INTERNACIONAL Francia
decreta el “estado de emergencia” y el “toque de queda”
para parar la rebelión Detrás de la elegante y bien cuidada fachada del “modelo social” francés, lo que está apareciendo de forma descarnada y lacerante es la existencia de centenares de guetos, donde se hacinan cientos de miles de jóvenes marginados y excluidos sometidos a un “apartheid” económico, político, ideológico y cultural |
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“Una sola chispa puede incendiar la pradera”. Esta verdad revolucionaria acaba de ratificarse al pie de la letra en Francia. La muerte por electrocución de dos jóvenes de un suburbio parisino que habían corrido a esconderse en la caseta de un transformador eléctrico creyendo que les perseguía la policía, el pasado 27 de octubre, fue la chispa que ha hecho saltar por los aires el polvorín “oculto” en los suburbios de las ciudades francesas. En una escalada que aumenta de día en día y se expande como una mancha de aceite por todo el hexágono, la “guerrilla de los suburbios” ha puesto de tal modo contra las cuerdas al Estado francés, que éste ha acabado mostrando su verdadero rostro al proclamar el “estado de emergencia”, recurriendo a una ley de la época de la guerra de Argelia. Cuando cumple ya sus primeros quince días, la revuelta de los suburbios acumula un balance estremecedor: más de 6.000 coches calcinados, decenas de camiones y autobuses destruidos, un centenar de edificios públicos consumidos por las llamas, más de 300 municipios afectados, un centenar de policías y bomberos heridos, más de 1.500 jóvenes detenidos. Y sigue sin haber, por el momento, un horizonte claro de cuándo puede acabar. Para Chirac y su gobierno, para el “stablisment” político galo –expresión de una plutocracia tan decadente como agresiva–, los “disturbios” son fruto de “la canalla”, de grupos de “vándalos”, de “bandas juveniles movidas por el narcotráfico”, de “mafias”, de “gentuza”, en palabras –muy expresivas– del ministro del Interior, Nicolás Sarkozy. Para ellos, los jóvenes de los suburbios –en su mayoría magrebíes y subsaharianos nacidos en Francia y, por tanto, “franceses” de nacionalidad– son sencillamente “delincuentes”, y su revuelta no representa otra cosa que “la amenaza del caos”, que hay que aplastar y reprimir a toda costa. Con los antidisturbios primero. Ahora con el estado de excepción. ¿Mañana con el ejército? Pero todas las mentiras tienen las patas muy cortas. Y, éstas, además, son nauseabundas. Poco a poco, lo que ya se viene conociendo como “la Intifada de París” o “el Katrina francés” está acabando por descubrir, a los ojos del mundo entero, un abismo de miseria, marginación, racismo y exclusión –por un lado– y de rabia y odio –por otro–, de tal calibre y de tal magnitud que sólo ello es capaz de explicar la ola de destrucción que se está produciendo. Detrás de la elegante y bien cuidada fachada del “modelo social” francés y de la modélica política de “integración de los inmigrantes” francesa, lo que está apareciendo de forma descarnada y lacerante es la existencia de centenares de guetos, donde se hacinan cientos de miles de jóvenes marginados y excluidos sometidos a un “apartheid” económico, político, ideológico y cultural absolutamente humillante y destructor. Barrios que hasta física, arquitectónicamente, son guetos. Con un paro que duplica o triplica la media nacional (que es ya del 10%) y que entre los jóvenes está por encima del 50%. Jóvenes que no acabaron los estudios o a los que acabar los estudios no les servirá de nada, porque jamás alcanzarán un empleo digno (sus solicitudes de empleo son sistemátivamente colocadas detrás de las de los franceses “blancos”). Jóvenes a los que se deja asomarse cada día al escaparate de la sociedad de la abundancia, pero no traspasar la puerta ni gozar de ella, ni ahora ni mañana. Que ya no se sientes franceses (pese a tener el carnet de identidad), porque Francia no sólo les niega todo (trabajo, presente y futuro) sino que encima los desprecia