REPORTAJE CENTRAL ¿El
G-8 contra la pobreza? La ayuda al desarrollo, en manos del imperialismo, se convierte en un instrumento de intervención y explotación. Por eso, el representante de la campaña “Haz de la pobreza historia” afirma que “es mejor no ayudar que ayuda con condiciones”. |
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“Erase una vez un lobito bueno, al que maltrataban todos los corderos...”. Nos viene a la mente estos versos del mundo al revés que describió Goytisolo, cuando contemplamos como los líderes del G-8 se postulan para el combate contra la pobreza. ¿Cómo? ¿Los representantes de las principales potencias y burguesías monopolistas -las maquinarias de explotación y destrucción más letales que haya conocido la humanidad- comprometidos con el progreso de Africa? Detrás de cada una de las dulces promesas de Blais, Bush, Chirac o Schröeder se esconden intereses de explotación y dominio. Millones de personas se han movilizado estos días en todo el planeta exigiendo el final de la pobreza. Pero tan importante que este ejemplo de fuerza popular es sre conscientes de que sólo podrá desaparecer la pobreza cuando acabemos con un orden social donde un ínfimo puñado vampiriza el trabajo de la inmensa mayoría de la humanidad. Cómo perdonar la deuda y ganar más que antes Perdonan poco, y lo hacen para sacar todavía más tajada. Ésta es la sustancia de la condonación de la deuda a los 18 países más pobres del mundo –un total de 50.000 millones de dólares– presentada por el G-8 como medida estrella de su nuevo compromiso contra la pobreza. ¿Y cómo es posible ese truco de magia? Primero porque se trata de una cantidad irrisoria: el 2% de la deuda total del Tercer Mundo. Sólo en concepto de intereses atrasados, las potencias del G-8 recaudan anualmente cuatro veces más. Segundo, porque la condonación de la deuda no es gratuita, está sometida a la aceptación de las directrices del Fondo Monetario Internacional (en el marco de la Iniciativa de Países Empobrecidos y Altamente Endeudados), que suponen facilidades para que las mercancías norteamericanas o alemanas copen el mercado, privatizaciones –que se quedan mayoritariamente las potencias miembros del G-8– o ajustes sociales. Por cada dólar que perdonan, EEUU, Inglaterra o Alemania esperan cobrarse muchos más. Y es que la deuda del Tercer Mundo con las grandes potencias imperialista no es una deuda “normal”, ni siquera es una deuda real, y además cuanto más se paga más se debe. Fíjemonos en su origen. Por un lado, en 1960 los antiguos países coloniales impusieron a sus ex colonias una deuda de 59.000 millones de dólares, a una tasa de interés del 14%. Imposible de pagar, y que constituía un dogal para dominar al nuevo Estado formalmente independiente. Por otro lado, durante la crisis energética de los setenta, organismos internacionales como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional prestaron enormes cantidades a países del Tercer Mundo extremadamente necesitados. En los años 80 multiplicaron los intereses, de forma que era necesario adquirir nuevos préstamos para pagarlos. El caso de Nigeria es ilustrativo: se le han prestado ... millones de dólares, ha pagado 16.000... y ahora debe 28.000. Si en 1973 la deuda externa era de 113.000 millones de dólares, en 1999 ascendía a 2,6 billones de dólares. Una enorme sangría financiera, y un inmenso botín para las burguesías monopolistas. Aproximadamente el 60% de la deuda externa es propiedad de los grandes bancos –principalmente norteamericanos, pero también europeos, japoneses…–. Y una carga insostenible para el Tercer Mundo. Cada habitante del Tercer Mundo debe al nacer 75.000 pesetas, el