NACIONAL

Los ejes pérfidos de París
El collar de la madame

Dicen que en vísperas de la cumbre de Niza, donde iba a decidirse el nuevo reparto de poder en la UE ampliada a 25, el canciller Schröder trataba de convencer a Chirac sobre la necesidad de que la Alemania reunificada tuviera un mayor número de votos y diputados, en correspondencia con su nuevo peso demográfico y político en Europa. “Pero, querido canciller, –replicó Chirac– usted no tiene en cuenta el collar de Francia”.

El “collar de Francia”, sus joyas de la corona; un conjunto de países engarzados entre sí por el mismo hilo conductor: la injerencia y la capacidad de intervención de Francia para someterlos a su dominio, para mantenerlos bajo su área de influencia. Un collar que, arrancando de la península ibérica recorre el Magreb y se extiende por toda el África subsahariana.

Como bien sabe Chirac, la posesión de este collar constituye el más preciado tesoro del que dispone la clase dominante francesa, ya que es credencial y garantía que permite a su decadente plutocracia aspirar todavía a ocupar un lugar privilegiado en la jerarquía de las grandes potencias europeas y, por extensión, mundiales. Desprovista del collar y de sus joyas, la decrépita madame que hoy pasea su deteriorada figura por los salones imperiales de la gran burguesía mundial, quedaría convertida automáticamente en poco más que la regenta de un burdel ruinoso e ingobernable. Lo que explica el ensañamiento y la ferocidad con que se emplea para defenderlas.

Su predominio sobre España es la condición sine quanon para el mantenimiento de su status de gran potencia europea, lo que explica su afán por intervenir incansable, codiciosa e implacablemente sobre nuestros asuntos internos.

El diamante del collar: “la Estrella de Iberia”

Mantener a España sometida a su dominio como área de influencia ha sido uno de los ejes rectores de la política exterior francesa, una auténtica política de Estado

Desde hace siglos, mantener a España sometida a su dominio como área de influencia ha sido uno de los ejes rectores de la política exterior francesa, una auténtica política de Estado.

Por encima de regímenes, de fuerzas políticas, de reyes o presidentes de la República –siempre cambiantes– hacer de España una especie de “virreinato” del sur es una constante que podemos rastrear históricamente desde Richelieu hasta nuestros días. La intervención política o militar –o la combinación de ambas– de Francia en los asuntos internos de nuestro país se remonta al siglo XVII, con la guerra de secesión en Cataluña, y desde entonces, a medida que aumentaba la decadencia de España no ha hecho sino aumentar. Desde las masacres y el expolio llevadas a cabo por la invasión de las tropas napoleónicas, hasta los cien mil hijos de San Luis enviados por París para ahogar en sangre a los liberales españoles y restaurar el poder absoluto de Fernando VII. Desde el apoyo al carlismo absolutista, reaccionario y fuerista hasta la detención en la frontera francesa de las armas que la República necesitaba para hacer frente a la sublevación franquista. Desde las asombrosas pretensiones de Giscard D'Estaing reclamando que el embajador francés despachara directamente con la corona y no con el ministro de asuntos exteriores, hasta las innumerables trabas y vetos que puso Mitterrand a nuestra entrada en Europa mientras el gobierno español no aceptó todas y cada una de las imposiciones del capital monopolista francés para ampliar su cuota de explotación y de mercado en nuestro país. Desde el nunca definitivamente resuelto asunto del santuario francés de ETA hasta su no aclarada intervención –a través de los servicios secretos marroquíes– en el 11-M.

Para Francia, mantener a España bajo su área de influencia no es principalmente un asunto externo, ni siquiera bilateral: afecta de lleno a su posición en Europa. Y no de cualquier manera. En el collar de la madame, España ocupa la posición del diamante central y más reluciente, el de mayor peso y mejor tallado, el de más facetas y quilates. Mientras París pueda hacer ostentación y exhibir su “posesión” sobre la décima potencia económica del mundo, las burguesías imperialistas rivales estarán obligadas a reconocerle un rango que por fuerza y capital propios hace ya tiempo que no posee. Su predominio sobre España es la condición sine qua non para el mantenimiento de su status de gran potencia europea, lo que explica su afán por intervenir incansable, codiciosa e implacablemente sobre nuestros asuntos internos. Aunque dado su imparable declive y el renovado dinamismo español, posiblemente el peso de tan soberbio diamante empiece a resultar demasiado para su ajado cuello. Por lo que no es en absoluto descabellado pensar que la madame esté considerando –y maniobrando activamente– dividirlo en varias piezas. Más vale dividir “La Estrella de Iberia” en 5 piezas más pequeñas y más fácilmente engarzables en el collar, que arriesgarse a perder tan magnífica pieza.

