EDITORIAL INTERNACIONAL

Revuelta en los guetos franceses
El "Katrina" francés

Algo se ha roto definitivamente en Francia, y tarde o temprano aflorarán sus devastadores efectos (de la misma forma que el Katrina está pasando ya su implacable factura a Bush)

“Si el huracán Katrina puso al descubierto la marginación de la población negra abandonada en Nueva Orleans, estos altercados han puesto de manifiesto la profunda fractura social francesa”. Esta dura y sincera confesión del más francófilo de los diarios españoles, El País, resume bien la cruel realidad que se ha destapado estos días como transfondo de la violentísima revuelta de los jóvenes excluidos y la brutal respuesta represiva del aparato estatal francés.

El recurso a una ley “de emergencia” de la época de la guerra de Argelia y la declaración del “toque de queda” –medidas de excepción extremas– para conseguir apagar la revuelta, demuestra asimismo la gravedad inusitada del incendio que se ha desatado –que afecta ya a cerca de 400 munipios galos– y la enorme “fragilidad” de un poder que, a la mínima, tiene que recurrir a la práctica totalidad de su arsenal represivo. Ya sólo falta la intervención del Ejército, y no son pocos los que ya la están pidiendo.

La revuelta de los guetos franceses –más de 750 barrios marginales donde se hacinan cinco millones de personas, en su mayoría inmigrantes magrebíes y subsaharianos– era sólo cuestión de tiempo. La profundidad de la crisis económica y social que padece Francia, con un paro reconocido del 10% (y real del 20%, si se suman los “empleos subvencionados”), con las cuentas públicas totalmente desbocadas (a consecuencia, sobre todo, de los desaforados intentos de mantener en pie la “grandeur”: 10.000 soldados en África, un tercer portaviones nuclear...) y las enormes dificultades para competir en un mercado mundial globalizado (por un capitalismo acostumbrado a vivir amamantado y protegido por el Estado), tenían inevitablemente que acabar repercutiendo brutalmente sobre los sectores más marginados, más excluidos de la sociedad. Aquellos que no sólo no tienen trabajo, sino que no pueden ni aspirar a tenerlo. Y que son, además, objeto diario de la discriminación, el racismo, la xenofobia y la represión que de forma creciente están minando todos los valores de la sociedad francesa. La violencia extrema de la revuelta no es sino el espejo en que se refleja la violencia extrema de la exclusión. Lo que alimenta, a su vez, la sensación de crisis general del país.

Llueve sobre mojado en Francia. Los elegantes decorados que todo lo maquillan se derrumban uno tras otro. Y lo que queda aún en pie dibuja una realidad deprimente, a punto también de hundirse. Un presidente de 75 años que tiene al 74% de la población en contra y cuya reciente parálisis física es pura mímesis de la parálisis en que ha sumido a Francia y a toda Europa, tras cargarse sucesivamente el Pacto de Estabilidad y la Constitución Europea, los dos instrumentos básicos que, en colusión con Alemania, había diseñado para compartir el gobierno de Europa. Un gobierno que nació dividido y vive dividido por la batalla campal entre dos hombres (Villepin y Sarkozy) que encarnan dos líneas antagónicas para el futuro de Francia, y que no han dejado de jugar con fuego el uno contra el otro durante esta crisis hasta que la magnitud del incendio les ha obligado a cerrar momentáneamente filas. Y, en fin, una sociedad, la francesa, dividida y desorientada, que tan pronto bascula hacia una tentación autoritaria (y respalda hasta un 75% el toque de queda) como se niega a seguir y rechaza cualquier imposición del poder (y vota No a la Constitución europea).

Aún es pronto para calibrar con certeza los efectos que va tener este gigantesco incendio social sobre la Francia en crisis. Si va a representar la tumba definitiva de Chirac, o a éste le va a quedar aire suficiente como para terminar su mandato y hundir un poco más a Francia. Quién va a sacar ventaja de la crisis, Sarkozy o Villepin, o si ambos se van a ir juntos al garete, por el sumidero de una crisis de régimen. Y qué hará al final la sociedad francesa, si correr a refugiarse en brazos del autoritarismo o reconocer sus verdaderos problemas y afrontarlos de una vez. En todo caso, lo cierto es que algo se ha roto definitivamente en Francia, y tarde o temprano aflorarán sus devastadores efectos (de la misma forma que el Katrina está pasando ya su implacable factura a Bush). Efectos que pueden ir, incluso, más allá de Francia: no sólo en Francia hay guetos. Toda Europa está plagada de ellos.

Y queda, por fin, otra incógnita, sobre la que se mantiene un silencio sepulcral. Son tantas y tan reales las razones que abonan la actual crisis que se tiende a dar por hecho que ésta es “espontánea”. ¿Y si no fuera así? Aún hoy se da por hecho que el “mayo francés” (invocado tantas veces estos días como precedente) fue un movimiento espontáneo, cuando ya existen sobrados datos de que EEUU empujó aquella revuelta con el objetivo de liquidar a De Gaulle. ¿Qué impide pensar que ahora esté haciendo otro tanto, máxime cuando su estrategia para desactivar al eje franco-alemán tomándolo desde dentro con la pareja Merkel-Sarkozy se estaba yendo a pique? Cuando está en juego el dominio mundial, las casualidades no existen y sobra la ingenuidad.