INTERNACIONAL

China revalúa su moneda
La buena salud del señor Yuan

La emergencia de China está poniendo en cuestión la continuación y la viabilidad de un sistema monetario internacional que tenga al dólar como núcleo

Finalmente, la pasada semana, el gobierno chino decidía ceder a las insistentes presiones de las principales burguesías monopolistas mundiales (encabezadas por la norteamericana) y aumentaba el valor de su moneda, el yuan, reevaluándola en un 2,1%. Lo que significa, en términos contantes y sonantes, que si hasta entonces un dólar se cambiaba por 8,3 yuanes, a partir de ahora lo hará por 8´11. Aunque todo los bancos centrales y los organismos financieros internacionales han aplaudido la medida, lo cierto es que se trata de una decisión que busca obtener más réditos políticos que consecuencias económicas llegará a tener en lo inmediato. Y está, desde luego, muy lejos del 10% que reclamaban las principales potencias económicas del mundo .

Además de proceder a una reevaluación de su moneda muy inferior a la que esperaban sus competidores, el yuan –hasta ahora encadenado a las fluctuaciones del dólar– pasará a flotar “libremente” en el mercado de divisas, pero lo hará en una estrecha banda del 0’3% y tomando como referencia una cesta de monedas que el gobierno chino no ha dado a conocer. Dicho en otras palabras, el gobierno chino no renuncia en absoluto a seguir ocupando una cuota cada vez mayor del mercado mundial para sus productos manufacturados, pero al mismo tiempo continúa reservándose para sí el control absoluto de las condiciones internas de su propio desarrollo económico. Pero, ¿por qué es tan importante para las economías más industrializadas la reevaluación del yuan?

Una competitividad desbordante

Durante décadas, las principales potencias imperialistas alentaron a China para que abandonara la causa del socialismo y emprendiera el camino del capitalismo. A mediados de los años 70, el gobierno chino hizo caso omiso de la primera recomendación, pero emprendió las reformas necesarias para desarrollar lo que llaman una “economía socialista de mercado con características chinas”. Desde entonces, los resultados en cuanto a desarrollo económico y creación de riqueza de la sociedad china han sido espectaculares.

30 años después, la economía china se ha convertido en la tercera del mundo y, de continuar a ese ritmo de desarrollo, en apenas dos décadas se habrá convertido en la primera. Y en la base de este meteórico desarrollo, una desbordante competitividad que permite a las industrias chinas ocupar los mercados mundiales con productos con una relación calidad-precio inasequible para cualquiera de sus competidores. Frenar esa competitividad –en la medida que puedan– y detener su creciente ocupación de los mercados se ha convertido en uno de las principales desafíos para las burguesías monopolistas desarrolladas. En la actualidad, ya en sectores de mano de obra intensiva y escasa inversión tecnológica como textil, juguetes o calzado, la producción industrial china está en condiciones de acaparar el 50% del mercado mundial. Con todas las consecuencias que ello supone de destrucción de industrias locales y empleo.

Pero con ser esto importante para las burguesías monopolistas más fuertes –pues afecta no tanto a sus beneficios como al “modelo social del bienestar” en que se basa su dominio–; lo verdaderamente preocupante para ellas es que esta productividad y capacidad de competencia se extiende al resto de sectores industriales que van tomando fuerza en China a medida que su economía se desarrolla: acero, electrónica de consumo, electrodomésticos, automóviles, informática, investigación espacial,… El gigante asiático camina a marchas forzadas a convertirse –si no lo está siendo ya– en la auténtica “fábrica del mundo” y su enorme capacidad de exportación y venta representa una amenaza para la balanza comercial de las hasta ahora consideradas grandes potencias industriales del mundo. Y sobre todo para la norteamericana.

Los déficits gemelos

Toda la supremacía política y militar en que se basa la hegemonía norteamericana se asienta sobre una base económica cada vez más endeble. El declive económico norteamericano corre en paralelo –y a una velocidad similar– al crecimiento económico chino. Y la expresión más exacta de esta relación la proporcionan los llamados “déficits gemelos” de EEUU. Por un lado un déficit comercial gigantesco –importar mucho más de lo que exporta– con China. Para el año 2005, los expertos consideran que el déficit con el país asiático superará con mucho los 132.000 millones de euros (22 billones de las antiguas pesetas) alcanzados en 2004.

Pero al mismo tiempo, mantener la hegemonía militar en el mundo le cuesta a EEUU mucho más de lo que tiene, por lo que el Estado norteamericano se ve obligado a endeudarse. ¿Con quién? Lógicamente con quien tiene dinero, es decir, con las principales economías asiáticas y en particular con China, de la que se calcula que posee no menos de 220.000 millones dólares (casi 37 billones de pesetas) en bonos del Tesoro americano.

En este contexto, cae de su propio peso que las exigencias norteamericanas para la reevaluación del yuan tienen sus razones económicas, pero también un aspecto político de primer orden. Porque en definitiva lo que la emergencia de China como jugador activo y de peso en el mercado mundial está poniendo en cuestión es la continuación y la viabilidad de un sistema monetario internacional que tenga al dólar como núcleo. Y esto sí que constituye una exigencia política inexcusable para el mantenimiento de la hegemonía norteamericana. Que obliga al resto de potencias a someterse a un cierto grado de disciplina en este terreno y una mínima aceptación de “las reglas del juego” que se derivan de la posición central del dólar. Y que por ello se constituye como uno de los centros de la disputa que mantiene con los dirigentes chinos, para quienes el problema es cada vez menos la reevaluación del yuan, sino encontrar otro sistema de referencia. Y en tanto que el dólar ya no es –no puede serlo– una divisa estable, apuestan por cambiar a un sistema monetario internacional más flexible, con un núcleo más diversificado de divisas.

A. Lozano

El gigante asiático camina a marchas forzadas a convertirse –si no lo está siendo ya– en la auténtica “fábrica del mundo” y su enorme capacidad de exportación y venta representa una amenaza para la balanza comercial de las hasta ahora consideradas grandes potencias industriales del mundo.