Marruecos es el puntal de la expansión francesa en el Norte de África, desde Tunicia hasta Nuakchott

Los rubíes norteafricanos

Desde Argelia hasta Mauritania, todo el norte de África ha conocido en sus entrañas de lo que es capaz la “ilustrada” y “liberal” burguesía monopolista francesa.

Desde mediados del siglo XIX, la burguesía francesa ha podido lucir con suficiencia su condición de “patrona” del Magreb.

Condición alcanzada a costa de innumerables padecimientos y un inmenso tributo en sangre de los pueblos norteafricanos, que han teñido de rojo estas joyas del collar de la madame. Desde la ocupación colonial de Marruecos hasta la guerra de independencia argelina, la combinación entre la menguante fuerza imperial de París con la inagotable codicia de su burguesía ha escrito algunas de las páginas más despiadadas, atroces y crueles que ha conocido la historia de la humanidad. Desde Argelia hasta Mauritania, todo el norte de África ha conocido en sus entrañas de lo que es capaz, cuando sus mezquinos intereses de explotación y dominio están en juego, la “ilustrada” y “liberal” burguesía monopolista francesa.

Un dominio que se prolonga hasta nuestros días y que encuentra su máxima expresión en Marruecos. Los monopolios franceses son el primer poder económico y financiero del reino alauita, un lugar de destino preferente para sus grandes inversiones comerciales. La banca, las telecomunicaciones, la energía, el sector minero o agrícola, ninguna actividad se escapa a su control. Pero además, junto a esta red de intereses e influencia económica, la clase dirigente marroquí, la majzdem, recibe mayoritariamente su formación en los más elitistas centros de educación de la antigua metrópoli, lo que supone una segunda vía de intervención e influencia. A la que hay que sumar los estrechos vínculos del ejército o los servicios secretos marroquíes con sus homólogos franceses. Hasta la corona, máximo símbolo del poder en Marruecos, repite incansablemente que “Francia es el mejor amigo de Marruecos”, afirmación que debe entenderse en el sentido del trato exquisito que la alta burocracia del Estado francés otorga a la corrompida casta dirigente marroquí. Y cuyo sentido último es hacer de Marruecos el principal puntal de la expansión de la influencia de la burguesía francesa por todo el norte de África, de Tunicia a Nuakchott.

Las perlas negras del collar

De los 25 países más pobres del planeta, 14 tienen el denominador común de haber sido históricamente colonias francesas

Senegal, Camerún, Togo, Costa de Marfil, Congo, Benin, Gabón,... Según el último informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo humano, de los 25 países más pobres del planeta, 14 tienen el denominador común de haber sido históricamente colonias francesas.

Y no es en absoluto casual que estén en esos lugares, sino fruto de la herencia colonial dejada por la burguesía monopolista francesa. Sobre la base de la instalación de sanguinarias elites burocrático-militares –formadas y sostenidas por París–, las antiguas colonias africanas son hoy objeto del más despiadado saqueo por parte de las multinacionales francesas: petróleo, oro y piedras preciosas, cobalto, uranio, fosfatos, cobre, cacao, azúcar,... La miseria absoluta en que se consume su población es la condición necesaria para que los grandes monopolios franceses (de la energía, alimenticios, de la distribución,...) conserven su cuota de mercado en Europa.

Y cuando los pueblos africanos se rebelan contra el dominio francés, la metrópoli dispone para defender sus intereses de fieros perros de presa, armados por París hasta los dientes y exquisitamente tratados por la diplomacia gala. No importa que se trate de feroces dictadores, o incluso de caníbales, como Bokassa, autoproclamado emperador de la República Centroafricana y que –además de conservar la carne de sus enemigos en frigoríficos para devorarla junto a sus invitados posteriormente –gustaba de enviar periódicamente a su “gran amigo” Giscard D’Estaing remesas de diamantes con las que éste financiaba sus campañas electorales. De verdaderos genocidios (Ruanda, Sudán,..) alentados o amparados por el Estado francés y su ejército está repleto esta parte del “collar de la madame”. Algún día deberá rendir cuentas por todos ellos.

A. Beloki