PERFIL Los suicidas del 7-J Los suicidas del 7-J no eran fanáticos religiosos ni estaban impulsados por la desesperación de la pobreza, eran integrados ciudadanos británicos de clase media |
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| El estereotipo dominante del terrorista islámico –reducido a un fanático religioso que, mitad por la lobotimización sufrida, mitad porque no tiene nada que perder, decide inmolarse– no encaja con ninguno de los verdugos del 7-J. La sociedad británica se ha sorprendido ante el hecho de que los suicidas que ocasionarion decenas de muertos no eran sino ciudadanos británicos, de origen pakistaní pero plenamente occidentalizados. Todos ellos eran islamistas, pero ninguno de ellos era excesivamente religioso. Shezad Tanwer jugaba al criquet y al fútbol, Hasib Hussain tenía fama de “chico díscolo”, Mohamed S. Khan vivía como un respetado educador social dedicado al cuidado de niños discapacitados, Lindasy Germain era incluso de origen jamaicano... No eran, como se ha dicho, hombres de las madrassas, dedicados a una religiosidad fanática. Eran soldados formados, que esperaban calladamente el momento de entrar en combate. Tampoco podemos decir que
fueran elementos desclasados, impulsados por la desesperación de
la pobreza. Pertenecían a familias de clase media, relativamente
acomodadas, y perfectamente integradas en el modo de vida británico:
graduados de universidad, hijos de comerciantes cuyas tiendas prosperaban,
funcionarios con sueldo fijo... Pero es que como grupo todavía están más alejados de la imagen de un colectivo de fanáticos religiosos. Formaban un grupo de precisión, con funciones propias de unos servicios de inteligencia, capaz de organizar una operación político-militar en uno de los principales países del mundo, y en las narices de sus servicios de inteligencia, el MI5. Hay quien plantea que la base donde germinan los suicidas son las comunidades musulmanas, especialmente numerosa en Londres, de su red de mezquitas y predicadores incendiarios. Pero no se responde a por qué en Francia y Alemania, con una de las comunidades musulmanas más amplias de Europa, todavía no se ha producido ningún atentado. Un grupo suicida no surge espontáneamente. Hace falta alguien que lo forme, lo organice. Detrás de cada suicida hay mucho dinero –en medios, en preparación...–, mucha capacidad de estrategia política –eligiendo el lugar y la fecha adecuada para conseguir las repercusiones adecuadas–. Los grupos pueden ser locales, pero la red es global. Su financiación nos lleva a algunas de las principales fortunas árabes, sus estrategas son cuadros como Bin Laden, formados en las mejores universidades del mundo... Nada que ver con la desesperación de la pobreza. Actúan como un centro de poder global, que utiliza banderas religiosas, pero que defiende objetivos terrenales: consegir para las burguesías árabes el poder político que se corresponde a la ingente acumulación de riqueza que el petróleo ha colocado en sus manos. Joan Arnau |
No eran, como se ha dicho, hombres de las madrassas, dedicados a una religiosidad fanática. Eran soldados formados, que esperaban calladamente el momento de entrar en combate.
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