OPINIÓN Josu
Jon Imaz, Joseba Eguibar y Arnaldo Otegui: Nada en Imaz recuerda los gestos desabridos, las frases altisonantes, los mensajes incendiarios de su antecesor Arzallus. En contraposición a Imaz, Egibar representa su más depurada antítesis en las formas |
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| Tras la doble derrota del Plan Ibarretxe (rechazado en el Congreso español y vapuleado por los votantes vascos), la política vasca ha cambiado de guión. Si hasta ahora, con el pacto de Lizarra y el Plan Ibarretxe habían sido el ariete principal con el que avanzar hacia la desarticulación política del Estado y la fragmentación de España, las nuevas condiciones les han obligado a ceder este dudoso papel al tripartito catalán. Y como todo cambio de guión, éste también exige un cambio de protagonistas. Pero, a diferencia del período anterior, donde la agresiva ofensiva del nazifascismo reclamaba la presencia de un único actor principal (Arzallus) protagonizando y monopolizando la escena en exclusiva; esta nueva etapa caracterizada por la indefinición y la incertidumbre hasta ver como se resuelve el caso catalán requiere de otro reparto de papeles. Y en este nuevo reparto, a Josu Jon Imaz le ha correspondido el papel del bueno, a Joseba Egibar el del feo y a Arnaldo Otegui el del malo. En Imaz, de acuerdo con su papel de “bueno” de la película, todo son palabras respetuosas, gestos educados, expresiones amables: “soluciones dialogadas”, “soberanías compartidas”, fuera “estrategias de confrontación y de kale borroka”. Nada en él recuerda los gestos desabridos, las frases altisonantes, los mensajes incendiarios de su antecesor en la presidencia del Euskadi Buru Batzar, Xabier Arzallus. En contraposición a Imaz, Egibar representa su más depurada antítesis en las formas. Hijo (político) predilecto de Arzallus, todo lo que en Imaz es afabilidad jesuítica, en Egibar adopta la forma ruda y tosca, la aspereza y la acritud de quien sabe que representa al “feo” y por lo tanto no necesita desplegar sus encantos (si es que los tiene) para ganarse el afecto y la simpatía del público. “Para compartir soberanía, primero hay que tenerla”; “para formar una mesa de diálogo no es necesario una condena previa de la violencia” han sido dos de sus frases más sonadas este verano. Realizadas justamente en contestación a las declaraciones en sentido contrario hechas por Imaz. ¿Proyectos diferentes, líneas distintas? Algunos –especialmente los sectores del PSE ansiosos por reeditar el “pacto de capitulación” ante el PNV– tienen puestas todas sus esperanzas en ello. Pero el mismo Imaz, con la sutileza que le caracteriza, les ha dado cumplida respuesta. “Las organizaciones modernas no funcionan como las orquestas sinfónicas, en las que uno lleva la batuta, sino como una de jazz, donde puede haber sonidos en una u otra dirección, pero el conjunto forma una armonía”. Y aunque la metáfora utilizada por Imaz no sea especialmente afortunada –se correspondería más con la realidad usar la imagen del policía inquisidor y el policía benevolente–, tiene sin embargo la virtud de mostrar la armonía de intereses –la preservación del régimen nazifascista– entre el “bueno” Imaz y el “feo” Eguibar. Pero esta trilogía no estaría completa sin el “malo” de la película. Para, en el caso de que las cosas se tuerzan, tener “una bala en la recámara” –nunca mejor empleada la expresión– que recuerde a todos que “el conflicto” sigue vivo. Y que para solucionarlo existe, como recordó recientemente Otegui, “un puño de hierro para todos aquellos que pretendan volver a someter a este país a una terapia que no soluciona el conflicto vasco”. Como para cualquier “malo” del spaghetti-western que se precie, también para Otegui la “terapia del puño de hierro” es la receta mágica capaz de arreglar cualquier conflicto. Josu Jon el bueno, Joseba el feo, Arnaldo el malo, tres protagonistas en busca de un mismo botín: perpetuarse en el poder y repartirse las nuevas prebendas que puede proporcionar su régimen nazifascista a costa de desmembrar España y entregar Euskadi al servicio de la potencia imperialista de turno. Aunque para ello tengan que sembrar de sangre y de muerte el territorio que dicen defender. A. Beloki |
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