INTERNACIONAL

Elecciones en Alemania
Encrucijada germana

Una UE de 25 miembros “a la alemana”, se está revelando como un bocado demasiado grande y pesado de digerir incluso para la poderosa plutocracia alemana

En las elecciones del próximo 18 de septiembre, Alemania –y por extensión toda Europa– pone en juego algo más que un simple cambio de gobierno. Aunque todas las encuestas y el clima político del país apuntan a una más que probable victoria de la candidata democratacristiana de la CDU, Ángela Merkel, no es descartable sin embargo que, como ya ocurriera en 2002, el socialdemócrata Schröder salga finalmente mejor parado de lo que vaticinan los sondeos o que la coalición entre la CDU y los liberales no alcance la mayoría suficiente para gobernar.

Remontar la profunda crisis estructural en la que está sumida la economía alemana y redefinir su proyecto político para Europa tras el fracaso de la Constitución son los dos grandes retos a los que debe enfrentarse el próximo gobierno. Y no parece que entre la clase dominante alemana exista unanimidad acerca de que Merkel sea la persona adecuada para abordar ambas tareas. Lo que está en la base de la incertidumbre que, a dos semanas de las elecciones, rodea todavía sus resultados.

Crisis estructural

La denominada “locomotora económica de Europa” se enfrenta en la actualidad a una doble encrucijada. Por un lado sigue siendo la primera potencia comercial exportadora del mundo, pero la base industrial en la que se asienta esta primacía comienza a dar señales inequívocas de debilidad y envejecimiento. Si en 1990 las exportaciones alemanas suponían un 13’5% de las exportaciones mundiales, 15 años después apenas alcanzan un 9%, mientras el índice de productividad y competitividad de la economía germana descendía en ese mismo período al puesto número 13 entre las potencias desarrolladas del mundo. Y, lo que es más importante, la condición de “fábrica del mundo” que ha ocupado a lo largo de todo el siglo XX está ya seriamente amenazada por el imparable desarrollo económico e industrial de China y del resto de economías emergentes del Tercer Mundo. Es sólo cuestión de tiempo –y no demasiado– que, al igual que ya ocurre en la actualidad con el textil, el calzado, el acero o la electrónica de consumo, estos países entren de lleno a competir en los segmentos del mercado mundial que históricamente han constituido el núcleo duro de la fortaleza industrial alemana: el sector del automóvil, la mecánica, la siderurgia, la óptica, la química,... Un reto para el que, a día de hoy, la burguesía monopolista alemana no tiene respuesta.

Y, relacionado con ello, la segunda encrucijada que representa el problema de cómo desmantelar un sistema económico y social (el llamada “capitalismo renano” o economía social de mercado) en el que se ha basado el “milagro alemán” desde el fin de la IIª Guerra Mundial. Entonces –con la ayuda económica norteamericana y bajo su paraguas militar– se pusieron las bases de un amplio y costoso Estado del bienestar cuyo objetivo principal era mantener a una clase obrera relativamente satisfecha como dique de contención frente a la propaganda y la influencia soviética.

60 años después, tras la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la URSS, las condiciones que lo hicieron posible y necesario han desaparecido, pero el modelo se mantiene en lo principal inalterado. Y la burguesía monopolista alemana se enfrenta a la contradicción de cómo eliminar lo que para sus intereses de clase es un “lastre económico” inasumible sin provocar, al mismo tiempo, una insurrección generalizada entre los trabajadores del país y los potentes sindicatos. Al día siguiente de que Merkel presentara su programa de reformas, los medios de comunicación más directamente vinculados a la oligarquía financiera alemana no pudieron ocultar su decepción: “Angela Merkel no es la Thatcher que Alemania necesita”, coincidieron unánimemente. Y en esta valoración están contenidas las dudas que, en el seno mismo de la clase dominante alemana, suscita la capacidad de liderazgo de la dirigente de la CDU, y que están provocando que crezcan cada vez más las voces que reclaman un gobierno de coalición entre democratacristianos y socialdemócratas como la opción más fiable para acometer las reformas que los grandes monopolios alemanes exigen.

La impotencia del eje

Pero además de la crisis económica estructural, el nuevo gobierno debe dar también respuesta a la no menor crisis política provocada por la comprobada incapacidad de Berlín para imponer su liderazgo en Europa. La UE “a la alemana” diseñada a principios de los años 90 por Kohl –en plena efervescencia germana tras la reunificación y la desaparición de la amenaza soviética– se está revelando como un bocado demasiado grande y pesado de digerir incluso para la poderosa plutocracia alemana. Hasta la coalición estratégica con París –un aliado “cojo” que a la postre acabaría retrasando más que favoreciendo los planes alemanes– resulta impotente para imponer su hegemonía exclusiva en Bruselas. La formación, a finales de los 90, del eje Londres-Madrid-Roma (apadrinado por Washington y al que no dudaron en adherirse buena parte de los nuevos miembros de la UE a 25) como polo de contrapoder europeo al eje franco-alemán, puso de manifiesto un hecho irrebatible, que sigue siendo igual de válido hoy pese a su voladura tras la caída de Aznar: la limitada capacidad política de Berlín para imponer sus dictados al resto de socios comunitarios.

El fracaso de la Constitución europea tras el no francés y holandés obliga a Alemania a redefinir su estrategia en Europa. Posiblemente propiciando un acercamiento hacia Inglaterra, ofreciéndole formar parte de un nuevo directorio (a través de la reedición de una especie de “triple entente cordiale”) en el que Londres pudiera ocupar una posición privilegiada, al menos al mismo nivel que París. Mientras que, al mismo tiempo, con los países más débiles (Italia, España, Bélgica,...) se persiste y se profundiza en la línea de propiciar y alentar las fuerzas centrífugas que persiguen la fragmentación de los Estados nacionales, la vía más segura para la imposición de la hegemonía germánica sobre Europa. Aunque potencialmente también la más preñada de conflicto y antagonismo.

Los resultados de las elecciones van a determinar en qué correlación de fuerzas interna va a enfrentarse la clase dominante alemana a estas encrucijadas. Y con ello, el grado en que podrán aplicar y desarrollar una u otra política tanto en el plano interno como en el exterior. Habrá que estar atentos.

A. Beloki

No parece que entre la clase dominante alemana exista unanimidad acerca de que Merkel sea la persona adecuada para abordar la crisis económica y de liderazgo europeo. Lo que está en la base de la incertidumbre que, a dos semanas de las elecciones, rodea todavía sus resultados.