INTERNACIONAL
¿Escándalo por corrupción o campaña contra
Lula? Detrás del acoso a Lula están los intereses de EEUU por acabar con su gobierno |
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| Ante la magnitud del escándalo de corrupción en Brasil –que ya ha provocado la dimisión de varios ministros, y erosionado la posición de Lula y el PT– se han abierto dos posiciones en el seno de la izquierda. A quienes lo presentan como el ejemplo de “las traiciones” de Lula –producto de una política excesivamente liberal–, se enfrentan importantes sectores de la izquierda brasileña, que han publicado un manifiesto donde llaman a reaccionar ante “las maniobras de las élites dominantes por acabar con el gobierno Lula”, mientras Hugo Chávez habla de “un ataque a mansalva contra el presidente del Brasil, y eso tiene que venir de algún centro de planificación de aquí adentro del Brasil o cuidado si de fuera del Brasil". ¿No sería ingenuo pensar que EEUU –que colocó al gobierno de Lula dentro del “eje del mal latinoamericano”– permanece al margen del acoso contra Lula? ¿Qué posición tomar desde la izquierda ante los ataques sufridos por el gobierno brasileño? Es curioso que en los ataques a Lula coincidan la derecha más rancia y la izquierda más pretendidamente radical. Mientras los primeros ponen todos sus recursos –medios de comunicación, políticos...– al servicio de airear los casos de corrupción en el gobierno y el PT, los segundos dan la espalda a Lula, acusándolo de haber traicionado las promesas de reformas sociales. Valorar el escándalo en el gobierno brasileño como un simple caso de corrupción –como hacen sectores de la izquierda–, sin tener en cuenta las maniobras del hegemonismo norteamericano o la oligarquía local, es algo más que un error de apreciación. Si algo ha caracterizado
la política de Lula en el gobierno ha sido la de colocar a Brasil
en el centro de los movimientos contra EEUU que recorren todo el continente,
desde Venezuela hasta Argentina. Los múltiples acuerdos y colaboraciones
con los gobiernos de Chávez, Kirchner, o también con Cuba,
construyendo estructuras económicas y políticas independientes
de EEUU, son contemplados con algo más que preocupación
en Washington. Y con respecto a la política social, el manifiesto
de respaldo a Lula publicado por sectores de la izquierda brasileña
presenta, aún desde la crítica y la exigencia, el sentido
real de un gobierno que ha hecho posible, por primera vez, la posibilidad
de transformaciones reales: “El gobierno de Lula es el gobierno
más democrático de nuestro país porque, pese a todas
las concesiones y a sus graves errores, constituye la expresión
de la multitud de los “sin derechos”: los migrantes, los obreros,
los sindicalistas, los militantes negros y los docentes del sector público
(…) por primera vez el gobierno no se ha visto reducido a los meros
arreglos internos de las élites. Frente a quienes valoran la política de Lula como “una traición al pueblo”, la realidad es que ésta se enfrenta a los intereses de los poderes establecidos. Por eso Chávez ha declarado que “había pasado bastante tiempo sin que se hiciera evidente un ataque cerrado contra el presidente de Brasil”. Habrá que dilucidar hasta dónde llega la corrupción, y ajustar cuentas. ¿Pero por qué ha estallado? ¿Por qué destacados aliados políticos de Lula se han sentido impulsados a hacer públicos los casos de corrupción? ¿Quién dispone de la capacidad para acumular esta información y airearla convenientemente? Todas estas preguntas conducen al mismo sitio: a Washington, y secundariamente a las oligarquías locales. La utilización de dossieres de corrupción para presionar o defenestrar a adversarios políticos es una práctica habitual del hegemonismo. Y EEUU dispone de suficientes resortes de poder dentro de Brasil para accionarlos cuando le conviene. Así lo han entendido los sectores más conscientes de la izquierda brasileña, cuando han declarado que “la campaña desestabilizadora desencadenada a partir del uso político del escándalo de corrupción constituye una amenaza golpista, arribista o