equivalente al salario minimo anual. Pero hay países como Nicaragua o Gabón donde sea cifra se eleva a 700.000 pesetas. Camerún destina el 4% de sus ingresos a servicios sociales, mientras que el 36% es para pagar la deuda. Cuando Shaquespeare retrató en el judío Sherlok, capaz de cobrarse una deuda arrancando un trozo de carne del acreedor, jamás imaginó que el imperialismo elevaría la usura muchos grados más. ¿Quién debe a quién? Africa: Cuando Francia tuvo que aceptar la indepedencia de sus colonias africanas, puso en marcha un sistema ilegal y secreto para expoliar de los recursos estratégicos –petróleo, uranio–, económicos –cacao, madera...–, imponiendo para ello dictaduras «amigas de Francia» –con la correspondiente aniquilación de todos los líderes oponentes que suponían una alternativa–, instrumentalizando el etnicismo –Ruanda fue el peor crimen francés del S. XX–, fomentando guerras civiles con el abastecimiento de armas para ambos bandos. Durante la guerra fría, EEUU y la URSS disputaron palmo a palmo el territorio africano, en encarnizadas guerras a través de guerrillas y dictadores interpuestos, sembrando el continente de un número de cadáveres sólo comparables a la IIª Guerra Mundial. Hoy, es difícil no encontrar los intereses de una u otra multinacional, uno u otro país imperialista, detrás de las guerras, dictadores o genocidios que asolan el continente. Mientras Francia tiene en Costa de Marfil su Irak particular –donde las tropas francesas ametrallan a la población, bombardean hospitales,...–, mantiene desplegados miles de hombres y bases militares por todo el continente, y sostiene las dictaduras de Gabón, Chad y Djibouti; EEUU azuza la división de Sudán y el conflicto de Darfur, el mayor genocidio actual, para hacerse con el control del petróleo. Por eso, provoca repugnancia que Bush, Blair, Chirac o Schröder se atrevan a presentarse como salvadores de Africa; o que sesudos comentaristas declaren que el gran problema del continente es la corrupción de sus dirigentes. ¿A quién pretenden engañar? Africa representa la quintaesencia de la rapiña imperialista, todo un continente devastado, vampirizado hasta extraerle la última gota de sangre. EEUU pretende controlar los nuevos yacimientos de petróleo detectados en el continente negro, mientras Francia lucha por conservar sus últimos restos imperiales. Por eso, el G-8 ha colocado sus miradas en Africa. Teniendo en cuenta la historia, lo peor que le puede pasar a Africa es que Bush o Chirac se lancen a “ayudarla”. Imperialismo verde Tal y como era previsible, las esperanzas de que la reunión del G-8 dieran un nuevo impulso a la implantación del protocolo de Kioto han quedado en nada. Sólo dos datos explican las razones del fracaso Los 74 mayores monopolios de EEUU, que acumulan el 40% de las emisiones contaminantes, declaran unos beneficios de 183 billones de dólares. Y las 120 mayores corporaciones de EEUU enviaron una carta a Bush exigiéndole que, ante la negociación del protocolo de Kioto “las necesidades de la economía norteamericana sea la prioridad suprema para adoptar una posición que proteja los intereses de EEUU”. Al mismo tiempo, Alemania
o Francia sólo usan las preocupaciones “ecológicas”
