EL OJO DEL BUHO La
extraña detención del hijo del primer ministro Villepin |
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| La frase que da título a este artículo ha sido pronunciada repetidas veces por muchos caciques o jerarcas, indignados cuando se les exige respeto a las normas y leyes a ellos, que son los dueños de la villa o del país. Algo similar escucharía el policía francés que se atrevió a detener al hijo del primer ministro galo, Dominique de Villepin. El vástago del jerarca protagonizó una batalla campal en las calles parisinas y acabó en una comisaria. Allí telefoneó a su poderoso padre con su móvil, pasó la llamada al jefe de policía, y este recibió la orden directa del primer ministro de poner a todos en libertad. Pero no queda aquí el episodio. Villepin senior no pudo evitar que se levantara un informe de la detención, donde aparecía el nombre de su hijo. Pues bien, a la mañana siguiente, dos misteriosos personajes –con toda seguridad miembros del servicio secreto– acudieron a la comisaria y se llevaron el atestado, que a día de hoy todavía está desaparecido. Es una anécdota, sí,
pero suficientemente significativa. De repente descubrimos que el país
que se nos presenta como paraíso de las libertades, el progreso
y el multilateralismo está dominado por un puñado de caciques
zafios que hacen y deshacen a su gusto. Al fin y al cabo, ellos son los dueños del Estado. A la cárcel que vayan los hijos de los obreros, o los inmigrantes que sobrevivan a los incendios de sus depauperadas casas. El señor Villepin se ha olvidado esta vez de las poesías multilateralistas y nos ha mostrado la actitud de clase de miembro de una de las familias de la alta burguesía gala. N. I. |
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