EDITORIAL INTERNACIONAL Crisis
post electoral en Berlín Una situación en la que, a día de hoy, ningún centro de poder parece disponer de la receta adecuada ni de la fuerza suficiente para llevar adelante sus proyectos e imponerlos sobre el resto |
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| Finalmente, Schröder dejará paso a la candidata de la derecha Angela Merkel para ocupar la cancillería alemana. Ésta, junto con la imposibilidad de que las reformas económicas tengan el alcance que los monopolios reclamaban y la dificultad de un cambio sustancial en el alineamiento –posiblemente siquiera en el reequilibrio– de la política exterior de Berlín, son las únicas certezas que deja el acuerdo de gran coalición firmado entre democratacristianos y socialdemócratas para gobernar Alemania los próximos 4 años. A partir de aquí, todo son incógnitas. Se sabe lo que no será el próximo gobierno alemán, pero todavía está por definir lo que será. En las duras negociaciones, Schröder y su partido han cedido la cancillería a cambio de ocho ministerios, algunos de los cuales tan significativos como fundamentales: Asuntos Exteriores, Hacienda, Trabajo, Sanidad,... Lo que quiere decir, por un lado, que las reformas económicas van a tener su tope en parecidos términos a los que el partido socialdemócrata ya estaba dispuesto a alcanzar durante el último gobierno de Schröder, pero no más. Los ministerios económicos y sociales exigidos por el SDP indican los límites tanto para la rebaja de impuestos a las rentas más altas y el freno al déficit público que propugnaba la CDU, como para la reforma del Estado del bienestar en asuntos como el mercado de trabajo, pensiones, seguridad social o sanidad pública que los grandes grupos monopolistas germanos vienen reclamando desde hace años. Por el otro, la cartera de Exteriores en manos de los socialdemócratas equivale a decir que la alianza con París va a conservarse incólume, que el mantenimiento del eje franco-alemán va a seguir siendo la prioridad de Berlín mientras la tímida reorientación propuesta por Merkel en el sentido de propiciar un acercamiento y nuevas alianzas con Londres y los países medianos (Polonia, España, Benelux,...) habrá de esperar una nueva oportunidad. Al tiempo que Washington tendrá que conformarse con mejorar las relaciones aprovechando la mayor sintonía con la nueva canciller, objetivo muy alejado de sus expectativas iniciales de reconducir la Europa del eje franco-alemán hacia una nueva fase de recomposición de las relaciones euroatlánticas. La condición marginal y excéntrica al sistema político alemán de la coalición de Lafontaine con los ex socialfascistas de la antigua RDA hacía imposible que la extensa mayoría social de izquierdas puesta de manifiesto por las elecciones (52% frente al 45% de la derecha y los liberales) pudiera gobernar. Y sin embargo, su amplitud –en una situación de parálisis económica, incremento del paro e irritación de la mayoría del pueblo trabajador por las reformas– sí ha demostrado tener la fuerza suficiente como para echar abajo (o al menos frenar sustancialmente) tanto las exigencias de la burguesía monopolista alemana como las aspiraciones de Washington de iniciar el progresivo desmantelamiento y la sustitución del eje franco-alemán como motor político de “la vieja Europa”. El plan originario de un cambio radical en Alemania queda así desarticulado, sin que se sepa todavía a ciencia cierta con qué será sustituido, dejando abierta la incógnita de cual será el rumbo concreto que adopte el nuevo gobierno de gran coalición de Merkel. Que, en cualquier caso, se verá obligada a gobernar teniendo en cuenta la existencia de esa amplia mayoría social de izquierdas. Una pieza más a añadir al complejo y laberíntico puzzle en que se ha instalado la vida política alemana: una inexperta canciller de derechas, con medio gobierno hipotecado por la socialdemocracia y teniendo que aplicar las recetas exigidas por los monopolios a una mayoría social de izquierdas. Con Washington reclamándole una nueva orientación atlantista mientras la mayoría de la opinión pública y la mitad de sus gobierno tira hacia otro lado. La volátil correlación de fuerzas interna creada por los resultados electorales en Alemania añade nuevos factores de inestabilidad e incertidumbre a la variable y lábil geometría política europea. Una situación para la que, a día de hoy, ningún centro de poder parece disponer de la receta adecuada ni de la fuerza suficiente para llevar adelante sus proyectos e imponerlos sobre el resto. Lo que crea una coyuntura plagada de riesgos y oportunidades. |
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