El año
del Quijote va a llegar a su final sin que a la postre sepamos si tanto
fasto y tanta ceremonia y tanta exposición han servido para algo
más que para vender varios millones de ejemplares del libro y llenar
las arcas de algunas editoriales. Da la impresión de que entre
lo “soso” de las ceremonias oficiales y lo “sesudo”
de los discursos académicos, el espíritu mismo del Quijote
ha pasado como de puntillas por su cuarto centenario y se ha quedado refugiado
y a buen recaudo entre las páginas del libro, a la espera de alguien
que lo despierte.
Menos mal que, en medio de la modorra
reinante, y cuando el sonsonete ceremonial estaba a punto de devenir ya
en insufrible moserga, una voz se ha levantado para romper la muralla
de hielo, y recordar, y actualizarnos el verdadero espíritu de
don Quijote –”el personaje más contundente de la literatura
universal”–, de Cervantes –”un alma grande”–
y de España –una terquedad empecinada”–. Esa
voz inconfundible es la de Fernando Vallejo, el escritor colombiano, que
dio una memorable conferencia en el Instituto Cervantes de Berlín
el pasado 7 de junio, que es, quizá, el más vivo y sentido
homenaje rendido hasta hoy a la obra y al personaje cervantino.
Como Vallejo no habla desde
“la ciencia” ni desde “la objetividad”, comienza
–como debe ser, a fin de no hacer trampas– diciéndonos
quién habla y desde dónde habla: “A cuatrocientos
años de su publicación el Quijote sigue asombrándonos
con sus riquezas y complejidades sin que alcancemos a desentrañar
todavía su significado profundo. Tres veces lo he leído,
en tres épocas muy distintas de mi vida, y las tres con la misma
mezcla de asombro y devoción y riéndome a las carcajadas
como si alguien me hubiera soltado la cuerda de la risa. Como la primera
vez que lo leí era un niño y la última fue hace poco,
o sea de viejo, esas carcajadas me dicen que sigo siendo el mismo, tan
igual a mí mismo como es igual a sí misma una piedra, y
que por lo menos en este mundo cambiante y de traidores que me tocó
vivir jamás me he traicionado, y así me voy a morir en la
impenitencia final, y no como don Quijote renegando de su esencia y abominando
de los libros de caballería. Yo no: me moriré maldiciendo
al Papa, a Cristo, a Moisés, a Mahoma, a la Iglesia católica,
a la protestante, a la religión musulmana, y bendiciendo a Nuestro
Señor Satanás el Diablo, con quien mantengo un diálogo
cordial permanente. Los alemanes nunca me entenderán porque no
son españoles como yo, que aunque ando con pasaporte colombiano
por los aeropuertos de este mundo en esencia soy español pues pienso
en español, sueño en español, hablo en español,
blasfemo en español y me voy a morir en español, en la impenitencia
final concebida en palabras españolas”.
(...)
Aclarado esto, Vallejo muestra enseguida la idiosincrasia peculiar del
Quijote, que no es sino el trasunto de la idiosincrasia misma de España
(eso sí, de una España que Vallejo da hoy por prácticamente
difunta):
"En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme...".
Así empieza nuestro libro sagrado, con el "no quiero"
más famoso que haya dicho un español en los mil años
bien contados que lleva de existencia España. Y vaya, que es decir,
pues para empecinados los españoles, que le hubieran podido dar
lecciones a mi abuelo. ¿Y por qué no quiere acordarse Cervantes
del nombre del lugar de La Mancha? Porque no se le da la gana. No quiere
y punto. España no necesita razones. ¡Ah, cómo me
gusta ese "no quiero", cómo lo quiero! En él me
reconozco y reconforto, yo que sólo he hecho lo que he querido
y nunca lo que no he querido. (...) Así somos: queremos cuando
queremos, y cuando no queremos no queremos. España es una terquedad
empecinada. Por eso descubrió a América y la colonizó
y la evangelizó y la soliviantó y la independizó
y nos la volvió una colcha católica de retazos de paisitos
leguleyos. La hazaña le costó su caída de la que
apenas ahora, cuatrocientos años después, se está
levantando, aunque a costa de sí misma. Hoy España no es
más que una mansa oveja en el rebaño de la Unión
Europea. ¡Pobre! La compadezco. Lo peor que le puede pasar al que
es es dejar de ser”.
