CULTURA

Sobre cultura, literatura y libertad de expresión
El "caso Marsé"

Los pecados de Marsé, como ayer los de Echevarría, son los mismos: impugnar ese modelo de cultura (y de literatura), no callarse, preferir la libertad a la mordaza, no estar dispuestos a “dar gato por liebre”...

La decisión de Juan Marsé, uno de los cuatro o cinco grandes escritores españoles, de dimitir como jurado del Premio Planeta parece –y así ha sido universalmente aceptado– la “lógica” e “inevitable” conclusión de la polémica que ha rodeado días pasados la tradicionalmente “glamourosa” ceremonia de entrega del más cuantioso de los premios literarios españoles (600.000 euros, cien millones de pesetas para el ganador).

Marsé que ya se había atrevido a “alertar” sobre la escasa calidad de las obras que habían alcanzado la ronda final del premio, volvió a la carga la misma noche de la entrega de los premios cuando, sentado en la misma mesa presidencial que los ganadores y el omnipotente señor Lara, reiteró su convicción de que las obras definitivamente galardonadas tenían muy escaso valor literario.

El atrevimiento de Marsé recibió una dura y casi unánime respuesta, tanto por parte de los premiados como de la mayoría de los medios de comunicación y, por supuesto, de buena parte de la profesión literaria. Por una lado, se le reprochaba que juzgara tan severamente y en público las obras de otros “colegas”: ¿quién o qué le autorizaba a él a calificar las obras de otros como malas?, ¿no sería por envidia?, ¿o por darse “tono” o “ínfulas” de gran escritor frente a los demás?, o incluso ¿no sería que un autor tan “consagrado” como él (por no llamarle directamente viejo) era incapaz de apreciar las obras de los autores más jóvenes? Por otro lado, también se le criticaba acervamente su falta de “cortesía”, la inconveniencia de su actitud, que mordiera en público “la mano que le da de comer”: encima que tenía el honor (tan lucrativo, además) de participar en un jurado tan selecto, ¿no hubiera sido lo “lógico” que se hubiese callado las críticas, las hubiese expresado en privado o, mejor aún, se hubiera marchado en silencio a casa, en vez de montar “un escándalo”? ¿No es eso lo que siempre se ha llamado “mala educación”: criticar en público al anfitrión? Por último, otros –más condescendientes– reducían toda la polémica a una mera “anécdota” intrascendente, fruto de que Marsé es un “enfant terrible” –como lo calificó la ganadora– o una “oveja negra” –como se autocalifica el propio Marsé en su escrito de renuncia–.

Afán de notoriedad, ínfulas desmedidas, menosprecio de los colegas, actitud inconveniente, vedettismo, falta de educación: tales han sido los epítetos con los que ha tenido que cargar Marsé, y que conducen a la “logica” conclusión que todos han sacado: “Mejor que se hubiera callado” o “Ha hecho lo que debía: irse a casa”.

Estas conclusiones “obvias”, “lógicas”, “inevitables” –que no han suscitado ni una sola reacción de indignación o de crítica, de irritación o de asco, de pena o de náusea– vienen a corroborar un diagnóstico de extrema gravedad sobre los valores que dominan en el universo cultural (y particularmente en el literario) español, universo definido ahora mismo casi en exclusiva por los grandes grupos de comunicación.

Un año después del “caso Echevarría” –el crítico literario de El País “despedido” por poner en evidencia la calidad literaria y aun ética de un libro publicado en una editorial del mismo grupo que el periódico–, el “caso Marsé” viene a redundar en el mismo problema esencial: se ha hecho dominante de tal modo un modelo de “cultura” definido unívocamente como industria del entretenimiento y configurado por las reglas del mercado, los intereses de los grupos de comunicación, el afán intervencionista de las administraciones públicas y la hegemonía de la publicidad, que quienes no se someten a él, quien no le rinde pleitesía, quien no se inclina ante él como ante el nuevo becerro de oro, es despedido, expulsado, acallado, enviado a casa. El grupo Prisa “silenció” a Echevarría. Planeta (otro megagrupo de comunicación, que como Prisa agrupa periódicos, radios, televisiones, editoriales, etc.) acaba de “mandar a casa” a Marsé.

Los pecados de Marsé, como ayer los de Echevarría, son los mismos: impugnar ese modelo de cultura (y de literatura), no callarse, preferir la libertad a la mordaza, no estar dispuestos a “dar gato por liebre”... La rotundidad, inmediatez y contundencia con que tales “pecados” se castigan hoy (despidos fulminantes) y la escasa piedad que los castigados han obtenido en su mundo (el de la cultura), desvelan el dominio aplastante que ese modelo de cultura y los medios que la defienden han llegado a alcanzar y desnuda su ferocidad a la hora de aplastar toda defensa y toda manifestación de una cultura definida por otros parámetros: la independencia, la calidad, la exigencia, el espíritu crítico, la tensión y la visión transformadora de la realidad. Tal visión de la cultura está siendo expulsada, prohibida, perseguida, eliminada en los grandes medios de comunicación. Acallar a sus defensores parece una tarea inaplazable, en la que hay que ser implacables.

Si el “caso Echevarría” fue una destacada señal de alerta, el “caso Marsé” debe encender todas las señales rojas.

J. Albacete

Juan Marsé