EL OJO DEL BUHO

Reina por un día:
Ustedes son formidables

¡Hay que ver de lo que son capaces algunos por modernizarse!
En su afán por ponerse al día, por ser más innovadores que nadie, por remozar la doctrina e impedir que las malas lenguas los acusen de carcas o trasnochados, los dirigentes nacionalistas de la villa alavesa de Amurrio decidieron, en las recientes fiestas patronales, nombrar a dos insignes etarras encarcelados –a quien muchos tenían por fornidos hombres de pelo en pecho– como “reina de las fiestas” y “dama de honor” respectivamente. A tal fin, construyeron dos réplicas de madera a tamaño natural (ver foto) a las que el alcalde, de EA, y un concejal del PNV impusieron sendas bandas acreditativas de su nueva condición travestida de reina y dama de la corte.

“¿Que Zapatero legaliza las bodas entre homosexuales? Pues nosotros vamos más allá y reivindicamos la transexualidad como valor supremo de nuestras fiestas. ¿Que Zapatero se enfrenta a la jerarquía eclesiástica por ese motivo? Pues a talante no nos va a ganar nadie. Y conseguimos que el mismísimo rector de la Diócesis de Vitoria otorgue su bendición a esta nueva unión, leyendo el pregón de las fiestas ante sus retratos de “reinonas” desde el balcón del Ayuntamiento”.

No poco escándalo ha levantado que dos etarras condenados a más de 20 años por su activa colaboración con el comando Araba –autor de numerosos atentados y asesinatos– fueran ensalzados y homenajeados por alcalde y concejales del municipio. Yo, lo confieso, también estoy escandalizado. Pero por muy otras razones.

¡Si Sabino levantara la cabeza! ¿Dónde queda ahora, tras este ejercicio de travestismo político, su aguda observación sobre “el vizcaíno de andar apuesto y varonil” frente al “tipo femenil del español apuesto”? ¿Dónde el decoro de la raza, dónde la virtud de los “euskarianos de blusa”, dónde la inmaculada pureza de nuestros genes?

¡O tempora, O mores! Qué lejos quedan los tiempos en que santos y rectos varones, alcaldes de las parrokio-kavernas de Zamudio, Ajanguiz o Arrankudiaga publicaban bandos prohibiendo “el asqueroso baile que llaman agarrao”. O en que venerables jesuitas se flagelaban públicamente en la plaza mayor de Bergara reparando la inconcebible impiedad de que en las fiestas se hubieran bailado esos “peculiares bailes maketos indecentes hasta la fetidez”.

¡Hay que poner coto de inmediato a estos excesos! Pues temo para mis adentros que, de seguir por este camino, pronto asistiremos a nuevos e insólitos desmanes. Como por ejemplo el de presenciar en Lozoya una boda colectiva, con Arzallus y Ternera, Egibar y Santi Potros e Ibarretxe y Mobutu de contrayentes y nuestro bien amado pastor Setién de oficiante. Y eso no, la zoofilia y el canibalismo sí que no. ¡Hasta ahí podíamos llegar!

M. I. de Santa Cruz