EDITORIAL INTERNACIONAL Irak Washington parece embarcado en un viaje hacia ninguna parte, viéndose obligado a cerrar etapas en falso y proponiéndose nuevos objetivos sin haber alcanzado los previamente proyectados |
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| 10 días después de celebrado el referéndum sobre la nueva Constitución iraquí, los resultados que se van conociendo a cuentagotas empiezan a rozar el límite de lo tolerable para Washington. De momento, dos provincias sunníes la han rechazado, y basta con que lo haga una tercera para que el texto sea desechado. Tras la finalización de los recuentos en Salaheddine y Al Anbar (81’6% y 96’6% de noes respectivamente), toda la atención se centra ahora en la provincia de Nínive, con una amplia mayoría sunní. Sin embargo, sea cual sea finalmente el resultado, el referéndum constitucional ya se ha convertido en un nuevo fracaso político para Bush. La por el momento imposible integración de la minoría sunní en la arquitectura política del nuevo régimen, las indefiniciones del texto constitucional, la profundización de las brechas étnicas y territoriales sumados a la parálisis económica y a la persistencia de la insurrección dibujan un panorama en el que Washington parece embarcado en un viaje hacia ninguna parte, viéndose obligado a cerrar etapas en falso y proponiéndose nuevos objetivos sin haber alcanzado los previamente proyectados. Lo que añade nuevos factores de desorden e inestabilidad al caos en que ha convertido Irak tras la guerra y la ocupación. Para intentar atraer el voto de una parte de la comunidad sunní, el texto sometido ahora a referéndum fue enmendado en numerosas ocasiones, dejando abierta la interpretación y concreción de su ambiguo articulado al futuro parlamento. Por lo que todo apunta a que tras las elecciones legislativas del próximo diciembre será necesario volver a empezar otra vez desde el principio. Aplazando indefinidamente, una vez más, el posible inicio de una retirada paulatina de las tropas ocupantes, convertida en una necesidad política ante la creciente oposición de la opinión pública norteamericana. La incapacidad para integrar a la poderosa minoría sunní en el diseño político del nuevo Irak deja sobre el laberíntico tablero iraquí dos opciones, a cual peor. O bien continuar adelante ignorándola, lo que multiplica el riesgo de que la insurgencia termine convirtiéndose en un quiste maligno que precipite al país hacia la guerra civil y la partición. O bien tratar de terminar con ella –como proponen los sectores más duros– a base de hacer del triángulo sunní un inmenso Fallujah de destrucción y muerte, ampliando además el teatro de operaciones al interior de Siria. Y mientras tanto, en el frente de la política interna, un Bush con los índices de rechazo más altos de su mandato (un 63%) acumula fracturas políticas que crecen en envergadura e intensidad. Al encontronazo con los sectores fundamentalistas de su propia base de apoyo por la propuesta de nombramiento de Harriet Miers –a la que consideran poco beligerante contra el aborto– como nuevo miembro del Tribunal Supremo, se le suma la amenaza judicial que pende sobre dos de sus más estrechos colaboradores por el caso de la revelación de la identidad de una agente de la CIA en Arabia Saudí. Al mismo tiempo que los círculos centristas del Partido Republicano –íntimamente vinculados al ex presidente George Bush, padre del actual inquilino de la Casa Blanca– han comenzado a hacer pública su frontal oposición a la línea Bush, calificando la guerra de Irak como “una empresa fracasada” y acusando a su administración de estar controlada por “una camarilla del vicepresidente de EEUU y del secretario de Defensa” experta en hacer “aberraciones, bastardizaciones, perturbaciones y cambios en el proceso de toma de decisiones en materia de seguridad nacional”. Incluso el ex secretario de Estado durante el primer mandato de Bush, Colin Powell, despachaba con un despreciativo “no es fácil vender basura” los estériles intentos de la diplomacia norteamericana por poner algo de orden en Oriente Medio. Enfrentado a la división interna, a la pérdida de apoyos en sus propias filas, al creciente rechazo de la opinión pública norteamericana, al empantanamiento en Irak, a la pérdida de la iniciativa en otras regiones del planeta (Asia, Iberoamérica,...) y a la incertidumbre en que se desenvuelve una economía atenazada por los déficits gemelos, la camarilla de “quebrantahuesos” (los más duros entre los halcones) que ha tomado definitivamente las riendas en el segundo mandato de Bush parece que es incapaz de avanzar sin ahondar la división en el seno de la clase dominante norteamericana. Y mientras las fracturas y contradicciones de todo tipo se multiplican en el frente interno, la credibilidad y el liderazgo de la superpotencia yanqui se hunden lenta pero inexorablemente en las arenas movedizas del pantano iraquí, cuyas ondas expansivas se extienden implacablemente hasta los últimos rincones del planeta. |
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