y los llama “basura”. A los que la policía cachea e insulta continuamente. A los que no se deja ni divertirse, ni entrar en las discotecas. Que son continuamente humillados en la calle (“árabes de mierda”) y despreciados por la sociedad y los políticos. A los que el gobierno llama “canalla” o “gentuza”. A quienes, en estos últimos años, con Chirac, se les ha convertido pura y llanamente en una cuestión “de seguridad”. La “exclusión” es una de las formas más perversas de opresión en las sociedades de capitalismo desarrollado. Y cuando a la exclusión social se añade –como ocurre en Francia– el racismo, el apartheid cultural y la mentira, el “cóctel” que se genera es absolutamente letal. El hecho de que la “revuelta de los excluidos” se esté cebando con todos y cada uno de los símbolos de la sociedad y del modo de vida impulsado por el capitalismo francés: coches, escuelas, guarderías, comisarías, centros sociales, bibliotecas, palacios de justicia, oficinas de correos, gimnasios, comercios, centros culturales y hasta iglesias cristianas, más que el “vandalismo” de los jóvenes lo que demuestra, lo que pone de manifiesto, es la profundidad, la magnitud, el tamaño de “la exclusión” que, durante décadas, se viene practicando en Francia con los inmigrantes. Y no se puede argüir que se trata de “una explosión en cielo sereno”. De enero a finales de octubre, sólo en 2005, se llevaban contabilizados “72.000 casos de violencia urbana, 32.000 vehículos incendiados, 442 enfrentamientos entre bandas”, antes de que se produjera la explosión actual. Este impresionante balance permanecía “oculto” debajo de la tradicional alfombra de mentiras que utiliza el poder en Francia para enmascarar la realidad. Ahora la “basura” ha saltado encima de la alfombra, poniendo contra las cuerdas a la clase política más reaccionaria y al capitalismo monopolista más retrógrado de Europa. Que no duda, como estamos viendo, en acudir al grado más alto del arsenal represivo de que dispone el Estado policíaco francés.
Nada de lo que está ocurriendo en Francia estos días puede comprenderse sin saber lo que son exactamente los suburbios de las grandes ciudades francesas. Las autoridades galas los llaman con el eufemismo ZUS (Zonas Urbanas Sensibles); para sus habitantes, y para el resto del mundo, tienen otro nombre: guetos. Antiguas barriadas construidas como ciudades-dormitorio para los trabajadores que llegaban del campo y los primeros inmigrantes magrebíes en los años 60, se diseñaron como unidades estancas, físicamente separadas, para que no se crearan espacios más amplios que pudieran ser problemáticos. Cuarenta años después, la población francesa ha desaparecido prácticamente de allí y en más de un 80% están ocupados exclusivamente por subsaharianos y magrebíes. Apenas hay escuelas, ni fábricas, ni comercios, ni espacios de ocio. Los edificios están degradados. El paro, entre los jóvenes, llega a veces hasta el 60%. No hay trabajo ni esperanza de tenerlo. Los franceses temen y desprecian a los jóvenes de estos suburbios. La policía los cachea cada dos por tres. No pueden ir a las discotecas: no les dejan entrar. Hijos de segunda o tercera generación de los emigrantes de los 60 y 70, no tienen futuro ni esperanza alguna en un país que no los quiere. Desde hace meses, incluso años, vienen emitiendo una nítida señal de socorro (y de rabia) por el único medio de que disponen: quemar coches los fines de semana. La respuesta de Chirac –urgido por los desequilibrios financieros de su país– ha sido suprimir o reducir los presupuestos de ayuda social a estos barrios y eliminar empleos. En algunos de estos barrios hace tiempo que la policía no entraba. Se calcula que 5 millones de personas viven en los 750 ZUS que hay por toda Francia. 750 puntos de ignición y 5 millones de razones para la revuelta. Chirac, su gobierno y la burguesía gala, que han alimentado este polvorín, tienen sobrados motivos para echarse a temblar. J. Albacete |
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