(...)
Y a continuación Vallejo se sumerge ya a tumba abierta en la búsqueda
del significado profundo del libro, la clave de su milagro, su secreto:
Parodia de lo que se le atraviese, el Quijote se burla de todo y cuanto
toca lo vuelve motivo de irrisión: las novelas de caballerías
y las pastoriles, el lenguaje jurídico y el eclesiástico,
la Santa Hermandad y el Santo Oficio, los escritores italianos y los grecolatinos,
la mitología y la historia, los bachilleres y los médicos,
los versos y la prosa... Y para terminar pero en primer lugar y ante todo,
se burla de sí mismo y del género de la novela de tercera
persona a la que aparentemente pertenece y del narrador omnisciente, ese
pobre hijo de vecino inflado a más que pretende que lo sabe todo
(...)
¿Y si el Quijote no es una novela de tercera persona, qué
es entonces, cómo lo podemos describir aunque sea por fuera? Es
un diálogo. Un gran diálogo entre don Quijote y Sancho con
la intervención ocasional de muchos otros interlocutores, y con
Cervantes detrás de ellos de amanuense o escribano, anotando y
explicando.
(...)
Don Quijote es el personaje más contundente de la literatura universal,
¿y saben por qué? Porque es el que habla más. Y el
que habla más es el que tiene más peso. Para eso le puso
Cervantes a su lado a Sancho, para que pudiera hablar y Sancho a su vez
le devolviera sus palabras cambiadas, como las cambia el eco. A mí
que no me vengan con Hamlet, ni con Raskolnikof, ni con Madame Bovary,
ni con el père Goriot. Esos son alebrijes de papel maché
de los que hacen en México. O espantajos de paja o alfeñiques
de azúcar. Al lado de don Quijote, Hamlet y compañía
no llegan ni a la sombra de una sombra. Cierro los ojos y veo a don Quijote
con su lanza, su adarga y su baciyelmo. Los vuelvo a cerrar para ver a
Hamlet y no lo veo. ¿Cómo será el príncipe
de Dinamarca? No sé. Presto entonces atención y oigo a don
Quijote: “Pues voto a tal, don hijo de la puta, don Ginesillo de
Paropillo, o como os llaméis, que habéis de ir vos solo,
rabo entre piernas, con toda la cadena a cuestas”.
(...)
Vallejo se adentra también en la revolución que representó
el Quijote en el campo literario, alterando para siempre el estatuto de
toda ficción: “Antes de Cervantes la novela pretendió
siempre que sus ficciones eran verdad y le exigió al lector que
las creyera por un acto de fe. Ése fue su gran precepto, la afirmación
de su veracidad, así como la tragedia tuvo el suyo, el de la triple
unidad de tiempo, espacio y tema. Vino Cervantes e introdujo en el Quijote
un nuevo gran principio literario, el principio terrorista del libro que
no se toma en serio y cuyo autor honestamente nos dice que lo que nos
está contando es invento y no verdad. Lo cual es como negar a Dios
en el Vaticano. Por algo pasó Cervantes cinco años cautivo
en Argel. De allí volvió graduado de terrorista summa cum
laude. Y así el cristiano bañado en musulmán, en
el Quijote se da a torpedear los cimientos mismos del edificio de la novela,
su pretensión de veracidad. Cuatrocientos años después,
el polvaderón que levantó todavía no se asienta.
¡Cuáles torres gemelas! Ésas son nubes de antaño
disipadas hogaño.
Total, la novela no es historia.
