unidad, sino que se participa de las maiobras de disgregación. Todo se derrumbó el 11-S ¿Por qué el PP cambió la línea de moderación que tan buenos resultados le reportó en a primera legislatura, por la radicalidad derechista de los últimos años de los gobiernos de Aznar? Toda la contención en la que el PP había invertido ingentes esfuerzos se derrumbó el 11-S. La ofensiva de la línea Bush y la consiguiente agudización de las contradicciones interimperialistas, se llevaron consigo el “talante” de Aznar. El gobierno del PP, de la mano de su presidente, se alineó incondicionalmente con Washington, aun cuando eso le enfrentaba al 90% de la población española. Ese alineamiento absoluto con la línea Bush –que a su agresiva política expansionista une unas bases ideológicas extremadamente reaccionarias, fundamentalismo religioso, o una política económica propia del capitalismo más salvaje– despertó los demonios internos que anidan en la derecha española. Toda la cara más reaccionaria del PP, como fuerza estrechamente ligada a la oligarquía, todo su ADN antipopular, retrógrado y clerical, inscrito a través de décadas, se desató. Dando lugar, no sólo a la participación en la guerra de Irak, sino también al decretazo, los ataques contra la educación pública. La oposición de Aznar a que España se sometiera a los dictados del eje franco-alemán, y su firmeza ante el nazifascismo en Euskadi, le reportaron apoyos que excedían en algunos casos el estricto campo de la derecha. Pero su respaldo a la dictadura mundial de Bush provocó el rechazo casi abrumador de la sociedad española. Y estas dos son las principales bases donde buscar los demonios internos de la derecha. Primero en su maridaje con los sectores oligárquicos más reaccionarios, y con las jerarquías eclesiásticas. Y, sobre todo, su congénita tendencia a entregarse al imperialismo de turno, su incapacidad para poder articular un auténtico proyecto independiente, que recoja, aún parcial y limitadamente, los intereses del país y del conjunto de clases. Éstos son los límites, profundos, que tiene inscrita la derecha española en su propia sustancia política. J. Arnau |
En su profundo carácter oligárquico, y sobre todo en el alinamiento incondicional con la línea Bush, están las bases de los demonios internos más reaccionarios del PP.
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