EDITORIAL INTERNACIONAL La
Constitución iraquí Analistas y estrategas norteamericanos aseguran que un fracaso de EEUU en Irak tendría un impacto todavía más serio, profundo y duradero que la derrota en Vietnam |
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| La segunda ley de la termodinámica enuncia el concepto de entropía como una magnitud que permite medir el grado de caos o desorden de un sistema. La línea Bush se enfrenta al problema de que la entropía en Irak (en este caso el caos político, económico y militar desatado por su intervención) se dirige abiertamente hacia un cierto umbral a partir del cual –como saben bien los científicos–, las certezas desaparecen, el “orden” del sistema impuesto por la ocupación colapsa y deja de funcionar y, con ello, los riesgos de que su proyecto para el Gran Oriente Medio se venga irreversiblemente abajo se multiplican. Ni las extensas negociaciones (que han provocado por tres veces el retraso en la presentación del texto constitucional) ni las abiertas presiones (tanto del embajador y los jefes militares norteamericanos en Bagdad como del propio Bush, que mantuvo varias conversaciones telefónicas personales con dirigentes iraquíes) han podido impedir que, finalmente, los representantes de la minoría sunní rechacen el proyecto de Constitución. Federalismo, laicismo y condena del anterior régimen baasista son los principales puntos de conflicto entre sunníes, de un lado, y kurdos y chiítas del otro. Rechazo que representa un doble peligro, político y militar. Por un lado, basta con que 2/3 de los votantes de tres provincias se opongan a la Constitución, para que ésta quede sin efecto y deban convocarse elecciones para una nueva Asamblea Constituyente, lo que implica necesariamente retrasar el proceso político a partir del cual el Pentágono podría empezar a considerar una retirada parcial de sus tropas. Y los sunníes, pese a ser sólo 5,2 de los 28 millones de habitantes que suma la población iraquí, son la comunidad mayoritaria en más de tres provincias. Por el otro, como no se ha recatado en afirmar uno de los negociadores sunníes, “somos la voz de Irak que rechaza la ocupación extranjera”, es decir, el núcleo activo y principal que sostiene y del que se nutre la insurgencia y la resistencia armada al ejército invasor. Que queden excluidos del proceso político equivale a añadir gasolina al fuego de una insurrección que crece en el volumen y la efectividad de sus ataques. En estas condiciones, la posibilidad de un Irak fragmentado progresa al mismo ritmo que aumenta el descontrol político y militar de Washington sobre el país. Y esta posible fractura posee un potencial desestabilizador de consecuencias incalculables, no sólo para el orden geopolítico de la región misma, sino para todo el sistema de poder global sobre el que se asienta la hegemonía norteamericana. Como recuerdan estos días numerosos analistas y estrategas norteamericanos –desde Kissinguer hasta la revista Time– un fracaso de EEUU en Irak tendría un impacto todavía más serio, profundo y duradero que la derrota en Vietnam. Una perspectiva que, a su vez, está teniendo efectos devastadores para Bush en el mismo centro del Imperio. Ningún presidente desde la IIª Guerra Mundial –con la anomalía de Nixon durante el excepcional período del Watergate– había conocido una caída tan brusca y sostenida en sus índices de popularidad. Sólo 2 de cada 5 norteamericanos aprueban su gestión mientras que el 56% la suspende. Diferencia que se amplia considerablemente al valorar la dirección de la guerra en Irak, donde apenas un 34% de la opinión pública considera que EEUU esté avanzando en sus objetivos. Una oposición interna, además, que ha encontrado en la enorme repercusión de la lucha de Cindy Sheehan –la madre de un soldado muerto en Irak, acampada desde principios de agosto frente al rancho tejano del presidente– un elemento galvanizador de todas las protestas contra la guerra que, con su solo gesto, ha sacado nuevamente a primer plano la división en el seno de la sociedad norteamericana, poniendo contra las cuerdas a Bush y obligándole a colocarse a la defensiva. División que comienza a extenderse, también, en el seno del Partido Republicano. “Deberíamos empezar a pensar cómo salir de allí –afirmó ante las cámaras de la televisión el senador republicano Chuck Hagel, un condecorado veterano de la guerra de Vietnam con aspiraciones presidenciales–; nuestra involucración en Irak ha desestabilizado Oriente Medio. Cuanto más tiempo nos quedemos allí, más desestabilización habrá”. Irak comienza a convertirse en una pesadilla inimaginable para quienes diseñaron la guerra y posterior ocupación: desataron aventureramente el caos y ahora empiezan a conocer la imposibilidad de gobernarlo. Retirarse en este momento y en estas condiciones es una alternativa impensable sin hundir el prestigio y el liderazgo de la superpotencia yanqui, además de dejar la mecha encendida de un barril de pólvora asentado sobre un océano de gasolina. Pero la perspectiva de una permanencia indefinida, con un continuo derroche de recursos y vidas, sin avances en los objetivos políticos, militares y económicos de Washington supone un desgaste interno imposible de sostener por mucho tiempo. Algo que la fracción de la clase dominante yanqui opuesta a la línea Bush –que parece haber adoptado, desde semanas antes incluso de la última elección presidencial, la política de dejar solos a los halcones en la gestión de su previsible fracaso– espera para pasarle factura en las próximas elecciones. |
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