INTERNACIONAL

Negociaciones para la adhesión a la UE
El caso turco

Desde hace años, EEUU presiona insistentemente tanto a Ankara como a sus principales aliados europeos para que aceleren los plazos y el ritmo de la adhesión turca

 

Después de un sinfín de tensas negociaciones, continuos aplazamientos y ruidosas rupturas, finalmente el consejo de ministros de Asuntos Exteriores de la Unión Europea acordaba la semana pasada iniciar el proceso de negociaciones para la adhesión –en un plazo en todo caso no inferior a 15 años– de Turquía a la UE. Uno de los principales objetivos tenazmente perseguido por la presidencia británica y al que Berlín –con matices– y París –frontalmente– siempre se han opuesto.

“El miedo de unos sobre el ingreso de un país islámico a la Unión es tan grande como el deseo de otros de demostrar que puede ser una realidad”, decía recientemente una importante publicación británica al tratar de ofrecer la clave del inmovilismo que la posible integración turca ha generado en la última década.

El telón de fondo

Sin embargo, el verdadero telón de fondo de las distintas posiciones está mucho más allá de las disputas formales sobre el hipotético riesgo del choque de civilizaciones, culturas o religiones que se enarbolan como bandera del rechazo. No es en absoluto casual que el principal aval de la candidatura turca provenga de Washington. Desde hace años, EEUU presiona insistentemente tanto a Ankara como a sus principales aliados europeos para que aceleren los plazos y el ritmo de la adhesión turca. Su objetivo no declarado es instalar en el seno de la UE lo que, en su desarrollo, puede convertirse en una auténtica bomba de efecto retardado que haga poco menos que ingobernable el proceso de construcción europea.

En primer lugar por su dimensión demográfica. Para 2020, Turquía será el país más poblado de Europa, superando los 82 millones de habitantes que Alemania tendrá para esa fecha. Lo que implica no sólo que contaría con el grupo más numeroso de diputados en el parlamento europeo, sino, lo que es más importante, la capacidad de formar minorías de bloqueo ante cualquier medida del Consejo europeo contraria a sus intereses. Por otro lado, la adhesión de Turquía supondría integrar en la UE un PIB igual a la suma de los 10 países recién incorporados, pero con la dificultad añadida de una renta per cápita que no llega al 20% de la UE a 25. Con un 46% de la población activa dedicada a la agricultura, su eventual ingreso amenaza con desatar un movimiento migratorio interno en la UE de proporciones y consecuencias incalculables. Si ya en el pasado referéndum francés, los partidarios del no enarbolaron el peligro del “fontanero polaco” como una de las máximas razones para rechazar la Constitución, es impredecible la oleada de racismo y xenofobia que el ingreso de Turquía puede desatar en países como Francia o Alemania, que cuenta ya con cerca de 5 millones de trabajadores turcos dentro de sus fronteras.

Pero todavía más importantes que los argumentos económicos, sociales o de reparto de poder interno son las razones geopolíticas. Estrechamente vinculado a Washington desde los años 50, Ankara ha ocupado en todo este tiempo el papel de peón político y, sobre todo, militar encargado de proyectar los planes e intereses de EEUU hacia las conflictivas y estratégicas regiones de Oriente Medio y el Cáucaso. Su ejército –verdadero poder en la sombra que marca los límites políticos en los que se puede desenvolver cualquier gobierno turco– es posiblemente el que mantenga de todo el mundo, junto al de Israel, unos lazos de vinculación más íntima y dependencia más estrecha con el Pentágono. De hecho es el que recibe más financiación, equipamiento, armamento e instrucción de Washington después del ejército judío. Y la razón que explica el desmesurado interés de EEUU por acelerar la entrada de Turquía en la UE.

El enfermo de Europa

Durante décadas, las cancillerías europeas denominaron a Turquía como “el enfermo de Europa”. Y aunque desde la revolución laica y modernizadora de Kemal Ataturk han cambiado las cosas, en muchos aspectos puede considerarse que Turquía sigue presa de graves enfermedades. Y la primera de ellas, sin duda, el enquistamiento de la cuestión kurda. Con más de 15 millones de kurdos viviendo en el sureste anatolio, el alto el fuego declarado por el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) en al año 2000, quedaba roto desde principios de este año en el que los enfrentamientos y ataques han provocado ya cerca de 200 muertos y heridos entre las fuerzas armadas turcas.

Ni la detención y condena a cadena perpetua del líder kurdo Abdullah Ocalam, ni los 15 años de guerra sucia del ejército que dejaron un saldo de más de 50.000 kurdos muertos, incontables aldeas y pueblos arrasados y centenares de miles de refugiados, han conseguido acabar con la resistencia del pueblo kurdo en lucha por el reconocimiento de su identidad nacional y sus derechos políticos.

Hasta el Alto Consejo turco para los derechos humanos reconoce en un informe publicado este mismo año que “la cuestión kurda constituye el obstáculo principal en el proceso de democratización del país, bloquea la plena aplicación de las reformas y puede convertirse en el pretexto para un regreso del autoritarismo”. Fuerzas democráticas y organismos de derechos humanos de ambos lados reconocen que en la actualidad existe un riego real de enfrentamiento entre ambas comunidades como no se había conocido ni siquiera en los años 80 y 90, en los momentos de los más álgidos combates entre el PKK y el ejército. Pese a su desarticulación militar y el encarcelamiento de su líder, el PKK sigue siendo la fuerza política con más presencia e influencia entre el pueblo kurdo y las efigies de Abdullah Ocalam continúan presidiendo las multitudinarias movilizaciones kurdas en demanda de autonomía política, la amnistía para los últimos combatientes y la exigencia a los poderes públicos de que permitan la vuelta de cientos de miles de personas expulsadas de sus pueblos durante la guerra sucia.

Pero en este asunto Ankara, con el apoyo de Washington, no está dispuesta a moverse un milímetro. Y no sólo con respecto al PKK –al que califican de terrorista–, sino tampoco con la oposición kurda moderada, a la que ni la aceptación de las restrictivas reglas del juego impuestas por el Estado turco le ha servido para que el gobierno legalizara una campaña, coincidiendo con el inicio de las negociaciones con la UE, bajo el lema “Libertad para los kurdos, democracia para Turquía, sí a la Unión Europea”.

A. Beloki

Pese a su desarticulación militar y el encarcelamiento de su líder, el PKK sigue siendo la fuerza política con más presencia e influencia entre el pueblo kurdo y las efigies de Abdullah Ocalam continúan presidiendo las multitudinarias movilizaciones kurdas en demanda de autonomía política.