INTERNACIONAL

Guerra petrolera entre Pekín y Washington
Silenciosa disputa geoestratégica

La irrupción de la Casa Blanca en las negociaciones ha hecho salir a la luz la verdadera dimensión del asunto, muy superior a la posesión de unos cuantos cientos de miles de barriles de petróleo más o menos

El próximo 10 de agosto es el límite máximo para que los accionistas de la empresa petrolera norteamericana UNOCAL decidan por qué oferta de compra se inclinan: si por la de la tejana Chevron o por la de la china CNOOC.

La beligerancia con que el Congreso y buena parte de los medios de comunicación norteamericanos se han enfrentado a la oferta china ha tenido, hasta ahora, como pretexto la importancia estratégica “sensible” del mercado de futuros del petróleo para EEUU. Sin embargo, la irrupción de la Casa Blanca en las negociaciones ha hecho salir a la luz la verdadera dimensión del asunto, muy superior a la posesión de unos cuantos cientos de miles de barriles de petróleo más o menos.

En un viaje relámpago a Pekín, la secretaria de Estado norteamericana, Condolezza Rice –antigua consejera de Chevron– ofrecía un acuerdo a las autoridades chinas: Chevron compra Unocal y CNOOC le compra luego los activos gasistas que la petrolera tiene en todo el mundo, incluida Australia. ¿Por qué ese interés del poder político en resolver cuanto antes y de la forma más discreta posible un conflicto entre empresas?

La clave de todo el asunto está en los intereses de UNOCAL en la construcción del futuro oleoducto del Mar Caspio, una vía directa para el transporte de petróleo desde el Caspio hasta el Índico, pasando por Turkmekistán, Afganistán y Pakistán. Una obra considerada prioritaria desde hace al menos una década por EEUU –el actual vicepresidente Dick Cheney fue su máximo impulsor en su etapa como consejero delegado de Halliburton– para crear una vía directa (independiente de Irán) que les asegure el control del suministro petrolero desde las repúblicas caucásicas y del Asia Central hacia el Lejano Oriente (Japón, China, Corea del Sur,...)

Las conexiones de UNOCAL tanto con Afganistán como con los núcleos de poder político que hoy dominan en Washington son amplias y vienen de antiguo. El actual presidente afgano, Hamid Karzai, trabajó durante años como asesor de la petrolera. Igual que Zalmay Khalilzad, antiguo enviado especial de la Casa Blanca para Afganistán y actualmente embajador en Irak. Ellos condujeron (a mediados de los 90) la negociación que concluyó con el compromiso de los talibanes de permitir a UNOCAL la construcción del oleoducto cuando alcanzaran al poder, pacto que movilizó apoyos políticos y recursos financieros norteamericanos hacia ellos. En 1997, representantes del gobierno talibán firmaron en Texas –gobernada entonces por Bush– el acuerdo para su construcción. La negativa del mulláh Omar a ratificar el acuerdo alcanzado marca el fin del apoyo norteamericano al régimen talibán y el inicio del cambio de táctica que desembocaría en la guerra de Afganistán en octubre de 2001. Desde entonces, el proyecto de oleoducto ha avanzado sustancialmente, hasta el punto de que las tropas norteamericanas están concentradas en controlar –además de la capital, Kabul– la zona suroccidental del país por donde debe discurrir su trazado.

Además de todo esto, el principal accionista de UNOCAL es una gestora de fondos de Boston que mantiene una alianza estratégica con la empresa de capital-riesgo Carlyle, de la que son miembros directivos personajes como Bush padre, el ex vicedirector de la CIA y ex secretario de Defensa Frank Carlucci o el ex secretario de Estado James Baker. Empresa que canaliza y gestiona las multimillonarias inversiones saudíes –entre otras las de la familia de Bin Laden– en EEUU y de la que se sospecha que pudo estar implicada en los frenéticos pero sigilosos e hiperrentables movimientos especulativos que recorrieron Wall Street los días previos al 11-S.

Intereses geopolíticos, control de recursos estratégicos y poder político aparecen así entrecruzados en la disputa. UNOCAL necesita buscar los recursos financieros de los que carece para seguir avanzando en el proyecto del oleoducto hacia el Índico. Pero Washington no está dispuesto a consentir que, en esa búsqueda, sus activos estratégicos caigan en manos, justamente, de aquellos contra los que fueron diseñados.

A. Beloki