como banderín de enganche en su disputa con EEUU. Catherine Pearce, coordinadora de la campaña de cambio climático de Amigos de la Tierra Internacional afirmó acertadamente que “los países del G8 son responsables del 65% de las emisiones del mundo. Estos países deben tomar medidas para reestablecer el equilibrio mediante la reducción significativa de sus actuales emisiones de gases de efecto invernadero”. Un informe de la ONU explicita que hoy existe tecnología suficiente para que el desarrollo económico no esté en contradicción con el equilibrio climático mundial. ¿Quién es pues el responsable? ¿Un difuso “sistema de desarrollo” o corporaciones con nombres y apellidos para las que “la prioridad suprema” son sus beneficios? Lo que es antagónico, no sólo con el planeta sino con el conjunto de la humanidad, es que un pequeño puñado de monopolios tengan la capacidad de disponer de los recursos que nos corresponden a todos y desarrollar el sistema económico de acuerdo a sus intereses. Los mismos medios, en manos de la inmensa mayoría adquirirían otro carácter, más racional, más natural, y sobre todo más justo. Las cuentas de las ayudas Por cada dólar de ayuda, las grandes potencias se cobran once No es solidaridad, es sólo negocio. Si Bush, Blair, Chirac o Schröeder han duplicado las ayudas a Africa –hasta 50.000 millones de dólares– es porque de cada dolar entregado como ayuda se cobran once. La ayuda al desarrollo, en manos del imperialismo, se convierte en un instrumento de intervención y explotación. Por eso, el representante de la campaña “Haz de la pobreza historia” afirma que “es mejor no ayudar que ayuda con condiciones”. Los líderes del G-8 no han especificado qué parte de las ayudas serán donaciones y qué parte préstamos. Porque, aunque cuando se habla de ayuda, inmediatamente la asociamos al desinterés y al altruísmo, las ayudas de las grandes potencias no son gratis. Una buena parte son en realidad “préstamos preferentes” que no hacen sino endeudar más al país receptor. Ésta es una práctica habitual que se disparó durante los 60-70, cuando la explosión de la ayuda al desarrollo –canalizada a través del Banco Mundial y otros organismos estrechamente controlados por EEUU– se traducían en más deudas para el Tercer Mundo. El G-8 tampoco ha desvelado qué proporción de las ayudas estarán “ligadas a objetivos comerciales”. En definitiva, yo te concedo ayudas a condición de que la utilices para comprar mis mercancías, que como debes adquirir obligatoriamente yo te voy a vender a un precio superior al del mercado. Por eso, cuando las principales potencias del planeta hablan de “ayuda al Tercer Mundo” es necesario leer la letra pequeña. Peores que la enfermedad El ministro de Exteriores británico ha anunciado la creación de un fondo contra la malaria, que mata cada año a 1,3 millones de personas. Lo que no ha dicho es que las grandes farmaceúticas –propiedad de las potencias del G-8– boicotearon la vacuna descubierta por el científico colombiano Patarroyo, que estaba dispuesto a donarla a la OMS y comercializarla a sólo 60 pesetas, cerrándoles así un campo de negocio. El G-8 también ha anunciado un plan contra el SIDA, pero olvidando que Sudáfrica o Brasil se han enfrentado a gigantes como Bayer para poder fabricar genéricos a precios asequibles. El gigante germano, haciendo uso del poder del monopolio, imponía que unos medicamentos contra el SIDA que podían costar 50.000 pesetas, se vendieran a dos millones. ¿Qué trabajador africano podría pagarlo? Mientras en los países del G-8 se concentra el 70% del gasto sanitario, África apenas dispone del 1,3%. Pero es que los seis mayores monopolios farmaceúticos controlan el 40% del gasto sanitario mundial. Ellos son los que imponen los precios de los medicamentos, qué líneas de investigación se desarrollan y cuáles no, qué porcentaje de la humanidad tiene acceso a la salud... Eso es lo que determina que
11 millones de niños mueran cada año por enfermedades que
fácilmente se hubieran podido prevenir, mientras los grandes monopolios
se reparten un mercado sanitario que asciende a 54 billones de pesetas.