sencillamente conservadora para el contenido de este gobierno y del Presidente Lula”. ¿Dónde está el error? Mientras en Venezuela se han depurado importantes aparatos de poder, en Brasil nada de esto se ha hecho Chávez acudió a Brasil para prestar apoyo a Lula, denunciando una campaña organizada desde EEUU, mientras que pocos días antes había cortado la relación con la DEA norteamericana, porque sus agentes efectuaron “infiltraciones de inteligencia que amenazaban la seguridad y defensa del país”. Éstas son las semejanzas y diferencias entre el proceso venezolano y el brasileño. Por un lado, unidad en torno a impulsar proyectos que suponen un aumento de la independencia con respecto a EEUU. Pero por otro, mientras en Venezuela se ha procedido a una depuración de importantes aparatos de poder, en Brasil nada de esto se ha hecho. Los países hispanoamericanos, y no sólo ellos, están recorridos de arriba abajo por la intervención norteamericana. Es conocido cómo los altos cargos militares se forman en EEUU, pero también políticos, periodistas... hasta sindicalistas. Toda una estructura de poder con centro en Washington dispuesta a actuar –bien para desestabilizar políticamente el país, o bien si es necesario para dar un golpe de Estado– cuando los intereses norteamericanos lo requieren. Detrás de cada uno de los tres golpes fallidos contra el gobierno de Chávez en Venezuela estaba EEUU. Toda la dirección militar que dió el primer golpe y detuvo a Chávez estaba formada en la Escuela de las Américas. Está documentado que la estructura civil golpista (partidos tradicionales, organizaciones de empresarios, sindicatos corruptos) estuvo financiada por Washington, se reunía con el embajador yanqui, y muchos de ellos están ahora exiliados en Miami. Los altos ejecutivos de PDVSA, la empresa petrolera nacional que acometió un paro productivo para presionar a Chávez, mantienen indisolubles vínculos con EEUU. No hay un sólo movimiento contra Chávez que no haya tenido su centro en Washington, utilizando los peones de que dispone dentro de Venezuela. Así lo comprendió la revolución bolivariana, y por eso ha procedido a una depuración, parcial pero significativa, de algunos aparatos del Estado e importantes resortes de poder. La cúpula militar ha sido renovada en bloque, colocando en su lugar a militares patrióticos, comprometidos con la defensa de la independencia de Venezuela frente a EEUU. Incluso en los servicios de inteligencia se ha producido una limpieza de los elementos más proyanquis. Toda la dirección de PDVSA, que planificó el llamado “golpe petrolero” ha sido depurada. Se ha limitado el papel de los sindicatos tradicionales –absolutamente intervenidos desde Washington y la oligarquía local–. Se ha puesto coto a la impunidad de los grandes medios de comunicación –en manos de los grandes magnates, e impulsores de una visceral campaña de odio frente a Chávez– mediante una ley de responsabilidad social. La misma proclamación de una nueva constitución ha derribado el régimen político que durante décadas había sido un privilegiado instrumento de dominio para EEUU y las élites locales. Esta política de depuración de los elementos más acusados de la intervención norteamericana ha sido precisamente el aspecto más criticado de la política de Chávez, calificándola de “antidemocrática”. Y no es casualidad. Poner coto a la penetración del hegemonismo, en la misma médula de los centros de poder de cada país, es uno de los elementos decisivos que deciden el avance o la liquidación de cualquier proyecto revolucionario o progresista. Éste ha sido un acierto de Chávez. Y el principal error de Lula, que ahora está pagando al ser colocado en el centro de un escándalo de corrupción. Francesc Ten |
La utilización de dossieres de corrupción para presionar o defenestrar a adversarios políticos es una práctica habitual del hegemonismo
Poner coto a la penetración del hegemonismo es uno de los elementos decisivos que deciden el avance o la liquidación de cualquier proyecto revolucionario o progresista.
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