MOVIMIENTOS SOCIALES Las
movilizaciones contra el G-8 El problema no radica en una injusta distribución de la riqueza, sino en que un pequeño puñado de burguesías y grandes monopolios se apropien del trabajo de la humanidad |
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Los Bush, Blair, Chirac, Schröder o Putin han vuelto a encontrarse –en su reunión habitual del G-8– con una respuesta multitudinaria, que se niega a aceptar que un reducido grupo de potencias y monopolios decidan sobre el destino de la humanidad. Por un lado, la campaña “Haz de la pobreza historia” ha sacado a la calle a millones de personas en todo el planeta. Y por otro, durante la misma cumbre se han desarrollado infinidad de actividades de protesta. En la inmensa mayoría de los que han participado en cada una de ellas existen profundas aspiraciones de cambio, pero la línea que las dirige sitúa límites y contradicciones, impidiendo que toda esa energía se convierta en un impulso de transformación. ¿Se puede continuar exigiendo sólo reivindicaciones concretas –unas más radicales, otras más pragmáticas–, pero sin plantear una alternativa global a los desmanes del imperialismo? Presionar o transformar La campaña “Haz de la Pobreza Historia” ha conseguido movilizar a millones de personas en todos los rincones del planeta, revitalizando una presión social que enlaza con las que, hace unos años, exigió la instauración del 0,7% del PIB para ayuda al Tercer Mundo. Se trata de un movimiento muy diverso, y esa dispersión permite agrupar a muchos sectores, pero también es uno de sus puntos débiles. A ella se han adherido sindicatos, organizaciones progresistas, o personajes como Nelson Mandela, cuya denuncia de la pobreza se eleva radicamente para denunciar a las principales potencias. Pero también, debajo del manto de “la lucha contra la pobreza” se cobijan Bill Gates o el especulador George Soros. Una paradoja que trae a la memoria la aparentemente inexplicable financiación de la Fundación Ford a un sector del Foro Social de Bombay, que aceptaban subvenciones de los mismos que decían combatir. Desde el instante en que el movimiento antiglobalización irrumpió en Seattle como un protagonista activo, desde Washington, pero también desde París o Berlín, han intentado reconducir la radicalidad de “otro mundo es posible” hacia una rebeldía asumible por los grandes centros de poder. Y para ello han utilizado todas las armas disponibles: el lazo de las subvenciones hacia las organizaciones que se han dejado controlar, la creación de algunas ONGs... Prevenirse de estos “falsos amigos
contra la pobreza” es fundamental para evitar que todo el movimiento
acabe extraviado y manipulado. No es que no haya que exigir que se tomen medidas urgentes para impedir que millones de personas mueran por causas que con evitables. Pero no será posible acabar con la pobreza sin finiquitar un orden social que hace posible que millones fenezcan de hambre cuando 225 fortunas poseen tanto como media humanidad. Exigir a los líderes del G-8 que incrementen las ayudas es dejar en las manos de los representantes de las principales potencias imperialistas y monopolios la solución. Los que han creado el problema no pueden
enmendarlo. Renunciar es perder Pero los principales culpables de esto, son precisamente algunos de los que critican airadamente de reformistas a los promotores de campañas como la del 0,7%. Son los dirigentes de la izquierda que hace tiempo que renunciaron a cambiar el mundo de base para abrazar alternativas más realistas. Son quienes abandonaron el marxismo –la teoría que ha permitido a la humanidad cuestionar las bases de la dominación burguesa y llenar de contenido la reivindicación de que “otro mundo es posible”– calificándolo de obsoleto, para pasar a entregarse a luchas sectoriales, renunciando a cualquier alternativa global. Esa renuncia a las herramientas que han permitido históricamente transformar la realidad de acuerdo a los intereses de los explotados, es la mejor victoria para el G-8. Así, estaremos siempre –por muy radicales que aparentamente sean las exigencias– en su terreno, en el de una mayor o menor explotación, pero sin cuestionar el orden social que la sustenta. Las tres líneas de Glengeale Las movilizaciones contra la cumbre del G-8 han sido impulsadas por tres grupos claramente diferenciados. Por un lado Make Poverty History (Haz de la Pobreza Historia) es la campaña internacional responsable de la cadena de manifestaciones –que empezó en Madrid y concluyó ante la cumbre– o de los conciertos Live8. Se trata de una amplia campaña de ONGs impulsada en septiembre del 2004 por Oxfam, Action Aid y DATA (una controvertida ONG creada por Bono, George Soros y Bill Gates), a la que se han sumado 460 grupos entre los que se encuentran confederaciones de sindicatos o grupos de cristianos de base. Su objetivo es generar una presión social que obligue a los países ricos a incrementar su ayuda al Tercer Mundo. El G-8 Alternatives ha sido uno de los principales impulsores de la contraconferencia, y de la marcha donde la represión de la policía se unió a las acciones de pequeños grupos de provocadores. G-8 Alternatives se ha constituido como una coordinación de organizaciones que incluye movimientos contra la guerra, sindicatos, ecologistas, grupos de inmigrantes... Y, por último, la Red Dissent!, de caracter autonómo, fue impulsada en el 2003 por personas vinculadas a la red Accion Global de los Pueblos (AGP) con el objetivo de coordinar la resistencia radical en la cumbre del G8. Entre las principales acciones de Dissent! destaca “el carnaval contra la esclavitud de salarios, las ganancias y la deuda”; la organizacion de un espacio de convergencia rural y autogestionado en un sistema de barrios autonomos; y una jornada contra el cambio climatico con el objetivo de “inundar el G8”. ¿Globalización o imperialismo? “Lo que se llama globalización es en verdad otro nombre empleado para definir la posición dominante de los Estados Unidos” (Henry Kissinger) ¿Contra quién luchamos? ¿Quiénes son nuestros enemigos? La respuesta a estas preguntas tiene una importancia crucial, decide el mismo destino de la lucha. No es lo mismo combatir contra un capital transnacional que no tiene anclaje en ningún Estado, o frente a un gobierno mundial representado en el G-8, que contra burguesías con nombres y apellidos que tienen detrás gigantescos Estados imperialistas. Mientras una buena parte del movimiento antiglobalización se despeña afirmando que el enemigo es un difuso neoliberalismo sin ningún centro concreto, y donde la economía domina a la política, Henry Kissinger –ex secretario de Estado norteamericano, cerebro del golpe de Pinochet– es rotundo al afirmar que “lo que se llama globalización es en verdad otro nombre empleado para definir la posición dominante de los Estados Unidos”. Frente a la idea de “capitales
sin patria”, lo que existe en la realidad son burguesías
monopolistas extremadamente poderosas: sólo seis potencias son
propietarias de los 200 mayores monopolios, y de ellos el 70% son norteamericanos.
Los hechos han demostrado que son las superpotencias, hoy EEUU, el enemigo
de todos los pueblos del mundo, y que su poder descansa en gigantescos
Estados que pueden movilizar miles de soldados en cualquier parte del
mundo para defender sus intereses. ¿Es que acaso el problema del
viejo continente es la Europa del Capital? ¿O los intereses de
dominio de las burguesías alemana y francesa, que utilizan las
instituciones de Bruselas para imponerlos? J. Arnau |
La renuncia a las herramientas que han permitido históricamente transformar la realidad de acuerdo a los intereses de los explotados, es la mejor victoria para el G-8.
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