INTERNACIONAL

60º anviersario del bombardeo de Hiroshima y Nagasaki
Las entrañas del monstruo

En el camino abierto desde España por los juicios contra Pinochet y la dictadura Argentina, también está en proceso desde hace varios años el genocidio en Guatemala de 200.000 personas.

Al recordar Hiroshima y Nagasaki suelen destinarse muchas líneas a la descripción del horror, pero pocas a quien lo ejecutó; se dedican artículos a las víctimas, pero casi ninguno a señalar a los verdugos.
¿Ha debido responder Washington alguna vez de este horrendo crimen múltiple? ¿Qué puede esperarse de una superpotencia cuya acta de nacimiento está escrita sobre las cenizas de 140.000 cadáveres, pulverizados en un instante, sobre un millón de muertes provocadas por la radiación?

Se ha escrito mucha literatura acerca de que el horror atómico fue una dura decisión adoptada por EEUU para evitar una destrucción superior si la guerra continuaba. Todo mentira. No es más que un velo de plomo para esconder que fueron capaces de asesinar, fría, meticulosa e industrialmente –en un número fuera del alcance del más sanguinario déspota de tiempos pasados– para coronarse como los únicos dueños del planeta. ¿Pero es que alguna vez las potencias imperialistas han dedicado un solo segundo a preocuparse del costo en vidas humanas que suponían sus proyectos?

Para conocer la verdad es necesario destruir la mentira, derribar las tergiversaciones de la realidad. Y una de las “mentiras oficiales” más interesadamente cultivadas es aquella de que el lanzamiento de las dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki tenía como objetivo obligar a Japón a rendirse, evitando así la continuidad de una guerra que había connmocionado al planeta por su extrema crueldad.

Retrotrayámonos a mediados de 1945. Alemania estaba ya derrotada... y Japón, aislado y débil, iba a seguir inevitablemente el mismo camino. El mismo general McArthur reconocía que “los japoneses están agotados, el emperador del Japón quiere firmar un armisticio y el golpe de gracia podría darse en un plazo de semanas mediante armas convencionales”. De hecho, en junio de 1945, al día siguiente de la caída de Okinawa, y dos meses antes de Hiroshima, el emperador japonés pedirá al gobierno soviético que reciba al príncipe Konoye en Moscú para aceptar una rendición incondicional. Similares mensajes habían llegado hasta Washington a través de varios conductos.

En Japón, el mismo emperador proponía al Consejo de la Guerra la aceptación de una rendición como camino inevitable. Sólo la resistencia de los sectores nipones más militaristas, y la intención de Tokio de ganar tiempo para negociar las mejores condiciones, retrasaba la rúbrica de la capitulación. El poder imperial japonés estaba ya reducido a un nivel donde no podía ganar, y encadenaba derrota tras derrota, contemplando cómo la misma capital era arrasada por bombardeos de napalm.

Los centros de poder de Washington tenían plena conciencia de que ésta era la situación. No era una “necesidad de guerra” la utilización de la bomba atómica, ni su objetivo era la postración definitiva del militarismo nipón. Sin embargo, los consejeros de Truman en el Comité Interino redactaron un informe instando a que se usara la bomba. Recomendando que el objetivo fuera al mismo tiempo una instalación militar y un gran centro de población susceptible del máximo efecto destructor. Todo meticulosa y criminalmente planificado.

Carta de presentación sangrienta

Los verdaderos motivos del lanzamiento de las bombas atómicas nos llevan a Yalta y Potsdam. En esas reuniones ya se había pasado factura de la derrota germana y nipona, y las potencias vencedoras negociaban cuál iba a ser el nuevo reparto del mundo. En ese momento, la Unión Soviética había liberado toda la Europa Oriental, hasta presentarse en las calles de Berlín, y proyectaba entrar en la guerra en Asia para fortalecer su posición sobre esa zona.

Reducida la Alemania nazi y neutralizado Japón, todos los esfuerzos norteamericanos se dedicaban a impedir la expansión soviética, a evitar, en definitiva, que la guerra imperialista diera como resultado un bloque socialista excesivamente poderoso. Acelerar la rendición de Japón antes de que la URSS entrara de lleno en la guerra en Asia fue uno de los objetivos de la masacre de Hiroshima.

En la partida por establecer un nuevo reparto del mundo, la burguesía norteamericana sacó de la manga un as de picas insuperable: el monopolio sobre el armamento atómico, demostrado con una sangrienta exhibición. Sobre los centeneres de miles de muertos de Hiroshima y Nagasaki se edificó la hegemonía norteamericana.