La novela es invento, falsedad. La historia también, pero con bibliografía.
En cuanto a don Quijote, creyente fervoroso en la letra impresa y para
quien Amadís de Gaula ha sido tan real como Ruy Díaz de
Vivar, las confunde ambas. A él no le cabe en la cabeza que un
libro pueda mentir. A mí sí. Para mí todos los libros
son mentira: las biografías, las autobiografías, las novelas,
las memorias, Suetonio, Tácito, Michelet, Dostoievski, Flaubert”.
Al seleccionar la “frase
más hermosa” del Quijote, deja de nuevo su impronta:
“Poco después del episodio de la imprenta viene el encuentro
fulgurante de don Quijote con el Caballero de la Blanca Luna quien lo
derriba y se va sobre él y poniéndole la lanza contra la
visera lo conmina a que acepte las condiciones pactadas antes del duelo,
a lo que don Quijote, como hablando desde dentro de una tumba y con voz
debilitada y enferma, responde: "Dulcinea del Toboso es la más
hermosa mujer del mundo y yo el más desdichado caballero de la
tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero,
la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra".
Yo no sé si Dulcinea del Toboso fuera, como decía don Quijote,
la más hermosa mujer del mundo, pero lo que sí sé
es que ésta es la frase más hermosa del Quijote. En ella
cabe toda nuestra fe: vencedora o vencida, España es grande”.
(...)
Y ¿cómo acabar sin el merecido homenaje a Cervantes?
Por lo pronto, en tanto se acaba de terminar esto, recordemos a ese hombre
de alma grande que nació en Alcalá de Henares, que anduvo
por Italia en sus años mozos al servicio del cardenal Acquaviva,
que peleó en la batalla de Lepanto donde perdió una mano,
que sufrió cautiverio en Argel, que quiso venir a América
sin lograrlo, que pagó injustamente cárcel, que vivió
entre los dos más grandes fanatismos que haya conocido la Historia
-el musulmán y el cristiano, sin permitir jamás, sin embargo,
que ninguno de ellos le manchara el alma-, que padeció las incertidumbres
de la realidad y las miserias de la vida, que nunca odió ni traicionó
ni conoció la envidia, que escribió mal teatro, malos versos
y mala prosa pero que logró hacer que existiera y hablara, con
palabras castellanas, el personaje más deslumbrante y hermoso de
la literatura haciéndolo pasar por loco, san Miguel de Cervantes
que desde el cielo nos está viendo.
Aunque, como afirma en un
momento determinado: “A mi don Quijote no me lo toca nadie. Ni Cervantes”.
Nacido en Medellín (Colombia) en 1942,
Fernando Vallejo lleva la dinamita de su tierra natal en las venas y carga
su pluma con la ironía, la mordacidad y el humor caústico
de la mejor prosa castellana del Siglo de Oro. Es autor de libros imprescindibles,
como “La virgen de los sicarios” (1994) o “El desbarrancadero”
(2001), que le han valido la comparación con los “autores
malditos” de todos los tiempos. Aunque en realidad, por su carácter
insolente, provocativo y libertario, por la enorme vivacidad de su prosa
y por la enconada lucidez y veracidad de sus obsesiones, Vallejo emparenta
más bien con esa estirpe de cíclopes del lenguaje, la ironía
y la sátira que encabeza Quevedo, y que de tarde en tarde siguen
fermentando en Hispanoamérica.
Como era de esperar, Vallejo no nos ofrece una lectura académica,
ni sosegada, ni científica ni objetiva del Quijote, sino una lectura
apasionada, volcánica, sabia y totalmente subjetiva, hecha desde
el convencimiento radical de que “nuestro libro sagrado” es
“una maravilla”.
J. Albacete
|

«En
un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme...».
Así empieza nuestro libro sagrado, con el "no quiero"
más famoso que haya dicho un español en los mil años
bien contados que lleva de existencia España.
(Fernando
Vallejo)
|