EDITORIAL INTERNACIONAL

Visita de Condoleezza Rice a Israel y Palestina
Pendiente de un hilo

El más mínimo traspiés en el proceso de paz puede acabar de minar la presidencia de Abu Mazen y, con él, la influencia adquirida por Washington sobre la ANP tras la muerte de Arafat

A medida que la situación en Irak se complejiza extraordinariamente por el inacabable incremento de una violencia a la que no se ve una salida militar viable en el futuro inmediato; que las fuerzas más radicalmente antinorteamericanas en la región consolidan sus posiciones políticas (Irán, Líbano,…) y que el terrorismo islamista extiende sus feroces zarpazos tanto hacia Occidente (Inglaterra) como hacia Oriente (Egipto), el encauzamiento de la cuestión palestina adquiere en estas condiciones un papel vital para los planes de Washington en la región.

La visita relámpago de la secretaría de Estado, Condoleezza Rice, a la zona así lo confirma. Por un lado prestándole todo el apoyo a Sharon en unos momentos en que los fundamentalistas ortodoxos están en pie de guerra contra él, intentando frenar la retirada israelí de los asentamientos ilegales de Gaza prevista para finales de verano. Pero pese a toda la oposición de los radicales judíos, la retirada de Gaza y de parte de Cisjodarnia es un punto clave, no ya para el éxito futuro de la aplicación completa de la hoja de ruta, sino para el mismo mantenimiento de la precaria tregua vigente desde el pasado mes de marzo. Cualquier vacilación o retraso en el desmantelamiento de las colonias ilegales significaría tal pérdida de credibilidad y liderazgo de la actual Autoridad Nacional Palestina (ANP), y a partir de ese momento todo el delicado equilibrio conseguido tras los acuerdos de Egipto se vendría abajo. Reforzar a Sharon en ese punto, hacer explícito el apoyo de Washington a la retirada israelí de Gaza en el momento de máxima contestación, cuando desde diputados del Likud a grandes rabinos pasando por unidades del ejército han hecho explícito su rechazo, ha sido el principal objetivo de la visita. Sobre todo porque la retirada de Gaza es sólo un ensayo, el primer pulso de lo que todos vaticinan será un virulento enfrentamiento cuando llegue el momento de la retirada de Cisjordania.

Al mismo tiempo, la visita de Rice ha estado dirigida a mostrar una vez más públicamente el total respaldo norteamericano a Abu Mazen. Un hombre de su confianza pero que llegó a la presidencia de la ANP en unas condiciones de falta de autoridad política y de debilidad en su liderazgo en que todos los apoyos de Washington son pocos para tratar de dotar de estabilidad a su gobierno. El delicado equilibrio interno de la propia Al-Fatah –la organización a la que pertenece Abu Mazen–, unido a la desconfianza que su política y su persona provocan en las facciones armadas radicales (Hamás, la Yihad Islámica, las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa) hacen que cualquier tropiezo o retraso en la aplicación de los acuerdos de la hoja de ruta se convierta en una amenaza para su continuidad en el cargo. Las pasadas elecciones municipales en Gaza, donde la subida electoral de Hamás fue directamente proporcional al retroceso de Al Fatah, han puesto de manifiesto que la correlación de fuerzas en el seno del pueblo palestino se decanta cada vez más rápidamente hacia los sectores radicales. Y en estas condiciones el más mínimo traspiés en el proceso de paz puede acabar de minar la presidencia de Abu Mazen y, con él, la influencia adquirida por Washington sobre la ANP tras la muerte de Arafat.

De todas las iniciativas políticas y diplomáticas puestas en pie por EEUU tras el fin de la guerra de Irak, el proceso de paz entre israelíes y palestinos es el único que, mal que bien, avanza por el momento en un sentido favorable a sus planes de crear un “círculo de seguridad” en torno a Irak y estabilizar la zona como requisito imprescindible desde el que abordar con garantías de éxito la reconstrucción de un Irak pronorteamericano. Mientras en Líbano el atentado contra el ex primer ministro Rafik Hariri y la retirada de las tropas sirias no ha supuesto un cambio sustancial en la correlación de fuerzas internas; mientras la política de aislamiento de Teherán se ha saldado con un fortalecimiento de los sectores más antihegemonistas y mientras el debilitamiento de Siria no se traduce, hasta ahora, en la ansiada implosión de su régimen, la retirada de las colonias israelíes de Gaza es, por el momento, el único activo real que puede presentar Bush en la región. Avanzar en ese proceso se ha convertido, pues, para la línea Bush en un imperativo de primer orden. Su problema es que –dadas las explosivas contradicciones en que se asienta– todo el proceso pende de un hilo susceptible de romperse en cualquier momento. Y, en caso de que esto ocurriera, la cadena de consecuencias que provocaría en el actual estado de todo el gran Oriente Medio pueden llegar a ser inimaginables.