Es el mismo control del mercado farmacéutico por parte de un restringido
puñado de enormes monopolios, que se rigen únicamente por
el máximo beneficio, lo que se convierte en sí mismo en
un peligro. Por eso, la presidenta de la OMS ha declarado que “la
salud y los intereses de la propiedad son incompatibles. Mientras que
un dirigente sudafricano declaraba que “quienes se lucran con el
SIDA son peores que el virus”. Incompatibles con la sociedad De Chirac bien puede decirse que ha tenido fascinada durante casi medio siglo a la plutocracia francesa por ser él la expresión intelectual más acabada de su propia corrupción como clase
La imagen de los líderes del G-8 decidiendo los destinos del planeta, pontificando sobre la vida y la muerte de millones de personas, se ajusta a las palabras de Lenin: “El capitalismo se ha transformado en un sistema universal de opresión colonial y de estrangulación financiera de la inmensa mayoría de la población del planeta por un puñado de países “avanzados”. Este “botín” se reparte entre dos o tres potencias rapaces de poderío mundial, armadas hasta los dientes que, por el reparto de su botín, arrastran a su guerra a todo el mundo”. Ésta es la raíz de la pobreza. Un ínfimo puñado de burguesías que vampirizan al planeta, imponiendo su dominio a través de gigantescos Estados que garantizan, a veces a través de la intervención política, a veces directamente por la fuerza, su cuota de explotación. Marx estabeció que “la condición esencial de la existencia y de la dominación de la clase burguesa es la acumulación de la riqueza en manos de particulares, la formación y el acrecentamiento del capital”. En la época del imperialismo, esa ley ha generado un insoportable abismo de clase. El último informe de la ONU advierte que los llamados Objetivos del Milenio –reducir a la mitad el número de pobres en el año 2015– será inalcanzable para 93 países que representan al 62% de la humanidad. Mientras las 225 personas más ricas del planeta poseen tanto como 2.500 millones de personas. 1.600 millones de personas viven en peores condiciones que hace diez años, pero los 200 mayores monopolios –propiedad de las seis grandes potencias que son el núcleo del G-8- controlan una producción mayor que la de los 182 países donde vive la mayoría del planeta. Cada vez hay menos que tienen más, cada vez la humanidad es capaz de producir más y mayores riquezas, pero éstas se concentran cada vez en menos manos. Abismo social que separa a los poseedores del capital, un pequeño puñado de burguesías monopolistas, de la inmensa mayoría de la humanidad, que sólo tiene su fuerza de trabajo para vender. Pero también, el sistema de explotación mundial en que consiste el imperialismo condena, inevitablemente, a un sector inmenso de la humanidad a condiciones infrahumanas. Al mismo tiempo que los beneficios de grandes bancos y multinacionales se han multiplicado, 89 países y 1.600 millones de personas viven hoy peor que hace diez años. Todo un continente, Africa, ha sido devastado, devoradas todas sus riquezas, a costa de provocar guerras, genocidios, hambrunas… Tal y como estableció Marx hace 150 años: “todas las sociedades anteriores han descansado en el antagonismo entre clases opresoras y oprimidas. Mas para oprimir a una clase es preciso asegurarle, unas condiciones que le permitan, por lo menos, arrastrar su existencia de esclavitud. El siervo, en pleno régimen de servidumbre, llegó a miembro de la comuna, lo mismo que el pequeño burgués llegó a elevarse a la categoría de burgués, bajo el yugo del absolutismo feudal. El obrero moderno, por el contrario, lejos de elevarse con el progreso de la industria, desciende siempre más y más por debajo de las condiciones de vida de su propia clase. El trabajador cae en la miseria, el pauperismo crece más rápidamente todavía que la población y la riqueza.(La burguesía) no es capaz de dominar, porque no es capaz de asegurarle al esclavo su existencia, ni siquiera dentro del marco de la esclavitud, porque se ve obligada a dejarle caer hasta el punto de tener que mantenerle, en lugar de ser mantenida por él. La sociedad no puede seguir viviendo bajo el imperio de esa clase; la vida de la burguesía se ha hecho incompatible con la sociedad". ¿Pero alguien se cree lo del mercado libre? La abolición de los subsidios agrícolas en los países ricos ha sido una propuesta defendida por Blair bajo el argumento de que eso beneficiaría el libre mercado y permitiría competir a los productos del Tercer Mundo. Aparcando que el verderaro objetivo de Blair es golpear al ultrasubvencionado campo galo, provoca hilaridad oirle hablar de mercado libre. El mercado mundial de productos agrícolas y materias primas está controlado, no por los productores –mayoritariamente países del Tercer Mundo– sino por las grandes potencias, que fijan los precios en función de sus intereses: comprar barato. Así, provocan el hundimiento de los precios, hasta el punto de que el café o el azucar han reducido su valor cuatro veces en los últimos veinte años, y el cobre o el plomo a menos de la mitad. Los beneficios de las grandes potencias han aumentado, mientras que los países que dependen de la exportación de estas materias se han hundido. |
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