¿Cuántos Hiroshimas han provocado?

No han arrojado otra bomba atómica, pero el imperialismo ha provocado desde entonces varias decenas de muertes más que en Hiroshima

Suelen ofrecernos la imagen de Hiroshima y Nagasaki como la de un horror irrepetible, producto de la espiral de barbarie de la Segunda Guerra Mundial. Pero un breve repaso a las décadas posteriores nos muestra que la barbarie industrial, la capacidad de segar vidas a un ritmo criminal jamás conocido por la humanidad, acompaña a todas y cada una de las actuaciones del imeperialismo.

Corea

En 1950, el Secretario de Defensa Norteamericano da luz verde a un amplio proyecto de guerra bacteriológica durante la guerra de Corea, dándole la consideración de prioridad estratégica. Desconocemos su verdadera magnitud, pero el programa investigaba entre otros, la propagación del cólera, la disentería, la fiebre tifoidea y el botulismo.

Vietnam

Entre 1961 y 1971, EEUU roció 72 millones de litros de herbicidas sobre suelo vietnamita, correspondiente al químico defoliante conocido como “agente naranja” y al napalm incendiario, un compuesto de gasolina, benzol y poliestireno. Más de dos millones de hectáreas fueron contaminadas con dioxina. Según la Cruz Roja, el 95% de las personas investigadas en áreas de Vietnam del Sur presentan una cantidad de dioxina 800 veces superior a lo normal. Después de 25 años, unos 300.000 niños nacidos después de la guerra, de padres que sirvieron como soldados o que vivían en las zonas fumigadas por el “agente naranja”, sufren de malformaciones congénitas, impedimentos físicos y mentales, falta de masa muscular en los miembros y cáncer, entre otras afecciones. Uno de cada cien niños vietnamitas muere a causa de la contaminación biológica provocada por EEUU.

Irak

Durante la guerra del Golfo, EEUU lanzó 994.000 proyectiles sobre la antigua Mesopotamia. Muchas de las ojivas estaban revestidas con uranio empobrecido, un residuo derivado del combustible de los reactores nucleares y las bombas atómicas.
Entre 1989 y 1994, los casos de cáncer aumentaron un 55%, según la ONU. Durante ese periodo, 200.000 niños fueron ingresados cada mes como consecuencia de dolencias directamente vinculadas al uso de uranio empobrecido. En Basora, especialmente castigada por la aviación norteamericana, los casos de cáncer han aumentado un 220%, y más de la mitad de los recién nacidos padecen malformaciones genéticas.

Kosovo

La OTAN reconoce en uno de sus informes haber lanzado sobre Kosovo entre 10 y 17 toneladas de uranio empobrecido. Los análisis de la munición usada por la OTAN en Kosovo identificaron además rastros de plutonio (altamente cancerígeno) y un isótopo del uranio especialmente radioactivo. No se ha vuelto a arrojar otra bomba atómica, pero la muerte esparcida por las distintas guerras y agresiones imperialistas supera varias decenas de veces las infringidas en Hiroshima y Nagasaki. No es ésta una capacidad privativa de EEUU. Todos conocemos el horror provocado por la burguesía alemana cuando ha desplegado sus ambiciones de dominio.

Lenin estableció que “el imperialismo es la opresión creciente de las naciones del mundo por un puñado de grandes potencias, es la época de la guerra entre esas grandes potencias por la ampliación y reforzamiento de la opresión de las naciones (…) el dominio del mundo es el contenido de la política imperialista, cuya continuación es la guerra imperialista”.

Hoy, con motivo de la conmemoración de la masacre, se ha vuelto a elevar desde numerosas voces el deseo de que nunca más vuelva a ocurrir. Es necesario recordar a Bertold Brecht cuando, tras la caída de Hitler, afirmó que “las entrañas que engendraron el monstruo siguen vivas”. Las entrañas que gestaron Hiroshima –el dominio imperialista impuesto a sangre y fuego– persisten todavía hoy. Sin cegarlas para siempre, la humanidad no podrá liberarse de la barbarie.

Joan Arnau

Los auténticos objeticos de EEUU al arrojar las bombas sobre Hroshima y Nagasaky fueron mpedir la expansión soviética en Asia -y con ello la formación de un bloque socialista excesivamente poderoso-, y la exhibición del monopolio sobre el amamento atómico -una demostración de fuerza que inaguraría la estapa de hegemonía norteamericana.